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23 09 2016

Muros


Autor: Alejandro Garvie









En una Europa de historia amurallada desde la Edad Media, la iconografía de los billetes del euro –el puente– fue elegido para representar la unidad de la Unión Europea. Los muros y las alambradas separan al “nosotros” de los “otros”, en tanto que los puentes son el intento de construir una identidad común sin por ello desconocer de qué orilla viene cada uno.

Desde la Gran Muralla China hasta la línea Maginot, pasando por las alambradas de Ceuta y Melilla; nuestra Zanja de Alsina y el Muro de Berlín o la frontera sur de los EE.UU., los muros han mostrado en la era moderna su absoluta inutilidad práctica, aunque han tenido una gran y eficiente significación simbólica: quienes construyen los muros son poderosos: EE.UU.; Israel; el Imperio Romano; la URSS, tal vez porque desde el poder se puede definir la otredad.

Un “murista” contemporáneo es el rocambolesco candidato republicano Donald Trump, aspirante a jefe de la superpotencia que hace décadas ha construido un muro que pretende detener la inmigración ilegal mexicana. Trump promete más y mejores muros, porque el votante medio norteamericano compra su discurso xenófobo. El año pasado recordó la utilidad –aunque sin mencionarla– de la "Operation Wetback", programa de la administración de Dwight D. Eisenhower que consistió en la deportación masiva de inmigrantes ilegales, aquellos que para Trump “le quitan el trabajo a los asalariados norteamericanos”. Si bien puede tener cierta verosimilitud, más trabajo norteamericano se ha perdido por la decisión de las multinacionales de comprar mano de obra asiática, trasladando sus factorías a esas regiones, o a las mismas maquilas mejicanas.

Un artículo de Gordon H. Hanson y Craig McIntosh –autores de The Great Mexican Emigration (2007)– de la Universidad de California en San Diego, actualiza el asunto del muro introduciendo un dato demoledor: los mejicanos ya no van a los Estados Unidos. ¿Por qué? Los migrantes de las últimas dos décadas del siglo XX, eran mejicanos nacidos en los años del baby boom en ese país –durante los sesenta y setenta– con índices de fertilidad de siete niños por mujer. En esos mismos veinte años México sufrió, además, varias crisis macroeconómicas, por lo cual para muchos jóvenes fue una opción peregrinar por el desierto de Arizona y evadir la Patrulla Fronteriza para sumarse al sueño americano.

Ambas condiciones han variado drásticamente. Desde 1970, el índice de natalidad ha disminuido hasta algo más de 2,1, la fertilidad necesaria para mantener una población estable. Y aunque México todavía es un vecino mucho más pobre, ha transitado las últimas décadas sin crisis económicas severas. “El fin de la transición demográfica en la mayor parte del hemisferio occidental nos hace reflexionar sobre si el gasto en controles migratorios justificará sus costos”, concluyeron Hanson y McIntosh.

Por supuesto, este análisis no le bastará a los seguidores de Trump –trabajadores blancos enojados y convencidos del efecto dañino de la inmigración–. Y quizá el análisis demográfico tenga algunos defectos. ¿Qué pasará, por ejemplo, con los inmigrantes provenientes de África y del Medio Oriente, donde los índices de fertilidad continúan altos, los conflictos son frecuentes y las perspectivas de trabajo son pobres? A ellos no podremos detenerlos con un muro de concreto: es más probable que entren legalmente y se queden después de que su visa expire. Pero quizá justifiquen mayores gastos en otras formas de control migratorio.

Por otro lado, tal cual lo reconoce Jorge Jesús Borjas, economista nacido en Cuba, especializado en inmigración por la Universidad de Harvard, los trabajadores norteamericanos más afectados han sido los no calificados, desplazados por los inmigrantes provenientes del sur de la frontera. En sus trabajos, entre los que se destaca  Heaven’s Door: Immigration Policy and the American Economy (1999) y en  Inmigration Economics (2014) Borjas estima que la oleada migratoria hacia Estados Unidos, de 1990 hasta 2010, produjo un beneficio neto a la economía de unos 50 mil millones de dólares al año, riqueza que no llegó a manos de los trabajadores, de cuyo universo los que no habían terminado la preparatoria vieron sus salarios reducidos en un 3,1%.

De manera que, bajo esta perspectiva, los inmensos costos de ampliar, reforzar y mantener el enorme dispositivo fronterizo, es injustificado. Ya hoy le cuesta al “contribuyente norteamericano” unos 30 mil millones de dólares al año y, según Trump, la frontera todavía parece un colador. ¿Qué es lo que debería aumentarse de ese dispositivo represivo? Si hubiera otra Operation Wetback: ¿Cuánto costaría deportar a los 11 millones de mejicanos ilegales que hoy residen en Estados Unidos y, en muchos casos, tienen hijos con derecho legal para quedarse?

Muchas preguntas de difícil respuesta para el discurso populista del señor Trump. En los últimos años los migrantes mexicanos han incrementado su importancia en el sector laboral estadounidense. Han permitido satisfacer la demanda de empleo en algunos puestos de trabajo surgidos a partir de la salida de trabajadores nativos de Estados Unidos. Hoy, por cada migrante mexicano ocupado existen 4 estadounidenses pensionados. Además, existen otros elementos que aportan los migrantes como el pago de impuestos que permiten mantener muchas de las actividades que el Estado proporciona a través de bienes y servicios públicos.

En definitiva, la entrada de migrantes a Estados Unidos ha sido benéfica en términos económicos para la economía norteamericana y para los individuos migrantes, por lo que convendría realizar mayores esfuerzos en ordenar los flujos migratorios y no en detenerlos.

No es casualidad que el vigor del capitalismo se haya desplegado con el desplazamiento del comercio por el Mediterráneo y luego por el mundo, a través del aumento de la velocidad de las vías de comunicación, de una sociedad amurallada a una sociedad conectada.