jueves 29 de febrero de 2024
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Pasado vs. Presente. ¿Pero quién representa el presente?

El cierre de las listas de candidatos exhibe fuertes diferencias con otros procesos. Los cambios son, en general, poco alentadores.

En primer lugar, ha habido una extraordinaria presión sobre los partidos, que en definitiva son los que debiera elegir sus candidatos. La lista no la han hecho los partidos en asambleas o reuniones. Los gobernadores y los intendentes han aprovechado la posesión de los resortes estatales para imponer su voluntad. La lapicera se ha concentrado –de modo oligárquico, para llamarlo técnicamente– en virtualmente todas partes.

Ha quedado clara una decisión de impedir por todos los medios posibles –incluso las peores prácticas– la aparición de listas alternativas. Lamentablemente, esta actitud poco dispuesta a tolerar al otro ha sido practicada por Cristina, por otros jefes peronistas, por el PRO, diversos radicalismos y hasta la Coalición Cívica. Desalentador.

Esto pasa, en general, cuando hay poca confianza en las propias ideas, o en la fuerza de los argumentos. También sirve para cerrar la tranquera e impedir que entren otros. La lucha interna históricamente ha mejorado la democracia, ha obligado a todos a buscar los mejores argumentos y los candidatos más atractivos. Sin rivales, esos requisitos se desvanecen.

En la práctica, no ha habido discusión. Me apresuro a marcar: discusión política. Luego, por cierto, hubo asperezas, peleas por los lugares. Pero en las fuerzas mayores, quedaron heridas. Se oyen insatisfechos en todos lados, mucho más que lo habitual. Alguien llegó a poner un nombre transversal a todas las listas, el Partido Nacional de los Desencantados.

Los conflictos han sido, en general, de índole personal. Casi nadie ha rechazado propuestas por motivos ideológicos sino de ubicación y probabilidades de entrar. Facundo Manes rechazó el segundo lugar en la nómina de Cambiemos de Buenos Aires –que lo convertía en diputado electo– por razones de marquesina. No siente que deba conceder a nadie ir delante suyo. Los chicos de Libres del Sur, en cambio, llegaron al punto de ruptura con Sergio Massa porque ubicaron a Jorge Ceballos, su secretario general, en un sitio relegado, un puesto difícilmente puntuable. Curioso: el 10 de junio Libres del Sur había organizado una fuerte convocatoria en el microestadio de Argentinos Juniors para celebrar su incorporación a 1País. El 25 de junio, Humberto Tumini anunció el retiro de Libres del Sur de la coalición. El acuerdo bonaerense había durado exactamente dos semanas.

La única acción diversa a tanto chiquitaje, terminó siendo la de Ricardo Alfonsín. Rechazó la nominación que le ofrecía María Eugenia Vidal por dos razones: cree que los candidatos radicales debe ponerlos el radicalismo (lo que vale para toda fuerza política en cualquier lugar del mundo, pero en esta Argentina política destrozada por los K se ha olvidado). Aclaró, también, que mantiene diferencias gruesas con el PRO. Finalmente, se encrespó ante la tentación –llena de torpeza, dado el perfil del interlocutor– que intentó satisfacerlo con una embajada. Así, con ese simple renunciamiento, Alfonsín –que pocos meses atrás estaba confinado a la soledad, sin más compañía que sus íntimos– renació en la consideración de los correligionarios.

En las antípodas –no por frecuente deja de sorprender– la actitud de Daniel Scioli. Como siempre, sobresale aún entre los más obedientes. Luego de cuatro años de vicepresidente, ocho de gobernador de Buenos Aires y aspirante a la presidencia de la Nación que perdió por unos pocos miles de votos, aceptó un humillante quinto puesto en la lista de diputados, detrás de Fernando Espinoza, polémico ex intendente de La Matanza, una economista poco conocida, un ex presidente del CONICET y una meritoria pero ignota sindicalista de Judiciales. En fin…

Cristina aprende

Tal y como soñaba Cambiemos, el peronismo bonaerense llega dividido al comicio. Vaciado y dinamitado, se fraccionó en tres corrientes. Pero de muy diferente penetración.  Los intendentes de la Tercera Sección del conurbano confluyeron en el ruego a Cristina Fernández. Salvo un par de ellos, no hubo ni hay adhesión ideológica ni culto a la personalidad. El sometimiento fue, en la mayoría de los casos, en pos de un objetivo tan importante para los alcaldes como irrelevante para el país: lograr mayorías en los concejos deliberantes para evitar el riesgo de juicio político, la destitución y la vuelta al llano. O la cárcel.    

