domingo 3 de marzo de 2024
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Protestas en Francia

Las Yellow Jackets (chaleco amarillo) son las famosas avispas carnívoras africanas. No creemos que los franceses se hayan inspirado en esos insectos crispados y agresivos para bautizar su movimiento anti política. Formalmente, lucir un chaleco tiene la intención de ganar visibilidad o decir: “aquí hay alguien en emergencia”. Pero, ¿Quiénes son esos “alguienes”? Se los puede caracterizar como hombres y mujeres de entre 20 y 50 años, desempleados, jubilados de bajos ingresos, trabajadores de cuello azul y blanco y pequeños empresarios acosados por los impuestos y los altos precios. Los enfureció, además, tal vez como a las avispas, el aumento del combustible anunciado por el presidente Emmanuel Macron para enero de 2019, la supresión del impuesto sobre la fortuna para los bienes inmuebles y una ira generalizada contra el nuevo límite de velocidad de 80 kilómetros por hora, decidida en julio pasado para autopistas de dos carriles.

Las encuestas dicen de los Chalecos Amarillos, según John Lichfield ex editor extranjero de The Independent, que cuatro de cada diez votaron a la extrema derecha en las elecciones presidenciales del año pasado; dos de cada diez votaron a la izquierda. Y el resto no acude a las urnas salvo para impugnar sus boletas.

Así presentados, los Chalecos Amarillos han marchado sobre París y otras ciudades –sobre todo del norte– ejerciendo una protesta violenta que obligó al presidente Macron a revertir la suba de combustibles, aumentar un 6 por ciento el salario mínimo, revertir un impuesto sobre las jubilaciones, desgravar las horas extras y otorgar un bono navideño de 1000 euros para los trabajadores menos favorecidos.

Su movimiento sin líderes, ni organización, similar al de la Primavera árabe, se armó por las redes sociales y se montó en el descontento de sectores que hace años se sienten abandonados por “la política”, a pesar de que gozan de un nivel de vida harto superior a los mismos sectores postergados de la América profunda que votaron por Donald Trump y que nunca gozaron de las mieles del Estado de Bienestar.

El foco ígneo se encendió por las redes sociales en octubre y en poco tiempo aglutinó las voluntades de cientos de miles de descontentos de pequeños pueblos rurales y de los suburbios de las áreas metropolitanas. No debería descartarse la posibilidad de que usinas de trolls rusos y de la extrema derecha europea hayan atizado ese foco inicial para transformarlo en incendio de proporciones. Por Facebook, centenares de “avispas” coordinaron la primera acción de bloqueo, el 17 de noviembre –en la que se manifestaron 285.000 personas en todo el país–, y las siguientes –el 1 de diciembre, 137.000, y el 8 de diciembre 126.000– convirtiendo esta red social en el Ágora en el que el vídeo en directo permite dar voz a cada chaleco amarillo y alcanzar audiencias masivas, o por lo menos retroalimentar, por obra de los algoritmos de la plataforma, la pertenencia a un grupo.

Las medidas de Macron han aplacado a una buena parte de los descontentos, que tampoco quieren ganarse el odio de la población o afectar la economía francesa de la cual dependen, aunque un núcleo del movimiento se declare anti sistémico y hasta proponga la eliminación de la deliberación política representativa tradicional por el referendo electrónico como forma de democracia digital.

La escasa convocatoria de este fin de semana pasado –los Chalecos Amarillos sólo manifiestan el sábado para no interrumpir sus labores– parece haber dado la razón a Macron en su interpretación de la naturaleza de este movimiento de protesta y en sus medidas anunciadas por televisión con una audiencia de 23 millones de franceses, superior a la del Mundial de Rusia.

Los Chalecos Amarillos obligaron a Macron a rectificar sus medidas y considerar sus demandas, lo cual es importante. Lo mismo hizo cuando echó Alexandre Benalla, responsable de la seguridad presidencial, cuando fue filmado agrediendo a manifestantes durante las protestas del 1 de mayo pasado.

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