jueves 13 de junio de 2024
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El balance 2016 dice: ¡Es la Política, estúpido!

Nada salió como se esperaba. Durante el primer año de la presidencia Macri, las peores acechanzas se diluyeron y los optimismos más obvios también.

Ni el macrismo logró lo que imaginaba, ni la oposición cerril consiguió lo que soñaba. Los que pensaban en un gobierno sostenido por los empresarios y jaqueado por los sindicatos terminan viendo otra foto. La burguesía retacea su apoyo –con la excepción de la ruralidad, comunicaciones, obra pública y algún otro sector puntual–. Los sindicalistas no resultaron feroces destituyentes sino interlocutores comprensivos. Hasta los movimientos sociales propusieron un modus vivendi pacífico. Todo a su costo, naturalmente.

                No fue la economía, estúpido. Cambiemos ganó por la asfixia y el temor a un tirabuzón definitivo. Desde que asumió, la grieta se va disolviendo. Su sola instalación oxigenó todo, tranquilizó el ambiente. Desde hace un año se respira otro talante, se huele convivencia. Un éxito.

                Por algún extraño motivo, la administración entrante no utilizó ese logro innegable. Podía haber ensalzado la restauración republicana, que repercutió en la vida cotidiana de muchos. Los amigos y familias enfrentados van recuperando el diálogo. Los sectarios van quedando aislados. El discurso de la confrontación se diluye junto con el golpismo del sector K más fanatizado.

Como el gobierno se piensa en veta económica, desdeñó resaltar sus incuestionables logros institucionales, políticos, de sobriedad cívica.

Tras la incruenta salida del cepo, eligió apostar sus fichas al crecimiento de la producción. Error. Los brotes se fueron secando y la inflación empezó a ser quebrada tardíamente, al costo de una dura recesión. La economía de 2016 exhibe un retroceso controlado.

Desde la distribución del ingreso, el año ha sido muy malo. El alza de los bienes salarios y de las tarifas esenciales castigan duro. La pérdida de puestos de trabajo en el sector privado de la economía golpeó sobre todo a la actividad en negro, donde los despidos son más rápidos y los asalariados encuentran menos defensas.

No sobró nada

¿Por qué ganó Macri? Su campaña tuvo aciertos y errores. La victoria agiganta los unos y disuelve los otros. Para seguir ganando, debe comprender ambos y actuar en consecuencia.

                Primera lección. No sobró nada. Sin los radicales, hubiera perdido. Sin Lilita, hubiera perdido. Sin Córdoba, hubiera perdido. Siguen las firmas.

                En su reciente ensayo Macri confidencial, el periodista Ignacio Zuleta destaca “el triunfo de la estrategia de construcción del Partido del Ballotage, no de la publicidad, las redes ni los globitos”. Y concluye que la matriz de la victoria se asienta sobre dos institutos inventados por Alfonsín en el Pacto de Olivos: la segunda vuelta electoral y la elección directa de jefe de gobierno de la ciudad. Finalmente, los dos presidentes no peronistas posteriores a la reforma constitucional de 1994 utilizaron las inimitables luces de la Capital –ni De la Rúa ni Macri brillaban por su carisma– para sostener el armado de una coalición capaz de doblegar al peronismo oficial.

De Trump a Durán Barba

                “Macri tiene dos problemas. Uno es Trump, el otro es Durán Barba”, marcaba un empresario la semana pasada a varios de sus cofrades.

El efecto Trump aún está por desplegarse. Hasta ahora, los mercados norteamericanos han decidido suponer que los desatinos prometidos y las barrabasadas de campaña han sido sólo triquiñuelas para conseguir el voto de los humillados, ofendidos y enojados. Los argentinos que votaron a Menem en 1989 pueden dar fe que eso es posible. Es lo que desde esta columna marcamos hace un mes, recordando el periplo de académicos vinculados a los partidos Republicano y Demócrata que intentaban calmar a los preocupadísimos círculos rojos sudamericanos. Repetían que Trump, en realidad, sería domesticado por los fuertes contrapesos institucionales, corporativos, mediáticos y políticos de los Estados Unidos.

Pero la verdad es que, desde que ganó Trump, ningún país emergente pudo colocar bonos a tasas de interés razonables. Segundo apotegma: sus monedas se depreciaron. Algunos economistas imaginan que Trump le costará a la Argentina un punto del PBI, cuanto menos. Otros tiemblan sobre un parate al blanqueo, tan prometedor hasta la derrota de Hillary Clinton.

                También hay optimistas incurables. Los fantasistas piensan que la designación de un secretario de Estado que acaba de visitar la Argentina garantiza un futuro promisorio. Comprensible en un esquema de poder donde los condiscípulos conforman el primer anillo de confianza. Pero ilusorio suponer que, por mucha simpatía que un secretario de Estado tenga por un presidente o un país eso podrá primar sobre lo que considere la conveniencia y los intereses de Washington. Rex Tillerson, para colmo, proviene de la poco romántica industria petrolera. Otra vez el amateurismo.

