jueves 30 de mayo de 2024
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Brian y Brian

Desde el Tambor de Tacuarí, hasta los niños guerrilleros de los países de independencia tardía, han pasado décadas y se ha acumulado mucha legislación internacional, desde la Convención de Ginebra hasta el Tratado de Derechos del Niño. Sin embargo, el uso de menores para la guerra y el crimen no ha cesado.

Brian Aguinaco tenía catorce años cuando el disparo que le efectuó –supuestamente– un homónimo un año mayor que él, segó su vida, no sin antes agonizar uno días en el hospital. El asesinado tuvo la mala fortuna de pasar por el lugar en el que el asesino estaba cometiendo un robo a mano armada a una “china de m…” –según relató la víctima de origen oriental–.

Dos mundos encontraron en su singladura un punto tangencial fatal. El mundo de la víctima era el de la contención familiar, el trabajo, los deportes y el rechazo a la nocturnidad. El del matador, el submundo marginal, el de una cultura radicalmente opuesta y antagónica.

Cuantas desgracias individuales y sociales confluyen en este drama que seguramente se repite en muchos lugares y que se seguirá repitiendo porque los problemas concurrentes son estructurales y multi causales. Pero lo que más impacta en esta compleja trama es el protagonismo de los niños, tanto en este caso en el que el niño-asesino sería parte de una familia dedicada al crimen organizado, como en aquellos en los que los niños y adolescentes son reclutados para la guerra, tal como sucede en África, Medio Oriente  –como lo atestiguan los videos del ISIS que muestran a niños verdugos–, o de la cercana Colombia en la que diez mil niños y adolescentes han participado de la guerra, tanto en el bando del ELN como de los paramilitares.

En ambos casos se trata de niños que son llevados por adultos a cometer hechos que están escindidos de lo que suponemos una niñez formativa de una persona de bien.

En la ficción, la serie Breaking Bad muestra, en un capítulo, a un niño sicario. La escena resume lo que un niño es capaz de hacer y concitar: pasa desapercibido para su víctima, obedece con docilidad a su mandadero y no muestra señales de arrepentimiento, se toma el hecho como un juego más de Playstation.

La Comisión de Seguridad Pública de la Cámara de Diputados de México, concluyó que habrían treinta mil menores de edad dedicados al tráfico de drogas, secuestros, extorsiones, contrabando, piratería y asesinatos, hechos por lo que los niños cobrarían entre mil y tres mil dólares. Alrededor de cinco mil menores de edad se encuentran presos en México, de los cuales más de un quinto han cometido delitos graves como sicarios del crimen organizado, según revela un informe de la Comisión de Puntos Constitucionales de la Cámara de Diputados.

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) presentó en 2016 el trabajo “Violencia, niñez y crimen organizado”, que identifica los principales factores que inciden en que en nuestra región presente los mayores índices de violencia en el mundo y se centra, fundamentalmente, en analizar el modo en cómo las niñas, niños y adolescentes se ven afectados por diversas formas de violencia en sus comunidades, en particular por actos procedente de personas vinculadas a grupos delictivos aunque también por acciones de agentes del Estado.

Más de un millón de niños han muerto en los últimos diez años como resultado de guerras, tanto por ser objetivos civiles o muertos en combate como niños soldados. El número de niños heridos o discapacitados es tres veces mayor. Otro número mayor ha enfrentado a la angustia de la pérdida de sus hogares, sus padres, pertenencias y han sido objeto de abuso sexual. De modo que todas las condiciones necesarias para su desarrollo son seriamente deterioradas y los daños físicos y mentales son incalculables.

Niños-soldado y niños criminales sólo pueden seguir existiendo en donde el Estado de Derecho no funcione, en donde el Estado permanezca ausente y donde la sociedad civil sea débil.

 

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