miércoles 22 de mayo de 2024
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Portarretratos: Hillary bajo el tejado de cristal caliente

¿El día más triste de la vida de Bill Clinton? Lo declaró abiertamente: “Cuando murió Elvis”.

¿El día más triste de Hillary? No lo sabemos. Ella es hermética, eficiente, robótica.

Lo que sí sabemos es que los 38 segundos más intensos de su vida fueron cuando vio, en vivo, cómo los SEALs entraban a la cueva de Bin Laden para capturarlo. Y lo mataban.

A Bill lo quieren, a Hillary no.

Pero Hillary es la candidata.

Enfrenta a un monstruo que sin embargo atrae. A Donald Trump lo odian. Pero muchos otros lo quieren. Fanáticamente.

Cuando Bill Clinton corría tras la Casa Blanca, los demócratas propagaron un slogan. “Con un voto tendrás a los dos”. A Bill y a Hillary. Billary in the White House. Y así fue. Pero él se escabulló con Monica Lewinsky. Aún así, los Clinton siguen juntos.

Otra vez corriendo hacia el Salón Oval. Ambos. Aunque él, aseguran, ya no es el que era. “Está viejo”, confirman los que lo ven. Hillary con Bill a media máquina no es Billary. Al fin, ella está sola frente al monstruo.

Un chiste trillado de los noventa: Bill Clinton y Hillary van por una carretera de Arkansas. Al pasar por una estación de servicio, ella le dice: “Mira, el que atiende el surtidor fue mi novio en la secundaria”. Clinton le contesta: “Fijate, si te hubieras casado con él, ahora estarías despachando nafta”. Ella le dice: “No, Bill, él ahora sería presidente de Estados Unidos”. Un gran chiste feminista aunque no tanto. La mujer es apenas una influencia, un patrocinador, en bambalinas.

Pero hoy podríamos contar el chiste al revés:

Billary van por una carretera de Washington. Pasan por una estación de servicio y Bill le dice: “Mirá, con la mujer de la máquina de café salí en el instituto”. Hillary le contesta. “Imaginate, si te casabas con ella, ahora serías un abogado de estudio”. Bill, le dice: “No, querida, ella sería hoy candidata a ser la primera mujer presidente de Estados Unidos”.

Finalmente nunca se divorció de Bill. Qué hubiera pasado si lo hacía, es una ucronía, una hipótesis que no puede probarse porque se sustenta en lo que no ocurrió. Las ucronías, sin embargo, son atractivas, por eso “el chiste de la estación de servicio” fue tan remanido.

No debe ser fácil divorciarse de Bill. García Márquez lo describe luego de haberlo conocido en una cena con escritores como un súperhombre: altísimo, seductor, con una inteligencia fulgurante y la “salud casi insolente de un marinero en tierra”.

Pero tampoco debe ser fácil haber sido la cornuda del siglo.

Hillary Rodham nació en Chicago en 1947. Es de la generación del boom de los cincuenta. Vivió con sus padres, una familia de clase media. Tenía look nerd. Y era una muy buena alumna.

Estudió derecho en Yale, lo cual pronosticaba un futuro sólido. Las universidades de elite norteamericanas garantizan por su solo nombre una escalera ascendente. Allí conoció a Clinton. En las fotos de la época ella sale con anteojos tipo fondo de botella y Bill, hippie, con una sonrisa absoluta, barbudo y gamulán. Se casaron en 1975. Tuvieron a Chelsea, su única hija. “Bill le cantaba, se la mostraba a todo el mundo y básicamente sugería que había inventado la paternidad”, bromea en Instagram para ésta campaña.

Hillary comenzó a sobresalir cuando Bill Clinton asumió en 1979 como gobernador de Arkansas (los nortemericanos pronuncian “Arkansoo…”), uno de los estados más pobres del país. El estado sureño distante geográficamente de Washington, no estaba tan lejos en realidad. Fue el trampolín hacia DC. Ella se lanzó de lleno a los primeros planos. Trabajó por los derechos de los niños, como una buena demócrata con aspiraciones mayores. La criticaron por su exagerada intervención política cuando comenzó a trascender que participaba de las reuniones de mayor nivel. Se esperaba que fuera la esposa del Gobernador y punto. Ante la presión conservadora de los ciudadanos de Arkansas tuvo que empezar a usar el apellido de casada.

En 1992 Clinton ganó la presidencia. Había caído el Muro de Berlín y se había disuelto la Unión Soviética.

Hillary Clinton era una first lady por sí misma.

Por esa época ganó un Grammy. Pero por leer, no por cantar. Mejor álbum hablado por la versión en audio de su libro, It takes a village and other lessons children teach us.

Luego vino el gran papelón. El escándalo Lewinsky, destapado en 1998 se convirtió en morbo nacional e internacional. Los Clinton fueron atacados sin piedad por el affaire del ex presidente con la becaria en el Despacho Oval de la Casa Blanca, la magnífica locación cinematográfica, el sacrosanto núcleo del país. El encuentro fue detallado hasta el cansancio. Monica le practicó sexo oral a Clinton mientras él hablaba por teléfono con un senador. Luego, con un habano, el presidente completó el asunto.

Pero antes de Monica Lewinsky estuvo Jennifer Flowers. Flowers era cabaretera y modelo de Penthouse. Ella misma ventiló la cana al aire en un diario. Bill y Hillary defendieron entonces su matrimonio, por tevé, tomados de la mano. Acusaban a Flowers de chantaje. Ahora Donald Trump se acordó no sólo de Lewinsky sino también de Jennifer, y amenazó con sentarla en vivo en el estudio en el que tendrían lugar los debates presidenciales. Pero Jennifer no fue. Aunque su fantasma siempre persiguió a Bill.