Nueva política y mala política

El gobierno debería advertir, en este marco, la importancia de elaborar un discurso. O, dicho de otro modo, el compromiso, la obligación de toda fuerza política de no limitarse a construir una máquina capaz de ganar, sino la carga pública que supone hacer docencia. Esto choca con la teoría según la cual los ciudadanos son seres autónomos que no escuchan a nadie y resultan los verdaderos conductores de la sociedad. La tarea del político sería, apenas, descubrir qué cuestiones y valores mueven a las masas (los reverenciados focus group son esenciales para detectar las sensaciones personales que permitan auscultar motivaciones sociales). Que esa técnica resulte necesaria, incluso imprescindible, no supone que suplante a la política.

Abjurar de la política no produce una nueva política sino una política de baja calidad. Que puede prosperar en la oposición o en los momentos de auge, pero resulta claramente insuficiente para enfrentar con éxito las crisis. Al fin y al cabo, la falta de confiabilidad de algunos candidatos se basa más en la percepción que carecen de ideas fuerza que en los errores cometidos. Un líder sin convicción suele terminar ahogado por su propia oquedad.

                Fidel Castro deja, por encima de todo, una demostración para quienes imaginan, ufanos en su ignorancia, que los pueblos sólo quieren unos pesitos más. Si fuera así, los cubanos habrían terminado con Fidel hace mucho. La dureza represiva jamás alcanza. Ningún régimen late sin que gran parte de la población lo apruebe o al menos lo consienta. Los argentinos somos expertos en expulsar tiranías y en mostrar que el poder militar puede servir para llegar, pero no alcanza para perpetuarse. ¿En qué economía se basa el mito del Che Guevara? ¿O el de Sarmiento, que dejó el tesoro exhausto y endeudado como nunca?

                Nadie da la vida por el producto bruto interno, por la tasa de interés o el déficit fiscal. Los gobiernos buscan justificaciones más profundas, motivadoras, contagiosas. Alfonsín convocó a construir una democracia invencible y desterrar para siempre los golpes militares, Carlos Menem a posicionarse en el mundo pos guerra fría. Duhalde, a evitar la disolución, Kirchner a reconstruir la autoridad presidencial, CFK a liderar un polo continental anti-norteamericano.

Revés en el Parlamento

                De repente, los diputados votaron un nuevo régimen de Ganancias. Que un gobierno logre una media sanción en contra en sesiones extraordinarias exhibe un tratamiento –otra vez– poco profesional. En diciembre, los parlamentarios sólo pueden tratar los proyectos del PEN. Enviar un texto para ser vapuleado carece, creo, de antecedentes.

                Para colmo, quienes le propinaron la paliza viven al descampado. Las provincias peronistas –con excepción de Córdoba, que de todos modos late fuera del PJ– son deficitarias. Sin los fondos federales, colapsarían. Néstor Kirchner, que conocía esa debilidad estructural, la aprovechó como nadie para garantizar fidelidad perruna.

                Urquiza afrontaba un dilema después de Caseros. ¿Debía expulsar a los gobernadores que habían actuado como obedientes vasallos de Juan Manuel de Rosas? Eligió reconvertirlos. Casi todos los gobernadores mutaron de rosistas entusiastas a urquicistas de la primera hora. La condición fue la subordinación al nuevo caudillo.

                Macri está en la encrucijada y comparte las dudas de Urquiza. El peronismo no respeta a quien se prosterna. Quien lo enfrenta recibe amenazas, críticas y bravuconadas. Si sostiene su actitud, entonces el peronismo comienza a respetarlo.

El dilema de hoy

                La reforma al impuesto a las Ganancias es una típica maniobra populista. Insostenible en el momento actual, obliga al gobierno a optar entre dos males. Quedar mal con los sectores populares que se beneficiarían con tal rebaja o aceptar una sangría que dispare las cuentas públicas.

                Un sector del gobierno va delineando otra opción. Aceptar la ley y transferir el costo a las provincias, suspender la mayor parte de las transferencias en otros rubros y provocar un desfinanciamiento. Era la amenaza de Kirchner para cooptar gobernadores.

                Además, tiene otra arma, limitada a las provincias petroleras. Los radicales le demostraron, pocos meses atrás, la injusticia de sostener un precio para el petróleo más alto que el internacional. Habían logrado, incluso, convencer al propio ministro Aranguren de avanzar en la rebaja del precio del petróleo durante 2017. A la justicia del acto se le agregaría, hoy, la convicción de la sanción para las provincias que participen en el intento de desfinanciamiento del Estado federal.

                La estructura pejotista tiene claro como ninguna que el propósito central de la política es el poder. Para lograrlo, utiliza el medio más eficaz: sea alabar o copiar a Ronald Reagan, a Benito Mussolini o a Franklin Roosevelt. Mao o De Gaulle. Como dice el tango, Cabrera y San Martín.

                Para lograrlo, es vital debilitar las cuentas de un gobierno ajeno.

                El riesgo del gobierno es confundir amigos con rivales. Al fin y al cabo, como decía Carlos I de España “mi primo de Francia y yo no tenemos diferencias. Los dos queremos lo mismo. Los dos queremos Milán”. El choque devenía inevitable.

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