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26 10 2016

El último debate antes de la elección: Clinton vs. Trump


Autor: Alejandro Garvie









Los debates entre presidenciables son una interesante puesta a prueba de las ideas y las cualidades de los candidatos en una sociedad de masas en donde la participación, para la mayoría, se resume a ser meros espectadores de estas deliberaciones. Se lleva al formato ameno de lo televisivo la compulsa agonal de los políticos. Por supuesto que hay sesudos analistas, expertos e intelectuales –o núcleos críticos– que tienen con estos debates una materia prima para trabajar, pero la mayoría que los observa dedica mucha menos energía y cedazos intelectuales en el procesamiento de esa información. Votarán según un parecer que incluye su situación actual, su visión del futuro y la confianza que le despiertan los candidatos.

Hillary Clinton y Donald Trump son los contendores en este derrotero de debates que culminará el martes 8 de noviembre con la quincuagésima octava edición de las elecciones presidenciales norteamericanas. Y han concitado un interés global en cada uno de los tres rounds que celebraron en diversos escenarios, el último de los cuales se llevó a cabo el 19 de este mes en Las Vegas –nada más apropiado para la metáfora pugilística–. La primera ya ha dado muestras de su astucia de político experimentado, el segundo, de su conocimiento del showbusiness, en tanto zar de los medios.

Al tercer encuentro, Donald Trump llegó con el rol de retador, porque quien ostenta el cetro de ganadora en las encuestas –y en los rounds anteriores– es la demócrata Hillary Clinton. Tal vez esa condición sumada a su ya ensayada retórica populista lo haya llevado a subir la apuesta y poner en entredicho a la propia democracia de su país, cuando aseguró que sólo aceptaría el resultado de las elecciones si lo daban a él como ganador. Esta fue la frase que culminó con unas semanas en las que su entorno se encargó de denunciar un posible fraude. Opinión que comparte el 73% de sus seguidores republicanos, según encuestas del equipo de campaña.

A diferencia de los dos anteriores, Trump inició el debate con mesura, no dijo que no pagaría impuestos federales o que encarcelaría a Hillary Clinton, como en el primer y segundo debate. En el arranque desfilaron temas como: Corte Suprema, control de armas, inmigración y otras políticas públicas, intentando mostrar al candidato republicano más aplomado, como un tipo confiable para ocupar la Casa Blanca. Hasta que llegó el tema de Medio Oriente. Con habilidad, Clinton logró traer a escena al Trump de los debates anteriores, más sanguíneo y visceral. Llamarlo “marioneta de Vladimir Putin” y recordar que él incitó a Moscú a hackear los correos electrónicos demócratas, fue demasiado, una patada en el plexo de su patriotismo practicante. Tildó a la ex secretaria de Estado de mentirosa y contragolpeó acusándola a ella de “títere”. Se mostró en toda su magnitud cuando dijo que Clinton era “una mujer asquerosa” que además indujo a otras mujeres a acusarlo de acosador sexual.

Un último detalle de color: como en los viejos westerns la candidata lució de blanco –el traje de los buenos– y el republicano de negro, como los villanos…

Una vez que se disiparon los fuegos de artificio, queda más o menos claro para la audiencia, que votar por Clinton –además de llevar por primera vez a una mujer a la presidencia de ese país– es optar por la continuidad de las políticas de la administración de Barak Obama, con algunas diferencias como con el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica. En tanto que elegir a Trump es hacerlo por un gobierno refractario a la globalización, más duro en cuanto al control migratorio y una política exterior más agresiva que incluso avale el envío de tropas a conflictos como el de Siria, en sintonía con los rusos, para afianzar el poder norteamericano.