domingo 3 de marzo de 2024
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Química Kicillof

Axel Kicillof tenía humor, desfachatez y rebeldía. Ese fue su trampolín a la fama política. El rebote fue aumentando en la UBA económicas en los 90 mientras se dejaba las patillas más a lo Elvis que a lo Menem. Era el líder de una agrupación estudiantil antipolítica y paródica, muy a tono con el “que se vayan todos” que se incubaba en la época, llamada TNT Económicas. Una sigla cambiante según las ocurrencias, cuya denominación más duradera fue “¡Tontos pero No Tanto!”. El logo de TNT era el personaje el Coyote, perseguidor frustrado del Correcaminos y resistente a la explosión de nitroglicerina. Así de cómica y figurativa era la TNT.

Kicillof descollaba como marxista carilindo, prepotente, brillante: “Eran muy buena gente los de TNT, luego el kirchnerismo los pudrió” dicen sus contemporáneos de carrera. Eran estudiosos, los más piolas, tenían las mejores minas y hacían las mejores fiestas. Entre sus amigos figuraban los semi célebres Cecilia Nahón, quien fuera embajadora en Estados Unidos durante el kirchnerismo, Iván Heyn, que perdió la vida en una mala maniobra de asfixiofilia en un hotel en Uruguay durante un congreso en el que participaba como funcionario argentino, Ariel Langer, Paula Español y el actual presidente del Banco Central, Guido Sandleris.

Se recibió con diploma de honor y se doctoró con diez, sobresaliente.

Nació en Buenos Aires en 1971. Hijo de una familia judía progresista, Axel fue su estrella. Sus padres, un psicoanalista y una psicóloga. Hizo la secundaria en el Colegio Nacional Buenos Aires.

Su derrotero profesional hacia la cumbre de su fama y poderío se inició como docente universitario e investigador del CONICET. En el ámbito privado incursionó en la fantasía de todo joven con un sueño liberal pero colectivo o, mejor dicho, colectivo pero liberal: tener un bar en Palermo, pero le fue mal.

Estuvo signado, también, por su amistad con Mariano Recalde, otra celebrity de la UBA, pero en Derecho, y parte de la mesa chica de la agrupación otrora juvenil La Cámpora que lo recomendó en el kirchnerismo: PROCREAR, Aerolíneas Argentinas, la de las pérdidas en 20o9, y luego SIDERAR. Finalmente pasó a formar parte del Club de los Guapos Ministros de Hacienda de Cristina Fernández de Kirchner junto con sus predecesores Lousteau, Boudou y Lorenzino.

Dogmático de la intervención del Estado, encontró en su presidenta la luz verde para las atribuciones más atrevidas para la experimentación económica: así arremetió para profundizar el modelo cuando los márgenes de ganancias extraordinarias del período nestoriano se comenzaron a ordinarizar. Su inventiva fue prodigiosa: su obra maestra fue el Cepo, la medida inmovilizadora para la compra de dólares más allá de un límite ínfimo. En realidad, le dio la firma a una creación colectiva de Moreno, del titular de la AFIP, Ricardo Echegaray y de la expresidenta del BCRA, Mercedes Marcó del Pont. También se le recuerdan medidas para apalancar el consumo: los Precios Cuidados, que Macri nunca pudo descuidar, la SUBE como tarjeta de descuentos o la estatización de YPF que le costará a la Argentina 3000 millones de dólares. Suelto y sonriente, Kici había afirmado taxativo: “No nos va a costar nada”. Cristina Fernández lo había nombrado a él junto a Julio de Vido como interventores en la empresa petrolera. Se la quitaron a los españoles de REPSOL y ahora hay que pagarles.

También tuvo su propia aventura de historieta: la batalla contra los supermalvados fondos buitres. La pluma de la best seller nacional lo describe mejor que esta columnista ágrafa: “Los buitres son las aves que comienzan a volar sobre los muertos; los fondos buitre sobrevuelan sobre países endeudados y en default. Son depredadores sociales globales”. Axel encarnó al héroe con una caracterización perfecta para contrarrestar tanto mal: un nerd con ideología, pequeño y jovial en los tribunales de una ciudad gótica y ante un villano monstruoso, un juez geronte encorvado a noventa grados.

