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07 10 2016

La justicia de la horda


Autor: Alejandro Garvie









Como bien sostiene Beatriz Sarlo en su artículo publicado en la revista Noticias, los medios tienen una cuota parte de responsabilidad con el tratamiento inadecuado que hacen de la violencia desatada por el crimen común y organizado. Los videos, entrevistas y títulos tienden a justificar los casos en que los delincuentes son ultimados por sus víctimas. Los comentarios de las notas gráficas –hoy tan utilizados en los medios electrónicos– no salen de una agresiva mediocridad que interpela al mero sentimiento, despojado de juicio y de razón. Rotular “justicia por mano propia” es sólo una de las tantas formas de llevar el debate al plano de las pasiones primitivas, a la polémica que tiene por objetivo vender noticias y sólo irritar la epidermis social sin entrar a la carne del problema.

“Justicia por mano propia” en una sociedad moderna en donde impera el Estado de derecho es una contradicción. Sin embargo, es una de las etiquetas preferidas a la hora de titular.

La Justicia moderna –de Kelsen en adelante– está basada en la legalidad y en el funcionamiento de una serie de instituciones y dispositivos en los que la ciudadanía delega en el Estado las atribuciones de dictaminar, repara y punir las violaciones a las normas. Por lo tanto, tomar un arma y matar al agresor nunca es “justicia”, es venganza o legítima defensa, según el caso, y en ambos denotan la falta de capacidades institucionales del Estado para sostener sus reglas básicas.

El imaginario social del “justiciero” está ligado a la ficción plasmada en la encarnación de superhéroes –que siempre actúan al margen de la ley– o en entramados cinematográficos en los que el espectador es testigo privilegiado de los hechos –tiene una mirada panóptica de la situación que se le presenta– conociendo a ciencia cierta quien es el “bueno” y quien es el “malo”; y goza cuando la víctima mata a su victimario, o algún “Rambo” provoca el holocausto de cientos en nombre de determinados ideales que son totalmente opuestos a su accionar.

En la vida real, los crímenes no son tan fáciles de probar y las instituciones no son todo lo eficientes y democráticas que deberían ser. Sin embargo, la fantasía popular está afincada en los arquetipos que reproduce nuestra cultura y que tiene a los medios masivos como vehículo principal de transmisión.

Los medios de comunicación, la mayoría de las veces no presentan de forma correcta y efectiva las noticias sobre violencia y crimen. Por el contrario, refuerzan estereotipos negativos sobre la violencia. En general, los programas de noticias tienden a enfatizar el crimen violento y las filmaciones caseras son puestas al aire con escasos filtros: vaya la imagen repetida hasta el hartazgo de vecinos pateando a un delincuente –que luego moriría– aplastado entre el auto de un “justiciero” y un poste.

Otro problema frecuente es la descontextualización de ciertos crímenes a los que se titula “el crimen del ingeniero”, o de lo que fuere, sin mayor intención que la de generar un impacto y no de informar si el hecho es un ajuste de cuentas, consecuencia de un robo o de un acto pasional. Se informa una característica de la víctima y por lo general se la asocia a un presunto robo. Un correcto desempeño del periodismo profesional debe contextualizar, de lo contrario se siembra la idea de que a cualquiera le puede pasar lo que a la víctima del relato noticioso, generando el miedo generalizado. La inclusión de ese relato en un contexto, facilita su comprensión y reduce la formación de estereotipos negativos.

Ante este desafío que enfrentan los medios, expertos en salud pública y en salud mental  trabajan sobre cómo los medios pueden abordar esta temática recordando a los periodistas que la violencia es compleja y multicausal, que la objetividad es vital a la hora de informar sobre la misma y que nunca debería ser un elemento sensacionalista.

Otras sugerencias incluyen reportar la violencia como algo prevenible, ofreciendo al destinatario de la noticia un contexto amplio sobre el problema, evitando simplificar la causa o móvil del crimen y promoviendo alternativas para la resolución pacífica de conflictos y el manejo de la cólera y las emociones.

Estos especialistas han diseñado algunos marcos de acción para los medios, tales como Areas of Inquiry for Reporting on Violence from a Public Health Perspective (en Dorfman, 2001) y The Violence Framework (J. Livingstone, 1994), que presentan un análisis conceptual de las diferentes causas que contribuyen a la violencia, a partir de los cuales se han desarrollado guías que pueden ser de mucha utilidad para los periodistas. Reporting on Violence: New Ideas for Television, Print and Web (Stevens y Dorfman, 2001), es una herramienta muy útil que presenta ejemplos de noticias sobre violencia en su formato original y su reescritura según los principios de la guía.

Estos trabajos implican un acercamiento entre los diseñadores de políticas de prevención del delito y los medios, por lo que es importante que los expertos se esfuercen por comprender los mecanismos de funcionamiento de los medios, respetando la libertad de prensa, y que estos últimos adopten códigos éticos que tengan en cuenta los objetivos de la política.

En la Argentina estas iniciativas serían de suma utilidad puesto que reconocen el papel preponderante de los medios de comunicación a la hora de crear opinión pública y conciencia de los problemas y sus posibles soluciones, en tanto que los decisores políticos contarían con un aliado y no con un actor que le agregue más leña al fuego.

No obstante, la tensión entre la ausencia de Estado y necesidad de reaccionar se expresará en los actos de la horda porque como señala Sartre: “La crisis emocional es aquí un abandono de responsabilidad. Se produce una exageración mágica de las dificultades del mundo. Este conserva su estructura diferenciada, pero aparece como injusto y hostil porque exige demasiado de nosotros, es decir más de lo que es humanamente posible darle”.