La ex presidente de la Nación ha sido la más audaz. Ha resignificado el origen de sus votos, despreciando la sigla Partido Justicialista, enterrando a Perón, y congelando como el Capitán Frío a sus propios lugartenientes.

Se liberó de la lista de impresentables acosados por la opinión pública, los tribunales o los medios. Borró de un plumazo a los acusados de latrocinio, de delitos varios, persecuciones.

Ha elegido personas que no pueden, en su inmensa mayoría, ser atacadas en el debate. Porque simplemente no participaron del gobierno K o tuvieron cargos sin visibilidad popular.

De un plumazo, tornó inútiles los paper de campaña del gobierno, el massismo y los medios que la detestan.

Esa habilísima maniobra fue anticipada en su acto en la cancha –debiera decir estadio– de Arsenal de Sarandí. Arsenal, además, terminó salvándose del descenso, algo que los muy futboleros jefes del PRO no tuvieron en cuenta.

En rigor, la gran sorpresa de las listas es el modo en que Cristina sorprendió al macrismo. Cambió su discurso, el tren fantasma fue confinado a un nicho lejano, y se apropió de los ejemplos personales. Un golpe inteligente que busca anular los timbreos.

Un segundo de recuerdo. El timbreo se hace desde, al menos, el siglo XIX –aunque en esa época probablemente se aplaudía, para hacer saber que llegaba visita–. Durán Barba refuta el argumento, marcando que antes los militantes hablaban con la gente para bajarle su línea, convencerla, en suma, melonearla. Y que los líderes del PRO van a escuchar. Aceptemos el argumento (aunque nunca se permiten periodistas que acompañen, atestigüen y constaten qué ocurre en esos encuentros).

Cristina dobló la apuesta del PRO. Llevó personas comunes a su acto en Sarandí y llenó de desconocidos su lista. Cada candidato será la expresión viva de alguna injusticia, de cierta insensibilidad, de alguna barrabasada atribuida al gobierno. Y nadie podrá descalificar la historia de personas que no han tenido poder de decisión. Bien PRO.

La campaña duranbarbista de primacía de la comunicación y la escucha y la no política, está siendo desafiada por otra campaña con un formato igualmente pulido, pero con política.

Llegamos a un momento, entonces, que el gobierno está intentando marcar el riesgo de una victoria de Cristina. Es decir, más allá de la notable falta de cintura y autocrítica que sigue protagonizando el sin duda muy inteligente y útil –en la campaña electoral anterior– Marcos Peña.

Dos de Tres

La jugada de Randazzo se complicó. A pesar del fuerte apoyo de los sindicatos –que lo miran con simpatía– sus filas quedaron escuálidas. Hechas sándwich. Desde una punta el cristinismo –que lo vació de intendentes, luego lo minimizó y finalmente lo tildó de funcional al gobierno. Por el reverso, el poderoso grupo Clarín, quien insistía los días previos al cierre de listas en un posible abandono de la carrera, y la cooptación de sus seguidores por Massa.

Los muchachos de Randazzo intentarán desde aquí hasta las PASO, en convencer que igual enfrentan a Cristina, fingir que hay una interna para convocar anti-cristinistas. Su objetivo declamado es sacar el 15%, pero saben que necesitan al menos diez puntos. Y las encuestas le dan entre cinco y siete. Si fracasan en las PASO –esa suerte de primera vuelta que no tiene valor jurídico pero es definitoria políticamente– su destino estará sellado.

La coalición Massa-Stolbizer se esmeró en construir una lista muy presentable, con figuras conocidas y de peso. Igual perdió intendentes y dejó heridos, como todos. Acaso más. No se sabe si alcanza. El riesgo es sacar el 15 o menos en las PASO y ser triturados en la general por una polarización entre el gobierno y Cristina. Si las cosas siguen como vienen, Massa será el gran derrotado: renueva diputados, legisladores de sección y concejales de la elección de 2013, cuando triunfó con un contundente 43 por ciento. Nadie, ni él mismo, sueña con repetir. Pero necesita, al menos, la mitad de aquellos votos de su momento de gloria. Stolbizer está pensada como una opción para atraer radicales y progresistas sueltos, que detestan a Cristina y no se siente representados en las listas oficialistas.

Mejor Carrió

El Pro en la provincia de Buenos Aires mostró su juego. Premio para Carrió, que, sin partido, logró tantos candidatos como la UCR.

