jueves 29 de febrero de 2024
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El Gran Secreto que vio Kirchner está en manos de Macri

Los criollos llevamos una década larga de ventaja a la marea de reprobación que desorienta a Estados Unidos y España, a Alemania e Italia, a Gran Bretaña y a Francia. El estallido del sistema de partidos que desvela a periodistas, académicos y políticos, la Argentina lo vive hace dieciséis años, cuando la convertibilidad dejó de existir.

            Néstor Kirchner fue quien mejor lo palpó. Las convicciones que dominaron el siglo XX, las fidelidades, lo que antes había latido, todo se desvanecía en el aire. Lo había escrito Karl Marx. Un siglo más tarde lo rescató Marshall Berman: advertía que el rasgo central de la modernidad era la dilución infinita de las creencias científicas, ideológicas, políticas.

Bajo ese rasgo de época llegó el big bang argentino: el terremoto de 2001-2002.

Néstor lo vio. Clarito. Con nulo interés teórico pero certera percepción práctica, descubrió que todo lo sólido se disolvía. Las certezas desmoronadas, los valores desteñidos.

Advirtió que tenía margen: la gente vivía con el corazón estrujado por la necesidad, la duda y la ausencia de futuro. Había expectativa, anhelo de creer, apertura al cambio.

Exhausto, el movimiento popular había perdido fuerza. Nadie quiere hacer olas cuando el agua le acaricia los labios. El ajuste, feroz, ya se había hecho.  

Llegar al gobierno cuando todo –las convicciones y las condiciones de vida, el salario y el poder de compra, las representaciones y las viejas banderas– estaba en juicio. Estrechez en las capas medias, pobreza abajo, entre los desheredados. Decepción sobre las banderas y sus representantes, las organizaciones políticas.

El sueño de todo líder. Néstor gozó del raro privilegio de elegir qué construir. Una oportunidad así es externa a los actores, aparece una vez por centuria. Podría haberlo cambiado todo. Una nueva legitimidad. Un armado con lugares propios y lugares para el Otro.

Su voracidad lo llevó por otro camino: terminar de romper lo que se había agrietado. A martillazos, continuó la demolición de las fortalezas peronistas, los torreones radicales.

            El Gran Secreto de Néstor fue advertir donde estaba, detectar la debilidad de los que parecían invencibles, como el duhalidismo en el conurbano.

            Juntar todo lo juntable (e incluso lo injuntable) y romper lo que quedaba fuera. Su éxito político a costa del fracaso para el futuro. Discurso heterodoxo con populismo ortodoxo.

La ventaja de Macri

            Macri es otro beneficiario del tornado de 2001-2002. Su partido nuevo necesitó apenas un rato para hacerse competitivo y conquistar el poder. También él descree de los discursos y las reuniones, el debate y los afiliados.

            Intuye, sin embargo, que algunas cosas de la que llama vieja política le son útiles. No sólo su alianza con la UCR, sino el timbreo –aunque más mediático que ideológico y más testimonial que militante– parece un reconocimiento a la política cara a cara.

            Mauricio tiene menos herramientas, menos diputados, menos provincias y menos poder que el kirchnerismo. En esa desventaja anida una oportunidad.

            Macri cavila. Su gran ventaja: el menosprecio que sus rivales –y más aún, sus enemigos– conservan hacia el hombre que los derrotó.

            Profesionales de la política, militantes con medio siglo de luchas, expertos en campañas electorales, eligen desdeñarlo. El mejor camino hacia una nueva derrota. Los peronistas no vieron venir a Alfonsín. Los radicales ridiculizaban a Menem. Los menemistas a Kirchner. El reino del prejuicio.

            El presidente debe elegir si construye una fuerza política con nervio y con relato, con ideas y espíritu, además de técnicos y ejecutivos que obedezcan al CEO y cumplan sus órdenes.

            Debe decidir entre el pequeño menú de opciones: la reconstrucción de la legalidad en la Argentina, la búsqueda de una sociedad de bienestar, la inclusión en las coordenadas que avanzan. O la revancha de los patrones, la mezquindad de la letra chica.

            Su guía nunca será Cristina. Tiene que elegir entre lo conocido. Todos los proyectos están inconclusos: el de Alfonsín, el de Menem, el de Duhalde y el de De la Rúa. Incluso el del primer Néstor.

             El Gran Secreto, a fin de cuentas, es elegir qué país quiere uno dejar cuando llegue el doloroso, lejano e inevitable tiempo del adiós.

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