jueves 29 de febrero de 2024
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¡Hay que matar a La Política!

Trump, Brexit, Le Pen, Beppo Grillo, Amanecer Dorado. La arremetida es formidable. Aventureros de toda laya se abalanzan contra el sistema político, lo hacen crujir, lo desacreditan… ¡Y muchas veces ganan!

                Está de moda denostar a la Política, los partidos y los políticos. Se suele agregar “políticos tradicionales”, como si quienes trajese novedades al espacio público –sea empresario, actor o futbolista– no se convirtiese inmediatamente en un político. Más aún, en un político innovador, como toda figura que se incorpora con nuevas pancartas a un sistema preexistente.

Los asaltantes del sistema

¿Quién ataca la política de partido? Enumeremos. Le cae mal, naturalmente, a los empresarios más depredadores. Para no hablar de chiquitaje argentino, vemos a Donald Trump. Lo dice con esa brutalidad que lo enorgullece. En suma, los políticos, el Estado por ellos manejado y sus regulaciones serían los culpables que impiden a millones de emprendedores como él lograr mayor éxito en sus negocios y convertir a Estados Unidos en la Casa de la Colina.

Se dijo que Trump venció a los medios. Cierto y equívoco a la vez. Cierto, en cuanto la mayor parte de los medios de comunicación se posicionó formalmente en su contra. Equívoco en cuanto los medios le dieron una cobertura desusada (lo que dio alas a su campaña, sobre todo en los difíciles comienzos). Y también por el continuo socavamiento de las acciones de la política. Deseable cuando hay gobiernos autoritarios, se convierte en desgastante –cuando no fatídica– en momentos de crisis y con administraciones razonables. Dar explicaciones y conseguir mayorías para cada cuestión a resolver desgasta y en muchos casos paraliza. Por algo Felipe González reflexiona amargamente y concluye que, tal como está el mundo, nadie puede competir en eficacia con lo que llama el mandarinato chino.

El deterioro de la política se debe a ataques desde varios frentes. Entre los más exitosos, sectores mediáticos discursivamente anti-populistas pero tan ferozmente antipolíticos como los populistas. Se recuerda la enorme influencia de cierto periodismo –acaso Bernardo Neustadt fue su exponente más acabado– que despanzurraba el populismo no porque le molestaran sus excesos anti-republicanos y avasallantes. Lo que incomodaba, en muchos casos, eran sus afanes igualitaristas, sus frenos al abuso patronal. De hecho, tales periodistas fueron, en su mayoría, condescendientes con diversas dictaduras militares.

Otro actor es el cualunquismo. Esta variante incluye malos periodistas, sindicaleros, empresariotes y politicastros que promueven soluciones imposibles. Invocan con malicia la buena voluntad –lo cual no deja de ser una habilidad particularmente perversa– para escandalizarse. Suponen que el presupuesto todo lo puede. Es habitual escuchar cómo defienden, simultáneamente, soluciones generales y particulares para las epidemias, cuadros clínicos y enfermedades crónicas o incurables. Como si el presupuesto pudiera alcanzar para construir hospitales, dotarlos de tecnología, equipos médicos de primera clase, financiamiento total de prevenciones masivas y tratamientos individuales costosísimos. Todo con extensión territorial infinita y tecnología de punta por doquier. Particularmente citan casos de niños, para que el efecto resulte más incontrastable. Cualquier víctima que se produzca será la constatación de la insensibilidad, incompetencia o corrupción (con frecuencia, de todo junto) del sistema político. Muchas veces, son los mismos que rezongan contra el déficit fiscal…

Ídem con el Estado. Único responsable, al parecer, de cuanta quiebra, pérdida de fuentes de trabajo, deterioro del poder de compra sufra su población.

Naturalmente, muchas veces es cierto. Pero el cualunquismo ignora deliberadamente las condiciones internacionales, las restricciones. Opera en un mundo mágico donde el Genio debe salir de la lámpara de Aladino y cumplir los sueños de riqueza, prosperidad, salud y felicidad.