Al apriete público de Lilita Carrió, el PRO terminó concediendo todo lo que pidió. La mitad de la lista de diputados nacionales a salir en la Capital Federal y un tercio de los primeros nueve en la provincia. Es cierto que Rodríguez Larreta hizo una apuesta: entregar lo que pidiera Lilita a cambio de vaciar e intentar destruir a Lousteau, a quien ve como un rival riesgoso en la renovación de su mandato, en 2019. Para lograrlo necesita que el kirchnerismo salga segundo. No es novedoso. Según dicen los que siguen las sesiones de la Legislatura porteña, el Frente para la Victoria acompañó a Rodríguez Larreta más que los radicales y mucho más que la Coalición Cívica.

Otra aparición restallante fue la de Graciela Ocaña. Pasó de legisladora porteña en el monopartido Confianza Pública a liderar la lista de candidatos a diputado nacional en la provincia de Buenos Aires, la elección más importante del país.

Los radicales tendrán tres candidatos entre los primeros diez de la provincia. Los que pelearon duramente para conseguirlo (como Daniel Salvador, vicegobernador y presidente de la UCR provincial) marcan como un éxito haber sobrevivido a la voracidad del PRO y su inocultable desprecio por el radicalismo.

Otro sector del radicalismo quedó enojado. Advierte que no hay radicales entre los candidatos a senador –que concentrarán el grueso de la pelea– y que los diputados radicales están en lugares a salir pero lejanos. Saben que el gigantesco aparato comunicacional del PRO concentrará sus luces en Macri, la gobernadora, Bullrich, González. Es decir, en los propios-propios, que defenderán la gestión. Y, secundariamente, en Ocaña y los lilitos, para arremeter contra CFK y recordar la corrupción cristinista. No hay espacio para los radicales. Y si no hay voces radicales en una campaña electoral… Para evitar ese silenciamiento, la UCR de la Capital levanta la candidatura de Lousteau.

Curioso: las dos listas de diputados más importantes de la República –Capital y Provincia– llevan candidatos extra-PRO. Tampoco hay PRO encabezando en Santa Fe ni Mendoza. Sólo en Córdoba. Veamos.

En Mendoza el radicalismo es demasiado fuerte para arrancarle la primacía. En Santa Fe hay una inversión: lograr que la UCR abandone la coalición con el socialismo para armar Cambiemos. En Córdoba, en cambio, aspira a desbancar a la UCR como principal fuerza frente al eje De la Sota-Schiaretti. Su oferta cordobesa radica en una figura: la Coneja Baldassi, árbitro de fútbol.

PASO inútiles y padrón viejo

Las PASO fueron inventadas por el kirchnerismo con un propósito trasparente: evitar otra derrota como la asestada por Francisco De Narváez en los comicios bonaerenses de 2009. Las normas K prohibieron contratar espacios publicitarios, limitaron la campaña a unas pocas semanas y proscribieron la posibilidad de rearmado de listas entre vencedores y vencidos.  Con las PASO, nadie podría usar su chequera, aunque fuera tan gruesa como la de De Narváez.  Y tampoco recomponer fórmula. Esto hubiera impedido, por ejemplo, que llegaran a un acuerdo la UCR y el FREPASO tras la interna de la Alianza.

Marcos Peña acierta cuando marca que las PASO son “un invento argentino al cual hay que analizar a partir de lo que ha sido su experiencia y su implementación” (La Gaceta de Tucumán).

Pero el gobierno va a elecciones sin la precaución de haber depurado los sospechosos padrones nacionales y provinciales elaborados los últimos años. La Cámara Nacional Electoral –cuyos jueces no se disciplinaron a las presiones K- ya informaron que no hay tiempo para cambiarlo.

Esta semana la Cámara Nacional Electoral volvió a retar al PEN: el escrutinio provisorio de las elecciones legislativas “continúa bajo la órbita exclusiva del Poder Ejecutivo Nacional” “pese a los reiterados requerimientos” del Tribunal. Así lo explicó la Cámara por acordada: el conteo de votos se realizará “sin participación alguna de la Justicia Nacional Electoral en las operaciones atinentes a su diseño, planificación, organización, procesamiento, cómputo y difusión de los resultados; ni tampoco en la contratación de prestadores de servicios”.

En 2015, Cambiemos, como su nombre indica, levantó la bandera del Cambio. Cuando alguien gana, cualquiera sea su origen, deja de ser el cambio y se convierte en la continuidad.  En rigor, seguir con el cambio es una consigna contradictoria y compleja. Da una idea de Presente Continuo, como ese modo verbal tan usado en lengua inglesa. Pero el presente continuo carece de relevancia en la gramática española. Y, sobre todo, es poco utilizado en el habla de los argentinos.  

 

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