jueves 30 de mayo de 2024
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Echar al más débil: una mala idea del Estado y la sociedad

Si eran incapaces, fueron mal designados. Si son idóneos, están  mal cesados.

La decisión oficial de expulsar del presupuesto  a los consanguíneos  parece una medida apresurada, efectista, que busca parecer más que ser y que tendrá influencia nula sobre las cuentas públicas.

Hay algo peor aún: tras la medida anula la convicción de la desigualdad de las personas. Y la asunción de tal desigualdad como dato virtuoso.

El hijo/a, hermano/a, esposo/a, padre o madre debe dimitir para que otro siga. La entrega del menos importante. Pierdo el peón para salvar el alfil. La idea que no todos los seres humanos valen lo mismo anida en la matriz más profunda de la desigualdad.

El sacrifico de los más débiles para conservar a los poderosos parece una demostración militante de darwinismo social.

Y dice mucho de altos funcionarios que aceptan mansamente –cuando no con entusiasmo– liquidar a algunos de sus amores y sus afectos más cercanos para poder continuar ellos, los verdaderamente importantes.

La decisión oficial de liquidar parentela es una de esas medidas tomadas a los apurones. Y las decisiones estructurales –como la relación familiar de funcionarios– deben aprobarse y ejecutarse luego de largo estudio y mayor análisis.

Hay que reformar

La reforma del Estado sigue siendo una necesidad que el país arrastra desde hace décadas. La convicción del presidente Macri de modificar el cuadro heredado es justa.

Las estructuras actuales son fofas e inservibles. El principal problema no es la adiposidad sino la ausencia: no están los que debieran en muchos rincones del aparato burocrático. En otros lugares sobran empleados, pero el gobierno hace bien en mantenerlos. La expulsión del empleo público en la década del noventa produjo hambre, exclusión, bandidaje y ruptura del tejido social

El Estado argentino nació de un aparato burocrático eficiente, heredado de la España imperial. Con el tiempo, fue adoptando las novedades del Estado francés. Y en Francia, el análisis sobre la burocracia pública es permanente, con comisiones que estudian por largo tiempo las docenas de categorías y regímenes diferentes que albergan a su funcionariado. Los cambios están basados en análisis penetrantes, luego de haber consultado diversas voces, tanto de expertos en organización cuanto de los sindicatos involucrados.

Con la familia no

En las sociedades primitivas, los parientes de los delincuentes –o de los simples ofensores– eran castigados en masa. No se identificaba  a un culpable, sino que todo el clan debía padecer las consecuencias de los actos de cualquiera de sus miembros. Esa culpabilización masiva del parentesco sigue vigente en el código de la mafia.

Recién en el siglo XVIII los reformadores progresistas, encabezados por el notable De los delitos y de las penas, de Cesare Bonesana, marqués de Beccaria, pone las bases del Derecho Penal moderno, con la defensa de la vida, de los derechos del penado (que antes ni siquiera tenía acceso a la acusación) y crea la cultura garantista en su mejor versión. Aplaudido por oponerse a la pena de muerte y a los suplicios, también critica la estigmatización de los parientes del reo.

Sin embargo, la persecución y castigo a los parientes de alguien que comete una falta siguió.  Recién en la segunda mitad del siglo XX desaparecieron del Código Civil argentino categorías tan infamantes como injustas. Había hijos calificados de adulterinos (nacidos de la relación extramatrimonial de un esposo) y hasta sacrílegos, terrible castigo que se propinaba al niño o niña engendrado por un religioso con voto de castidad.

A fin de cuentas, los grandes negociados con el Estado suelen presentar algún pariente que no está en la estructura burocrática, un “gestor” que en nombre de ministros, gobernadores o intendentes reclama la exacción ilegal.

Lo que debe reformarse es el Estado, lo que hay que perseguir es el delito. No a los parientes pobres de nadie. Ni siquiera de los ministros.

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Veinte Manzanas

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