Cuando el índice de comparación es la perfección, todo resulta poco. Como repiten con su inimitable ironía los italianos: Piove, governo ladro!

¿Hay una clase política?

Se va generalizando la antidemocrática referencia a una supuesta clase política. En caso de haberse convertido en clase –aunque técnicamente solo podría hablarse de una casta– evoca el núcleo parasitario que vive del pueblo, la nueva clase que el comunista yugoeslavo Milovan Djilas endilgó a los líderes estatales de las naciones colectivistas. Al tomar todas las decisiones, se apropiaban de la renta. Aún sin ejercer la propiedad de los medios de producción, lograban hacerse de sus frutos y otras prebendas para lograr un consumo privilegiado.

Djilas dijo lo que dijo para intentar reencauzar el burocratismo y la apropiación del usufructo por la cúpula del Estado. Buscaba salvar al socialismo.

En cambio, los periodistas “de sentido común” que abundan en la América del Sur, utilizan la frasecilla “la clase política” con el objetivo de desarmar la democracia en tiempos idos. Hoy, sin saberlo, muchos lo repiten. Pero ahora no se trata de clausurar la democracia, sino de convertirla en impotente. La economía, presumen, es demasiado importante para dejarla al Estado y debe ser obra de los hacedores, es decir, los hombres de empresa. Que en la Argentina de 2016 los empresarios no den precisamente muestras de pasión por la construcción, toma de riesgos y audacia no parece conmoverlos.

 Los ladrones de la política no autorizan a incluir a todo político la categoría de clase.

Hay que comprender que tanto periodistas como políticos compiten por el favor popular. Por eso, cuando un periodista interroga con la frase “la gente dice” está utilizando un mensaje doble: en primer lugar, convirtiéndose en portavoz de “la gente” y desalojando de ese lugar a quien debiera ocuparlo, el político. En segundo término, desacredita a la política como constructora de destinos comunes, limitándola a la acción que solo podría ser aceptable si hiciera lo que el periodista repite: la opinión de “la gente” y los intereses de las empresas (que muchas veces, no casualmente, resultan sus propios anunciantes).

La destrucción de los partidos –sin ellos, no hay democracia– anticipa la conversión de la República en un ente que solo defiende a quienes todo lo tienen. Los partidos, la política, serían instrumentos de otros poderes. Y allí los desgraciados de la tierra no podrían soñar con un destino.

 Dos profesiones muy poco numerosas pero enormemente influyentes también arremeten con éxito sobre “los políticos”. Ciertos encuestadores y no pocos economistas susurran –o aúllan, según el caso– para desprestigio de la política. Alejarse de la política y los políticos, repiten con entusiasmo los émulos de Durán Barba.

Convergen, aunque no les guste, con aquel periodismo. Se trata de quienes construyen –acaso sin saberlo, como se ufanaba Monsieur Jourdain de su prosa– la disyuntiva La gente vs. Los políticos. En parecido sentido, muchos economistas ortodoxos (frase que, también en el sentido del Jourdain de Molière, los acerca a una religión antes que a una ciencia) erigen la suya La razón económica vs. La sinrazón política.

Ni siquiera estoy convencido que muchos de ellos lo hagan por maldad. Creo que unos pocos tienen claro que los límites a la economía que llaman seria solo los puede poner el Estado y solo la política puede conducir ese Estado que tuerza la mano invisible del mercado hacia la silueta de las clases subalternas, que algunos pretenden permanezca aún más invisible.

Me apresuro a precisar, aunque parezca obvio, que muchos periodistas, encuestadores y economistas no participan de este asalto sobre los partidos. Pero no son ellos los que dan el tono al asalto sobre los partidos.

Lo que anda mal

Por supuesto, un ataque exitoso tiene que ver con la debilidad de las defensas, las brechas en la muralla, la falta de convicción de los defensores, el agotamiento de los víveres del sitiado.

Todo eso está ocurriendo en el siglo XXI. Y no solo en la Argentina.