“Hillary lo ha respaldado ante el mundo con una dignidad homérica” escribió García Márquez. La persecución “ha sido una vasta y siniestra confabulación de fanáticos para la destrucción personal de un adversario político cuya grandeza no podían soportar”.

El mundo entero le planteó el dilema a Hillary: abandonaba o no al marido retorcidamente infiel. Bill admitió todo cuando lo atenazaban las evidencias. Por ejemplo la mácula reseca de semen que Lewinsky custodiada en un vestido azul medio armatoste, no llevándolo a la tintorería. Clinton fue a juicio político por los cargos de perjurio y de obstrucción a la justicia. Salió exonerado y continuó en su cargo de presidente.

Hillary escribe en sus memorias: “Mi privacidad, la privacidad de Monica Lewinsky y la privacidad de nuestras familias había sido invadida de una manera cruel y gratuita”. Interesante orden de perjudicialidad. Hillary, totalmente correcta, fue solidaria con la amante de su marido.

“Creo que lo que hizo mi marido está moralmente mal”. No lo condenó. No podía estar del todo segura que haya sido inmoral. De estarlo no se entendería su perdón. Pero por las dudas, tenía que decirlo y, sobre todo, decírselo a él.

“También lo estuvo –mal– que mintiera al pueblo americano sobre ello”. El hombre tiene derecho a mentir sobre ello a quién quiera, pero el pueblo norteamericano es sagrado y se merece saber todo. “También creo que su desliz no fue una traición a su país. No había motivo para destituir a Bill”. Por supuesto que no. Pero se tentaron excitadamente con el escurrimiento alienado de un presidente irreprochable, sin intimidad y sin tiempo, y lo desestabilizaron.

En 2000 fue elegida senadora por Nueva York y fue reelecta en 2006. Cuando tuvo que apoyar la invasión a Irak, la apoyó; y cuando tuvo que pedir la retirada de las tropas estadounidenses, la pidió.

En 2008, Hillary perdió las primarias ante Barack Obama y para cerrar la grieta del partido demócrata, Obama la nombró Secretaria de Estado.

Fue la estrella escenográfica, si cabe el término, de la foto denominada The Situation Room que sacó Pete Souza, el actual fotógrafo de la Casa Blanca, cuando Obama, Hillary y otros funcionarios de seguridad supervisaron el operativo de captura y ejecución de Bin Laden en directo. En la foto Hillary aparece espantada y tapándose la boca.

Sus detractores no soportaban su vestuario ni que luciera tan agotada.

La intervención militar en Libia en 2011, que lideró Hillary, le traería la inmensa controversia sobre Bengasi. Se lo siguen echando en cara. Fue el atentado a la embajada norteamericana, otro 11 de septiembre, donde murieron el embajador y tres funcionarios. Clinton asumió la responsabilidad por las fallas en la sede diplomática, pero declaró que antes del ataque no vio ninguna alerta para que se reforzara la seguridad.

El año pasado, antes de anunciar su candidatura, el New York Times reveló que Hillary Clinton jamás activó su cuenta oficial (state.gov) y en cambio, usó su mail personal con servidor propio (hdr22@clintonemail.com) mientras fue Secretaria de Estado. La Ley de Acceso a la Información estadounidense permite que cualquier ciudadano pueda conocer y recabar información del gobierno. De esta forma, Hilary la mantenía oculta. Sus intercambios no se realizaban bajo las normas federales. Hubo dos grandes pecados. Por un lado encubrió sus correos: al redactarlos desde su cuenta personal impedía el acceso público a los mismos. Por otro, alguno de los interlocutores con los que traficaba información desde su correo privado eran personas poco confiables.

Puso en alto riesgo de seguridad informática a los secretos de Estado.

Ahora, el FBI volvió a la carga con el “emailgate”. Los mensajes conducen a un mundo sórdido en el que conjugan el espionaje con la privacidad. El peor problema que Hillary enfrenta en su campaña. Se defendió alegando que usó su correo personal porque “pensó que usar un solo dispositivo era más práctico”.

Su equipo de campaña trabajó para acercarla a los votantes y poder venderla desde su costado más humano. También buscaron hacerla parecer actual, vigente, vital y sana. Se la critica porque está mayor para ejercer la presidencia. “Su problema es que no representa el futuro. Es una marca cansada en un mercado exhausto” dice el asesor republicano Brad Todd. Se generaron suspicacias sobre su salud porque contrajo neumonía durante la campaña. Pero Hillary pronostica su futuro. Su vaticinio es irónico aunque verdadero: “Seré la mujer más joven y con mejor estado de salud que haya sido presidente de los Estados Unidos”.

Ella no es solamente pacífica, también sabe atacar, como cuando dijo que la Estatua de la Libertad, que para la mayoría de los estadounidenses simboliza la esperanza para los inmigrantes, es otra cosa para su rival. “Donald mira a la Estatua de la Libertad y ve un cuatro”, Trump tiene la exacta costumbre de calificar a las mujeres en función de su belleza del uno al diez. “Quizás un cinco, si suelta la antorcha y la tablilla y se cambia el peinado” remata el gag el carísimo guionista norteamericano que contrataron para la campaña. Y hasta Trump ríe.

Ella y el Monstruo compiten en días. Es la pelea del milenio.

Si Hillary Clinton gana habrá roto su propio techo de cristal. A través del cual miró más allá durante toda su vida.

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