jueves 22 de febrero de 2024
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Cristina y Mauricio: dos manuales de éxitos y defectos

Ella baja línea. Una vez que decide practica la comunicación vertical, descendente. Él no trasmite consignas, prefiere enterarse de las percepciones dominantes y rumbear hacia allí.

Él está en la cima. La mejor etapa, cuando la esperanza social acompaña, los periodistas reman a favor, la paciencia permanece. Cuando los malos recuerdos del antecesor embellecen el presente, el mando ya está asentado y aún queda mucho crédito.

Ella, en cambio, viene en retroceso. Todos los días cae algún fortín. Un día es el Círculo de Legisladores, otro un sindicalista, más allá las murmuraciones de algunos intendentes. Sin embargo, retiene mucho. Retrocede en orden, sin desbande. Sabe que mientras el pendón flamee y no caiga el último bastión, desde afuera o desde adentro puede surgir un huracán que barra a los que están y permita un nuevo amanecer. Muy improbable. Casi imposible. Casi.

Los problemas de Cristina

Cristina obedece manual inconmovible. Amigos son los amigos. La defensa de todos llevó a proteger los peores y entregar los mejores. Prefirió a Boudou sobre Righi, sustituyó a Taiana por Timerman. Pero la necesidad quema los papeles.

En 2017 aceptó cosas que desde el poder rechazaba desdeñosa. Borró a los impresentables de la campaña, el palco y las listas. Abandonó el rol inalcanzable de emperatriz viuda. Y la semana pasada aceptó ser reporteada. Un día antes que Cristina apareciera, Pichetto decidió pegar primero. Habló en el Club Político Argentino y en el Rotary Club y su voz se desparramó. Su mensaje: Cristina se fue del peronismo. La vieja política sabe que los manuales son indicativos, no obligatorios.

El reportaje a CFK fue promovido por alguno de sus consejeros más hábiles. Si hacemos lo mismo, sacamos lo mismo. Y perdemos. Ellos no comprenden por qué fue en internet y no en un canal de aire. Otros aseguran que lo importante no era el directo sino la reproducción posterior. Para sus fanáticos estuvo contenida: Debió pasarle por encima al entrevistador. No entienden que si CFK aceptó cambiar su estilo fue justamente para buscar los votos que le faltan. Candidata avezada –tan avezada que va invicta–, sabe que necesita aumentar la cosecha para vencer. Sus seguidores creen que, al haberle preguntado de todo, la entrevista limpia el camino a reportajes más abiertos. Nunca vi que le pregunten tantas cosas a un candidato, repiten en el Instituto Patria. Para sus amigos se humanizó y sacó un empate, que la libera para próximas apariciones. Como primer paso está bien.

Pero la audaz jugada cristinista tambalea. Los contenidos siguen invariables. Admite errores en forma genérica, pero no parece incluido en el ADN la posibilidad de explicitarlos, relatarlos y analizarlos.

Su negativa a repudiar las burdas medidas de Maduro en Venezuela, por caso, ha espantado más votos de los que el kirchnerismo imagina. Proclamar a Macri cabeza de un régimen ilegítimo e ilegal arrimó al gobierno muchas voluntades que no comulgan con la actual administración pero saben que el colapso produce dolores al conjunto.

La mayoría de los argentinos detesta a Maduro. El kirchnerismo guarda silencio sobre los asesinatos de Maduro y al mismo tiempo culpar a Cambiemos de una suerte de plan siniestro para amedrentar luchadores sociales mediante la desaparición de Maldonado no es sólo una mentira. Es un error, un análisis rechazado por la gran mayoría. Incluso por aquellos votos que Cristina tuvo, se fueron y hoy necesita desesperadamente.

¿Qué hubiera ocurrido si en lugar de un plan criminal la oposición hubiera cuestionado la falta de interés del gobierno, sus demoras, la defensa de las presumibles demasías de alguno de sus gendarmes, a los que debe obligar a cumplir la ley? ¿Por qué el kirchnerismo no rastreó la composición del grupo de efectivos que fue designado para enfrentar la manifestación en la que pasó lo que pasó, con agentes sin experiencia en el control de tumultos? 

Se sabe que los gendarmes adiestrados cuentan con bastones, con escudos, con gases lacrimógenos, balas de goma… ¿Cómo explicar que se vio a uniformados con un hacha y con piedras, como una banda prehistórica y no como agentes de una fuerza de seguridad con estrictas normas de vestimenta, armamento y protocolos de actuación?

