martes 5 de marzo de 2024
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Andrés Sobrino: un viaje en busca del objeto perfecto

Cuando los artistas, los críticos o los amantes de la arqueología recorren los manifiestos de las primeras décadas del siglo pasado, se encuentran con definiciones duras como la piedra. Sean más o menos estructuralistas, asentirán o negarán con la cabeza lo que los textos les sugieren o les ordenan.

En cualquier caso, las taxonomías artísticas modernas estaban repletas de certezas y, aunque en la realidad estética las diferencias fueran incluso imperceptibles, las justificaciones teóricas levantaban fronteras infranqueables. Las diferencias entre figuración y abstracción, entre abstractos y concretos, entre madíes y perceptistas han dado más en la literatura que en lo visual, acompañando la confianza en las palabras que es propia de la modernidad.

En estos tiempos nuestros, la gramática del arte contemporáneo ha venido a transparentar los límites de la acción artística y a dulcificar las diferencias volviéndolas, al fin, menos sentenciosas y más productivas.

La obra de Andrés Sobrino es una demostración ostensible de la operación que puede realizar el arte contemporáneo sobre las viejas preguntas del arte y sobre sus obsesiones históricas.

Geométrico sin ser geométrico, artístico sin ser del todo artístico, el cuerpo de obra de Sobrino flota como un interrogante sobre las definiciones canónicas. En Al borde del objeto, su actual exposición en la galería Smart de Buenos Aires, vuelve a hacerlo, intensificando su condición especular e induciendo al espectador a preguntarse qué es lo que está a la vista.

La primera mirada es simplificadora y remite a pinturas geométricas. El resultado visual, la comodidad de la contemplación reconocida indica eso, pero algo no cierra del todo.

Tal vez la disposición de algunas de las obras, apoyadas sobre la pared en lugar de estar colgadas del modo tradicional, empuja al espectador a un replanteo.

Los colores, como es habitual en su obra, son usados para provocar y aumentar el desconcierto. La textura de las sucesivas capas de esmaltes sintéticos de obra que utiliza Sobrino proyecta sobre los trabajos la sensación de no estar frente a una pintura. El brillo industrial, la plenitud del color, que solo varía entre una y otra marca de esmalte que se consigue en la ferretería, y la disposición inorgánica de la geometría interna de las obras genera una confusión creativa que es siempre saludable.

En definitiva, Sobrino no explica nada, sus muestras están en ayunas de pretensión pedagógica y le dejan al espectador toda la responsabilidad de completar la obra. La ausencia de títulos y descripciones colabora para que sea el espectador quién oriente el sentido de la experiencia, en ausencia de un guión o de un itinerario determinado.

Sin embargo, hay algo legible en esta muestra de Sobrino. Para entender mejor, es necesario darle crédito a la formación alternativa del artista. Su temperamento artístico está formado en el diseño gráfico y en la proyectualidad de la arquitectura. Así, la disposición en sala de las obras permite pensar en un ejercicio de proyección, algo así como un viaje hacia los objetos. En la sala principal de Smart dos pinturas importantes apoyadas en el piso terminan proyectadas en un objeto que las contiene y las reversiona.

Los planos geométricos superpuestos se deconstruyen en tres cubos, uno amarillo, otro blanco y uno más de color negro, y el plano de las pinturas se convierte en una mesa sostenida por seis patas de metal. A mitad de camino entre la escultura, la pintura y la instalación, esta obra domina el campo visual integrándose con los otros trabajos de la sala.

En el otro extremo, un gran bloque triangular de color negro, parece haberse caído de la pintura colgada en la pared. Líneas diagonales que forman triángulos, líneas rectas que forman rectángulos, campos bien definidos, colores plenos, son las formas que usa Sobrino para armar un camino que viene y va desde la pintura, afirmándola y negándola en el mismo ejercicio.

En este viaje a los objetos planteado por el artista, hay otro conjunto de obras muy interesante. Se trata de unos trabajos en pequeño formato enmarcados en aluminio, donde Sobrino dispone retazos de maderas formando piezas geométricas pintadas que remiten a Piet Mondrian por su simpleza, pero también a Marcelo Bonevardi por su complejidad y exactitud. En un registro similar, otras composiciones están armadas con retazos de madera que se colocan uno sobre el otro de manera simétrica.

Esta muestra de Andrés Sobrino puede ser mirada, en definitiva, como un gran proyecto integral donde todas las piezas forman un solo objeto y en el que todos los fragmentos son intercambiables. Esa ductilidad le confiere a la exposición un carácter experimental donde lo central y poderoso es la acción estética de combinar los distintos elementos en la búsqueda del objeto perfecto.

La falta de definición, ese atributo del arte contemporáneo, es una tecnología que Sobrino domina a la perfección. La falta de respuesta es, ante todo, un manifiesto no escrito, una invitación a completar la obra y a desentenderse de interpretaciones aparatosas.

En el mismo sentido, las pretensiones áuricas de toda geometría, ese intento por contener el universo en pocas líneas y planos, gana en eficacia, como sostenía Herbert Read, cuando es tensionado por la poesía y pierde rigidez. Algo de eso sucede en la muestra de Andrés Sobrino en Smart.

Publicado en Revista Ñ el 26 de septiembre de 2019.

Link https://www.clarin.com/revista-enie/arte/andres-sobrino-viaje-busca-objeto-perfecto_0_67PG2oaD.html

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