Desde el derrumbe del socialismo real han pasado infinidad de hechos nuevos. Por citar los principales: la banca y los flujos de fondos desalojaron a la producción física tradicional en los países centrales, notoriamente en Estados Unidos. Las inmensas ganancias de unos pocos devolvieron regresividad a los sistemas distributivos. La caída de la utopía marxista liberó a la burguesía de temores y al proletariado de ilusiones. La tradicional solidaridad obrera se debilita por una combinación fatídica: la evaporación del sueño de un futuro mejor, la irrupción de los robots, la competencia imprevista con obreros muchos más baratos.

Lejano Oriente pasó del estancamiento de mediados del siglo XX a locomotora mundial. No fue Japón, como se suponía, sino la República Popular China quien lidera ese proceso. Corea del Sur y Taiwan exhiben –junto con lugares como Singapur– una pujanza que convierte a los tigres asiáticos en herederos más parecidos a los burgueses blancos occidentales de la primera revolución industrial que a la imagen inferior que trataron de darle los teóricos del imperialismo.

La promesa del capitalismo a sus trabajadores fue siempre la misma: haz bien tu trabajo y serás recompensado. Tendrás una vida aceptable, con ingresos suficientes para tu familia. Los muchachos lo hicieron y hoy descubren que cumplieron su parte del contrato pero los resultados son otros a los convenidos. El empleo se difumina, el poder adquisitivo desciende, el futuro ennegrece.

También hay una enorme responsabilidad de las fuerzas políticas que capitularon. Aquellos que bajaron los brazos y sintieron que la globalización comandada por las finanzas era invencible. El laborismo británico de Tony Blair fue el símbolo: abandonó toda reivindicación social y devino centroderecha. Disolvió su base de apoyo y su promesa de futuro. Esto se entendió por el mapa e inficionó casi todas partes.

Abandonados por sus representantes tradicionales, los pueblos quisieron mostrar su disconformismo. Lo hicieron y lo siguen haciendo. ¡Vaya si lo hacen!

Estoy convencido que están eligiendo mal. Los nuevos abanderados serán peores que los viejos. Pero eso –se me objetará, con razón– aún está por comprobarse.

El riesgo tecnocrático

“Los fenómenos transformistas y los regímenes de tipo tecnocrático a menudo han surgido como antídoto de los populismos pero con los que, en realidad, comparten las más profundas raíces ideales, y ambos tienden a ser impermeables a losa la dialéctica política e ideológica (…). No es pues una casualidad si en reacción al populismo imperante en el mundo latino hoy vuelven a estar en boga las soluciones técnicas”. Loris Zanatta publicó estas líneas antes de la elección de 2015.

                Es de remarcar, contra la opinión general, el carácter anti-político del populismo, al denostar a “los políticos” y “los partidos” como aquello que alejan al pueblo llano de la solución de sus problemas, que sí entiende el líder o la jefa.

                Nos llevan a una técnica sin discurso. Olvidan que las creencias son indispensables. En un tiempo eran las religiones. Luego, la fe en la ciencia. O en el proletariado. O en los valores.

Los populismos lo han descubierto. De ahí, gran parte de sus exitosas construcciones y su sobrevida, a pesar de los fracasos e inconsistencias obvias. Antes que ellos, Sigmund Freud descubrió que la fuerza irracional es más poderosa que las argumentaciones que creemos controlar.

La tecnocracia ya se probó en la Argentina. Fue el reclamo coincidente de la enorme mayoría de la prensa, las Fuerzas Armadas, la banca y las empresas. Se juntaron con tal esquema –con exclusión explícita de la política y los partidos– en 1966. A pesar de su reaccionaismo –o precisamente por él– el presidente Onganía detestaba a los políticos y los partidos más que al exilado general Perón.

Onganía encabezó una variante particularmente nociva. Su supuesta racionalización desmontó muchos de los ingenios azucareros tucumanos, eliminó la única fuente de empleo de comarcas enteras, sumió en la desesperación y la miseria a los trabajadores y promovió los únicos intentos de guerrilla rural de la Argentina. A nivel nacional, su intento tecnocrático terminó con el Cordobazo y variados explosiones populares que instalaron el lenguaje de las ametralladoras.

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