lunes 20 de mayo de 2024
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Maldonado, Freiler, PASO: el debate de los medios y los fines

La desaparición de Santiago Maldonado, la suspensión del camarista Freiler, los resultados de la última elección. En apariencia son temas lejanos: una desaparición sospechosa, la información sobre las PASO, la superintendencia sobre el Poder Judicial. Sin embargo, los tres casos apuntan al corazón del Estado democrático. Por debajo de la tríada yace Nuestra Señora de La Verdad.

La verdad es la base de la civilización, de la convivencia y, sin lugar a dudas, del sistema democrático. La estructura social está basada en la confianza que los datos son reales: los niveles de producción, la distribución de la riqueza, los cupos en las escuelas. Y, naturalmente, la llave maestra del sistema: la voluntad popular expresada en las urnas.

¿Hay mentiras buenas?

Contra lo que creen ciertos espíritus bien pensantes, la doctrina no es pacífica. Han surgido objeciones diversas. Entre las antiguas, la razón de Estado. En la Argentina dictatorial, ese principio bloqueó la información sobre el destino de miles y miles de ciudadanos secuestrados por las fuerzas militares y de seguridad. El argumento videlista era “la lucha de la Nación contra el terrorismo apátrida”. El resultado, macabro, liquidó aquella excusa.

El asco ante las consecuencias de aquel ocultamiento promovió la CONADEP, el Juicio a las Juntas, la apertura de los archivos. La búsqueda de la verdad.

En las antípodas –y muy lejos de aquella aberración que justificaba los crímenes estatales– fue surgiendo otra objeción. La Verdad no sería un hecho sino una construcción.

No habría verdad ni mentira, ni justicia que cumpla la norma, ni prensa verídica. Sólo proyectos en pugna y datos que nunca son neutrales ni imparciales. Conclusión: no hay que darle argumentos al rival. No darle de comer al enemigo.

El kirchnerismo militó esta idea. La verdad se convirtió en instrumental. La inflación, los precios, las reservas del Banco Central. Las estadísticas podían ser maquilladas, evitadas, transformadas en el altar de la consolidación del proyecto del Frente para la Victoria. La excusa: el proyecto nacional y popular era lo mejor que podía pasarle al pueblo argentino.

Para algunos conservadores, esta conducta viene de los días de la guerra fría. No comparto. Creo que tiene sólidos antecedentes criollos.

El peronismo sostuvo durante sus años de proscripción una bandera, un sueño, una esperanza. El Retorno a los días felices y a Perón en el poder. Consecuencia lógica de tal deseo convertido en voluntad: la acción sostenida, implacable, para demoler a todo gobierno. Civil, militar, republicano, autoritario. C’est igual. O Séigual.

Perón impulsaba esa línea: insuflaba aire a sus partidarios que querían elecciones libres, a los que promovían golpes militares y, por último, a sus formaciones especiales de combate guerrillero. El acceso al poder lo era todo. La vía resultaba indistinta.

Cuando Perón volvió creyó que podría meter todo en la olla de nuevo. No fue posible. Hubo lucha política y militar por el control de aquello que cada uno consideraba el peronismo.

Muerto Perón, el justicialismo arrastra –como toda fuerza política– las virtudes y los defectos de su imaginario histórico. Entre sus caracteres, negar legitimidad a todo lo que gobierne si no es propio. Comprensible en años de proscripción. Inaceptable después. El bombardeo sobre Alfonsín y el final de De la Rúa son hijos de aquella decisión.

Los periodistas aprendemos como primera lección, la de Qué, Quién, Cuándo, Dónde, Por qué. En inglés, Las W: What, Who, When, Where, Why. Recomiendo abrazar estas preguntas. Si una sociedad no se pone de acuerdo sobre los hechos, la probabilidad de una construcción estable y contenedora se disuelve.

Maldonado

En materia de derechos humanos, es inaceptable la comparación de cualquier gobierno posterior a 1983 con la dictadura videlista.

El Estado naturalmente debe garantizar la integridad personal de todos, sean partidarios, neutrales u opositores feroces. Y si algún integrante de las fuerzas de seguridad participara en acciones ilegales debería ser removido y sometido a juicio penal.

Sería deseable ver personas que reclamen al Estado el esclarecimiento de lo ocurrido con Santiago Maldonado sin el afán de imaginar que el actual gobierno pueda promover acciones para secuestrar y asesinar disidentes. También sería estimulante ver a un Estado más preocupado por dilucidar lo ocurrido que por demostrar su inocencia.

¿Chau Freiler?

El segundo tema alude a la forma de remoción de los jueces. El hecho que Freiler fuera uno de los magistrados menos dignos de su cargo en la historia judicial democrática no puede opacar la discusión sobre las incorrecciones de su remoción.

El gobierno parece dedicarse a lo que algunos llaman la democracia de fines. El propósito loable para cubrir la desprolijidad jurídica. Pero, ¿cómo diferenciar las intenciones nobles de la manipulación de los hechos? Justamente para evitar la discrecionalidad están las reglas. Si un demócrata probado no cumple la norma, ¿qué autoridad moral quedaría para exigir que la respete un mandón autoritario?

Hay rumores –para algunos son certezas– menos plausibles. Dicen que un acto de autoridad, incluso por encima de la norma, ayuda a demostrar que el gobierno es firme, duro, y que no hay helicóptero a la vista. Que suma más de lo que resta. Una versión light de la razón de Estado.

El voto en Buenos Aires

Néstor Kirchner se presentó dos veces como candidato a cargos nacionales. Las dos veces perdió. Como presidente en 2003 y como diputado nacional en 2009. La noche de 2009 –aquella de la lista testimonial de Kirchner-Scioli-Massa-intendentes– regó rumores de todo tipo. Al final, Néstor apareció. Ensayó delinear una justificación –había perdido por poco– pero él mismo se rectificó: Se gana y se pierde por un solo voto. Asumió la derrota. El FPV había ganado en la mayor parte del país, pero él había sido vencido. Y lo admitió.

Ocho años después, el actual gobierno jugueteó con la percepción de verdad. No ocultó los datos, pero tampoco los trasmitió. No escamoteó la verdad, pero si la percepción. En otras palabras: el festejo en la noche del domingo fue un montaje escénico reprobable. Por las mesas-testigo debían estar informados que festejaban una derrota.

Siempre el adversario ayuda. Haber salido en la madrugada, con tono enojado no parece una prueba de habilidad. Debió haber sido antes, con los números propios. CFK también tenía –como toda fuerza que se presenta a elecciones con chance– un resumen de las mesas-testigo que permiten otear el resultado. Una muestra que, bien confeccionada, rara vez falla. Y los errores siguen: el anunciado festejo de la victoria no será en el Obelisco, como le sugirieron algunos de sus lugartenientes, sino en La Plata. Con menos gente, casi sin medios y baja repercusión.

Es peligroso –y desagradable, para mi paladar– que la cúspide del Estado elija trasmitir una percepción reconstruida de los hechos en lugar de la realidad. Podrá decirse que todo gobierno posterga la difusión de resultados que no lo favorecen para no desanimar a los propios –incluso los fiscales que siguen contando en muchas escuelas- ni envalentonar a los rivales. Entonces deberemos marchar a un órgano extra-poder. Al menos, por fuera del Poder Ejecutivo.

Si vale la picardía propia y nos indigna la ajena se disuelve la posibilidad de acordar qué sociedad queremos construir. Vuelve, una y otra vez, la vieja pregunta: ¿qué hubiéramos dicho si el gol con la mano de Dios lo hubiera marcado un inglés en lugar de Diego Maradona? Creo que todos sabemos la respuesta…

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