El kirchnerismo tampoco cuestionó a Resistencia Ancestral Mapuche (RAM). Una organización que fue calificada la semana pasada por Pichetto como un grupo terrorista, con parentesco con Sendero Luminoso y actuación durante quince años. Pichetto es senador por Río Negro, una provincia donde hay actividad mapuche y él despegó a RAM de la abrumadora mayoría de esa comunidad.

El caso Maldonado, precisamente, muestra las debilidades de ambas posturas. Las grietas de La Grieta.

Las grietas de La Grieta

Como el gobierno ha decidido seguir el consejo de Durán Barba, sabrá con certeza lo que las personas opinan. Pero no podrá percibir las señales tempranas. Y tampoco jugarse.

Esa prescindencia está pensada como contramodelo de los K. Donde ella habla, él calla; cuando ella insulta, él baja el tono; si ella pontifica, él escucha. Donde ella expulsa aliados, él los recibe. Las razones de la victoria.

Pero el gobierno abdica de enarbolar símbolos. No imponemos nada, sólo escuchamos. Parece muy lindo. Si uno rasquetea, halla vacío.

Las encuestas no exhibieron la preocupación social por Maldonado hasta que fue demasiado tarde. Las encuestas traen noticias frescas pero viejas. Después de ocurridas. Cuando no tienen remedio. Percibir las señales tempranas ha sido la virtud de la política durante mil años. Un arma indispensable para estadistas y punteros por más de un siglo de democracia.

El gobierno debió haber sabido que la Argentina no tolera desapariciones. Y que un solo caso resulta gravísimo. Acá se siente la falta de vieja política. Cuatrocientos policías divididos en siete sectores, dos helicópteros, drones, una docena de perros, buzos… ¿No era preferible, por no decir obligatorio, haberlo hecho apenas desapareció Maldonado?

Para colmo el juez Guido Otranto bascula de la inacción a la sobreactuación, del silencio a las hipótesis que debiera difundir una vez confirmadas. Ni siquiera en Tribunales saben bien cuáles son sus ideas. Admiten que conoce el derecho, pero hay dudas sobre su firmeza de carácter.

La sociedad puede sospechar –seguramente no ahora, pero sí con el paso del tiempo– que un grupo político carece de empalizadas. De plantarse por cuestiones de principio o defensa de valores. La pena de muerte, por ejemplo, no es un tema de mayorías. Si fuera por el número, casi todos los países tendrían pena de muerte y ejecuciones atroces.  Han sido las convicciones de ciertas élites las que fueron eliminando el castigo mortal.

El ejemplo más fuerte –y hablando de Maldonado corresponde doblemente– fue el de Raúl Alfonsín impulsando el juicio a las Juntas a pesar que el tema derechos humanos era valorado –según las encuestas– por apenas el tres por ciento de la población. Y ese juicio será el punto más alto de Alfonsín, de la democracia y la vacuna exitosa contra los golpes militares. Fue la imaginación política, decisión ética. Y la visión de futuro.

Obvio, un gobierno no pude actuar todo el tiempo al margen de la opinión mayoritaria. Perdería legitimidad de ejercicio en un voluntarismo suicida.

Pero la ausencia de frontera también es peligrosa. Menem gobernó diez años y medio con mayorías contundentes, terminó suavemente, sin estallido, pero hoy pocos se atreven a reivindicarlo. Gobernar sin frontera moral ni ideológica sirve en la picardía de momento, en la zancadilla práctica, en la ventajita de ocasión. Y muere, sin argumentos y desangrado, ante los jueces de la Historia.

Referirse a los votantes con el colectivo Gente o el amistoso Vecinos es otro ejemplo. Son palabras simpáticas, descafeinadas, que intentan crear cercanía pero omiten un punto central de la democracia. El intento de gambetear la política excluye a los ciudadanos.

Los manuales de la vieja política son más claros. Hay fuerzas políticas que llevan sus principios, sus ideas, sus propuestas. Los ciudadanos eligen el rumbo y luego califican –o descalifican– a los que conducen. Delegar en el líder el rumbo fue un modelo muy exitoso para el peronismo. Hasta ahora. Después de seguir al neoconservadorismo menemista, pasar por el duhaldismo más tradicionalista y por el kirchnerismo de discurso más desafiante, ¿cuál es el camino que propone el justicialismo hoy? Fuera del poder, acecha la Nada.

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