lunes 20 de mayo de 2024
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Los radicales se juntan, el PRO mete la pata, Macri sigue mejorando

Mauricio está varios escalones por encima de su gabinete. Su exitoso paso por el Congreso nacional lo muestra mucho más vinculado con la realidad social, económica y política que los continuos errores que siguen perpetrando sus fieles con sorprendente entusiasmo.

                El encuentro de los radicales este fin de semana en Villa Giardino parece mucho más en línea con el discurso presidencial que la catarata de dobles faltas de las figuras del PRO.

Radicales sin sillazos

                Villa Giardino fue menos trascendente que Gualeguaychú. Pero el radicalismo salió mejor parado que en aquella ocasión.

                La Convención radical de 2015 que definió la formación de Cambiemos tuvo varias consecuencias: selló la condición de Macri como el desafiante del peronismo cristinista y postergó a Massa. Fue la bisagra que terminó de convertir a Mauricio (ungido con los sagrados oleos de la elegilibilidad moral por Carrió) en el retador. Y le dio los votos que le faltaban para ganar. El costo fue alto. La mayor parte de los principales jefes de la UCR estuvieron en contra y el radicalismo crujió. A punto estuvo de fracturarse.

                Villa Giardino no definió la elección presidencial ni cambió las alianzas. Pero la Unión Cívica Radical salió más fortalecida. Hasta los objetores de Gualeguaychú aprobaron la continuación en el frente electoral que hizo descarrilar el tren bala cristinista.  Los seguidores más acríticos de la coalición, por su lado, admitieron que el radicalismo necesita mayor protagonismo en las decisiones del gobierno y visibilidad ante la opinión pública.

                Una convergencia de las tribus radicales en el ancho camino del centro. Se palpaba, en los diálogos de las serranías cordobesas, la auto-confianza y la satisfacción de volver a la victoria. Muchos radicales saborean el presente: ser parte del gobierno es preferible al desierto de una larga era opositora.

                Los radicales saben, además, que este es su momento. Los errores no forzados de la administración nacional llevaron al gobierno a su peor situación desde que asumió. Óptimo para una reasignación del poder, desde la construcción de una mesa de decisión política (como existe en toda coalición) hasta el debate por los lugares en las listas de Cambiemos.

¿Qué será el Estado?

                El desconocimiento del funcionamiento y las leyes del Estado están dejando de sorprender y se van convirtiendo en una preocupación creciente en el modo de producción del PRO. Los intentos de “redondeo” para debajo de jubilaciones y pensiones, la ignorancia por los símbolos como el 24 de marzo fueron heridas autoinfligidas.

                La carrera de torpezas continúa. Es evidente, por ejemplo, que el Estado necesita ser reformulado y que el régimen de sus funcionarios y empleados está lejos de satisfacer las necesidades de la administración, las de los ciudadanos o los anhelos de los propios asalariados. Por tanto, resulta imperioso reconstruir el aparato estatal, dotarlo de calidades perdidas y ajustarlo a los desafíos de la época. Al mismo tiempo, motivar a los empleados, ofrecerles orgullo y participación, alentar el compromiso social y su realización personal.

Que un Ministerio de Modernización (nombre pomposo aún si fuere eficaz) concentre su reforma del sector público en las horas-culo (concepto despectivo del personal más idóneo) resulta particularmente anacrónico. En estos días las empresas más dinámicas del mundo impulsan mecanismos de trabajo a domicilio, de funcionamiento en red, de espacios para la inventiva, de salones de reflexión.

Aún los hiperformales estudios jurídicos de Nueva York estimulan a su personal más creativo –conocidos como los filósofos– a trabajar sin horario ni vestimenta formal, aumentando las posibilidades de su imaginación.

Hace décadas Alvin Toffler marcó la tendencia: ya no funcionaba el castigo, pero tampoco alcanzaban las recompensas económicas. Estaba llegando la era del conocimiento. Y desde entonces han surgido innúmeras demostraciones de la obsolescencia de los empleos a horario fijo, sin requerimientos ni ofertas, en el estilo de las líneas de montaje de la producción en serie. El Ministerio de Modernización atrasa un siglo.

Toda reforma, además, debe traer el menú de ganancias junto al de pérdidas. Cuando un Estado busca limitar alguna conquista, debe saber que sólo podrá intentarlo ofreciendo otra. Un canje. Te sacamos por acá, te damos por allá. Sólo las dictaduras pueden avanzar a rebencazos. En democracia, el precio es la pérdida de confianza, la huida de electores. La derrota.  

Los supuestos modernizadores tampoco explican su propósito. ¿Es para echar empleados públicos? ¿Controlarlos? ¿Humillarlos? Porque no se conocen propuestas, proyectos, objetivos, mejoras ni metas de rendimiento. Así, sólo aumentará el consumo de café, energía eléctrica, el uso de Facebook y la rabia contra una persecución carente de sentido.

Estas propuestas parecen provenir de gerentitos ávidos de trepar y no de veteranos rebosantes de experiencia.

A fin de cuentas, cada vez más ministros y secretarios parecen actuar como bisoños practicantes que sólo ansían demostrar cuántos derechos esperan conculcar bajo la apariencia de la competitividad. ¿Para qué? Al parecer, sólo para lograr una sonrisa de Mauricio. Error.

Aprendan de Mauricio

                El discurso de Macri ante el Parlamento no incurrió en ninguno de esos yerros. Explícitamente, refutó a quienes ven en la rebaja del salario real el medio para aumentar la competitividad. Ensalzó a empleados nacionales y docentes, ofreció caminos de debate y consenso.

                No se privó, por cierto, de golpear al gobierno anterior. Pero, con astucia, levantó un par de iniciativas a las que llamó “buenas ideas” del kirchnerismo, como Tecnópolis.

                Desubicó así, de un plumazo, a las desarticuladas falanges K que siguen militando su necedad. Más de lo mismo. A la asunción de Macri no fueron. Y el miércoles trataron de disminuir la presentación presidencial con carteles diversos. Alguno –Edgardo Depetri– blandía una imagen de Milagro Sala. Toda ganancia para el gobierno. Muchos legisladores del Frente para la Victoria, sin embargo, parecían empezar a tomar conciencia. A resignarse. A percibir lo que negaban: el Parlamento y la Casa Rosada no les pertenecen y han dejado de ser mayoría. Los símbolos del poder –desde los granaderos hasta las gradas del Congreso– siguen en manos de Cambiemos. Recién atisban que han perdido. No sólo una elección. También las fantasías destituyentes y el retorno en triunfo de su jefa. El nuevo gobierno no se está derritiendo. Al despertar están viviendo la cruel conclusión de Calderón: los sueños, sueños son.

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