La relación con su jefa fue blanco de imaginaciones estereotipadas: haciendo pasar por “ninfopoder” el trato entre presidente y ministro por ver a una mujer en un rol activo con un señorito apolíneo. Ahora, Kici es candidato a gobernador. Sigue siendo el elegido de Cristina y resiste un archivo de casuística judicial. Lo ungió para competir por la provincia de Buenos Aires. Sorteó la animadversión de la mayoría de los intendentes peronistas que no ven en él a un bonaerense ni a un primus inter pares. De hecho no se sabe si está afiliado al partido justicialista o si es un extrapartidario. Va con la intendenta matancera Vero Magario. Nada que ver las mujeres que ejercen el poder con él a las mujeres con las que cursaba o militaba, o con su esposa, la bella Soledad Quereilhac, doctora en Letras, que tiene un antecedente más fascinante que el rol de médium económico de su marido: una tesis sobre literatura y espiritismo. La pareja tiene dos hijos. Sufrieron un escrache en un buque a Uruguay, cuando en el medio del río, una turba rioplatense lo conminó a naufragar al grito de “Que se baje”, “Judío de m…”, le gritaban. Las fotos con Kicillof y un hijo en brazos, asustado, se usan como ejemplo de repudio, sin bando ideológico, para desactivar cualquier tipo de escrache que encierran focos de linchamientos vengan de donde vengan.

Anda por la vida con patente de honesto, pero en el 2015 la contratación de asfalto para hacer las rutas era 53% más cara que lo que sale hoy. Otro tanto pasa con la contratación de medicamentos del PAMI.

Es una de las figuras de esta campaña costumbrista donde los perros, los chistes, las bravuconadas, las risas, la gente, las rutas, la derrota implícita de cada uno de los candidatos, profundamente perdedores todos, nos entretienen hasta ahí, nos dan un panorama que tiene que ver más con esperar las fechas y verlos tropezar hasta que la moneda esté en el aire.

Llamó la atención por un video hecho a las apuradas, tras una idea que -uno presume- la tuvieron unos kilómetros antes de grabar, cuando lo hicieron bajar a comprar naranjas en un puesto rutero. La improvisación actoral no le alcanzó a nuestro James Dean keynesiano, y el video no se entendió bien, excepto por la pequeña estafa de la buena mandarina de la vendedora cítrica que le remarcó in his face la bolsa de frutas que el exministro de economía compró y que los espectadores ávidos para las cuentas pudieron comparar al ver el cartel del puestito con la promo.

Siempre se dejó llevar por el género road movie, como cuando en 2001 creó la agrupación Km 501 que proponía largarse a los caminos hasta pasar los quinientos kilómetros legales del área de obligación electoral de cada argentino votante que estaba harto de la clase política, la participación ciudadana y ese tipo de cosas.

En la campaña se sentó en la mesa de Polémica en el Bar, el refrito del programa televisivo que supo ser de culto, y la estaba pasando bien con los muchachos -como todo porteño con aspiraciones porteñas- cuando el personaje de economista liberal, Javier Milei, metió la cola a través de una inocente y rajatierra modelo que le espetó una pregunta preparada sobre la inflación y la emisión monetaria que lo dejaba mal parado y a la cual prefirió no responder. Desde la grieta se aplaudió como un triunfo ¡feminista! hasta por algunos que peinan rulos machistas.

Hace poco, lo puso arriba de las homes, la candidata a VP, cuando en una presentación de su libro azul, lo “capitalizó” de una (en el sentido de darle una pátina de capitalismo) y Kicilove, como le dicen sus más-quisieran-groupies de la militancia, tuvo que reír histéricamente y aplaudir, tal vez con alivio o tal vez confundido por la habilitación doctrinaria liberal a salir de un closet en el que ni el exministro ni nosotros sabemos si estuvo o no. Si está o no.

Durante los años cristinistas, como parte del segundo cordón de influencers de la Cámpora, que jamás integró formalmente, siempre se lo percibió adentro. Hoy, en campaña, declara que la Cámpora piantavotos no va a gobernar. Mientras el antikaísmo le busca la espalda para ver si esconde la mano con los dedos cruzados.

Según las encuestas mide mejor que todos. Carilindo y mal vestido enfrente tendrá a María Eugenia Vidal, sensual y mal vestida también, el as de espadas del macrismo. Será un duelo crucial.

No le tiene miedo a la derrota: cuando fue candidato a rector de la UBA en 2002 sobrepasó el bochorno de sacar un solo voto: el propio.

 

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