sábado 15 de junio de 2024
spot_img

Facundo de Zuviría, frente a frente con Buenos Aires

Las ciudades son, desde hace un tiempo, objeto de reflexiones cruzadas entre urbanistas, científicos sociales, artistas y críticos de todas las especialidades. No hay exageración en decir que el pensamiento sobre las ciudades es hoy más rico e intenso que el que se destina a los países, y que el aparente borramiento de fronteras que se justifica en la mundialización y en la tecnología hace más interesante mirar una ciudad que un país y vuelve más nítida a Buenos Aires que a la Argentina y más inquietante a Berlín que a Alemania.

Las ciudades son el invento más perfecto de la humanidad. Es el lugar donde la enfermedad se vence todo lo que es posible y la cultura se amplía hasta donde se hace tolerable. Al mismo tiempo, una ciudad es lo artificial y lo más natural del mundo.

De todas las ciudades posibles, Buenos Aires es el objeto estético donde se posa la mirada artística de Facundo de Zuviría en la muestra Indicios de la vida urbana, que puede verse en el sexto piso del CCK.

Las casi 200 fotografías de De Zuviría fueron tomadas entre 1982 y 2019 y están organizadas por el curador Alexis Fabry de un modo particular. Aun cuando algunas de las tomas son bastante pequeñas, la forma en las que eligió montarlas define una grafía muy nítida y ayuda al espectador metiéndolo en clima desde el principio. Hay una suerte de linealidad en el montaje, que hace aparecer cada fotografía como una palabra y a la integralidad de la muestra como un texto amable y legible. La exposición está dividida en tres y cuenta, además, con un apéndice documental muy interesante. Con todo lo difícil que puede ser deslindar politicidad en un trabajo de imágenes sobre lo urbano, el espectador puede hacerlo sin demasiada dificultad. La serie de estampas, que se reunieron en el primer libro de De Zuviría, publicado en 1996, está elaborada sobre un registro más neutro políticamente, con un fuerte interés en mostrar las caligrafías propias de una ciudad que ya no existe y que probablemente no existía cuando las fotografías fueron tomadas. La cartelería, las puertas vaivén de los viejos cafés con letreros en vertical, el lenguaje propio de los barrios y los comercios más íntimos que minoristas, especies de anti amazon locales resistiendo el paso del tiempo hasta donde sea posible. En las fotografías en color de esta serie se observa la misma elaboración plástica que en las blanco y negro pero las consecuencia son distintas. En las estampas coloridas, el efecto de collage queda más expuesto y se expresa con mayor nitidez, jugando en distintos planos y con las imágenes en diferente definición. El resultado es una obra más pop, de cierta reminiscencia warholinana, con una fuerte imposición de colores y entremezclando ficción y realidad de un modo sugerente. “Hotel La Argentina”, de 1986, es una foto emblemática de esta subserie. En ella el logo del hotel se impone tanto por su condición plástica como por la iconográfica.

Las estampas de De Zuviría parecen confirmar lo que dice Catherine Millet acerca del arte contemporáneo, asegurando que este se vuelve tal una vez que nos empieza a hablar de nuestra vida cotidiana. Hay un dato técnico que viene bien tener a mano. De Zuviría toma las fotografías a un solo golpe de cámara, lo que refuerza su espíritu genuino y al mismo tiempo demuestra una capacidad de mirada, una mensurabilidad del tiempo de encuadre y una sensibilidad sobre el instante que no deja de asombrar. La prueba más acabada es “Estación Callao”, de 1985, donde el oportunismo del artista y el azar dibujan una escena inclasificable, entre aterradora y mágica, en la que los dos protagonistas, mirando al foco, parecen desenfundar un arma para terminar con la situación.

La dimensión más política de la muestra tiene dos capítulos. Uno, el más conocido y que le valió al artista el reconocimiento nacional e internacional, es la serie titulada Siesta argentina. La peor de las crisis argentinas le devuelve a la mirada del artista un paisaje bello y desolador. Lo que estuvo abierto cerró y lo que estaba vivo ya no lo está. La cámara de De Zuviría captó la profundidad de ese momento con una sofisticación visual genuina e imperecedera. Las persianas bajas, o semi bajas, los grafitis angustiosos mezclando la melancolía con una dosis de rock y otra de fútbol. Es difícil pensar en esta serie solo como un registro fotográfico. Si bien es cierto que la resolución visual es magnífica, que el manejo del blanco y negro le agrega una curiosa verosmilitud y que el enfoque es impecable, lo que hace de esta serie un documento importante es también lo que no se ve. Detrás de estas imágenes, finalmente un síntoma, están las personas y su experiencia de vida. La política sin sujeto es un artificio ilustrado e inartístico y De Zuviría lo muestra sin negarse a la belleza.

El punto seguido del discurso político de la muestra se encuentra contenido en la serie Frontalismo, sin dudas la más rica de la exposición. Con un tratamiento riguroso en lo compositivo, De Zuviría recorta la realidad al mismo tiempo que la expande. En este curioso acto logra insertar en la historia la anatomía de un instante de un modo imperceptible, literario y profundamente pictórico. No es extraño que el propio artista abra el texto de su último libro con una cita de Mark Rothko. Sus frontalismos tienen, la misma capacidad que las pinturas del creador letón de ¨develar la verdad y destruir la ilusión¨. El primer golpe de vista se dispara automáticamente hacia la obra de Rothko y solo sus elementos figurativos logran sustraer al espectador de la sensación de estar frente a una obra abstracta. Dentro de esta fabulosa serie, las tomas de casas y negocios enrejadas y fortificadas se convierten en un ensayo visual de la incapacidad argentina de solucionar problemas. La clase media, la que logró salir de las durezas que se reflejaban en la Siesta, tiene ahora que encerrarse y guarecerse de la inseguridad detrás de unas improbables cercas que separan y aíslan.

Le debemos el placer de poder mirar estas series de fotografías al hábito del artista. De Zuviría cultiva una vieja práctica cargada de mística. Se mueve por la ciudad como un flaneur, como Walter Benjamin o Antonio Muñoz Molina, viendo personas, ventanas, rejas o fachadas. La mezcla de libertad y conocimiento que es propia del paseante en esas condiciones tan francesas se pone entre el ojo y la lente de la pequeña cámara Lumix que siempre lleva en el bolso para que seamos parte, al ver la exposición, de un universo visual inadvertidamente distinto, sofisticado y vital.

Publicado en Revista Ñ el 3 de junio de 2019.

Link https://www.clarin.com/revista-enie/arte/facundo-zuviria-frente-frente-buenos-aires_0_Se71ProVI.html?fbclid=IwAR1q_oLk0_m2iiANFBM7nSS9ii5XLAY3zIGmXVwkNu8T_TlWU3Ur_Fl5W3o

spot_img

Veinte Manzanas

spot_img

Al Toque

Karina Banfi

Mujeres a la Corte

Alejandro Einstoss

Lo que falta es gestión, no la Ley Bases

Alejandro Garvie

El Parlamento Europeo como amortiguador de las tensiones