domingo 26 de mayo de 2024
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Amnesia nacional y popular

A partir de 1810 -fundamentalmente por la ruptura del comercio con Lima y el constante estado bélico- las economías regionales en nuestro actual territorio fueron abatidas. Hasta entonces, por ejemplo, el Norte proveía de muchos productos al Perú, esto generó una riqueza aún visible en la arquitectura de la época. El colapso con España y los años subsiguientes de guerra tiraron por tierra esta organización. No fue el único caso y el ingreso sin regulación de productos británicos terminó de rematar la situación. Desde el punto de vista económico, el gran triunfador de la Revolución de Mayo fue la economía inglesa. Mientras los habitantes de Buenos Aires presumían por haberlos expulsado tres años antes, los ingleses vengaron la humillación de manera inteligente, logrando el objetivo que los trajo a estas latitudes entonces: introducir sus mercaderías. 

Mariquita Sánchez de Thompson fue testigo de este cambio y lo plasmó en 1854 en carta a una familiar: “Yo he conocido a estas provincias, ricas, más industriosas que Buenos Aires. La Independencia ha sido para ellas una ruina”.  

En todo el país la guerra trajo además confiscaciones y falta de mano de obra, pues muchos hombres dejaron de trabajar para unirse a las montoneras o a los ejércitos.

Las telas extranjeras sobraban, eran menos costosas, de mayor calidad y diversidad. Aplastaron, como era esperable, cualquier atisbo de industria nacional, que aún seguía desarrollándose a mano. Los europeos eran productos de fábrica, fruto de la Primera Revolución Industrial. Sobre la industria del interior, escribe el historiador José Luis Romero, “ninguna de las producciones habituales de esas regiones, ya fueran agrícolas o artesanales, tenía en el exterior una demanda que pudiera compensar el gran aumento del consumo de productos importados. La moneda empezó a migrar -lentamente al principio, y a ritmo galopante enseguida- hacia Buenos Aires primero y a Liverpool o Londres después. Detrás de ella, todo otro objeto de plata, de los que abundaban en el interior, fue tomando el mismo camino”.

Con la falta de metálico llegaron las falsificaciones. En Tucumán existió una moneda con abundante cobre, esto le daba aspecto rojizo, por lo cual se las bautizó “federales”. El caudillo Felipe Ibarra -como veremos en otro capítulo- incursionó en varios delitos, incluido este, fundiendo los vasos consagrados de las iglesias.

Está década termina con una explosión política y económica en el año 1820, que deja a Buenos Aires en una de sus mayores crisis. Debido a esto, durante mucho tiempo a nadie le interesó hacerse con el poder porque no era económicamente atractivo. Mientras que en “los diez años anteriores, el Estado se había convertido en un botín que disputaban un enjambre de doctores, militares o clérigos, cuya única posibilidad era subsistir a su costa” señala Romero. 

En este contexto la figura de Bernardino Rivadavia reaparece, ya había participado en el gobierno, llevado a cabo algunas acciones poco inteligentes. Pero eso era parte del pasado. Tomás de Iriarte -militar de la época cuyas memorias nutren gran parte de la primera mitad del siglo XIX- escribió: “Rivadavia acababa de llegar de Europa, donde había estado cerca de varios Gobiernos de aquel continente. Era un hombre muy indicado para el ministerio, no sólo por su saber y altas miras, sino porque su ausencia del país durante un tan largo período lo hacían extraño a todos los partidos, perfectamente imparcial; y esta sola circunstancia habría sido preciosa, inapreciable, en una época en que toda la república no podía encontrarse un hombre, uno solo, que pudiera con razón afirmar que no se había mezclado en las revueltas civiles con una acción más o menos activa; todos sin excepción habían participado y contribuido al conflicto común”. 

Innegablemente, cuando todo está mal los argentinos apelamos a la amnesia selectiva. Siempre.

Publicado en Los Andes el 18 de agosto de 2018.

Link https://losandes.com.ar/article/view?slug=amnesia-nacional-y-popular-por-luciana-sabina

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