martes 20 de febrero de 2024
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Daniel Ortega: Arde todo Managua

Daniel Ortega ordena asesinar a los estudiantes. Y los sicarios los matan. Ya no bastan las alusiones al imperio contra el que luchó Sandino para contentar a los Nicas. Las calles de Managua están ensangrentadas por los parapoliciales de Ortega, y al fin al cabo, una continuación con otra retórica de Anastasio “Tacho” Somoza, y de Anastasio “Tachito” Somoza, el padre y el hijo dictadores y hacedores de aquella Nicaragua diezmada por el miedo y por la corrupción. Después del largo somozismo, Ortega pareció guiarlos hacia la tierra prometida de la liberación y la revolución. Pero termina matando, robando, encarcelando y mintiendo. Y hoy todo es sangre. Ninguna poesía ornamenta ya al sandinismo que agoniza en sus ficciones.

La Revolución Sandinista enamoró al romanticismo revolucionario poscastrista; motivó a Julio Cortázar para escribir aquella mirada literaria, ¿ingenua?, Nicaragua tan violentamente dulce que más allá de los libros era violenta pero no dulce.

La poesía de Ernesto Cardenal sacramentaba a la Revolución aunando como tantas veces en América Latina a las sotanas con la poesía mientras “la Revolución” de rigor era más aspaviento que concreción.

Daniel Ortega nació en 1945 en la ciudad de Libertad. Sus padres estuvieron en la cárcel durante el primer régimen de Somoza, y Daniel fue encarcelado por su activismo cuando tenía 15 años.

“Por primera vez fui a una manifestación política con mi papá, en el 59. Íbamos los cuatro: él, Humberto, Camilo —nuestro padre lo llevaba de la mano— y yo”, cita.

En 1960, ingresó a la recién fundada Juventud Patriótica Nicaragüense (JPN). A partir de ese momento, Ortega era detenido con frecuencia y torturado, por ello sus padres decidieron enviarlo a Santa Tecla, El Salvador, a un colegio salesiano.

El ascenso de Ortega en las filas sandinistas fue rápido. A los 22 años, ya era el cabecilla de la resistencia urbana. Su hermano menor, Camilo, murió en 1978 durante la revolución nicaragüense. Junto a Humberto, otro de sus hermanos, fue que lucharon y tomaron Managua en 1979.

Su popularidad política se debe en gran parte a los siete años que pasó en las cárceles de Somoza, desde1967, cuando fue capturado y encarcelado por robar un banco. Durante su encarcelamiento, Ortega, aparte de sufrir torturas atroces se dedicó a componer poesía. Por ejemplo, una con un título que bien podría ser un verso de Fito Páez “Nunca vi a Managua en minifalda”.

Intercambió poemas con una de las poetisas más importantes del movimiento sandinista: Rosario Murillo. Murillo, una joven políglota ayudó a Ortega a permanecer en contacto con otros prisioneros y con el mundo exterior. Ella se convirtió más tarde en su mujer, en primera dama y en vicepresidente de Nicaragua, aunque para muchos no es exagerado concebirla como co-presidente.

En 1979 asume el poder como coordinador de la Junta de Reconstrucción Nacional de Nicaragua. Contaba con el apoyo de Jimmy Carter, presidente de Estados Unidos. En 1984 llama a elecciones y se convierte en presidente hasta 1990 cuando adelantó los comicios. La contendiente principal era Violeta Chamorro, dueña del Diario La Prensa de Managua, esa institución nica heredada de su padre Pedro Joaquín. Ganó Violeta (que conocía muy bien la Argentina), que era repudiada por la intelectualidad fuera de Nicaragua más obnubilada en sostener una utopía que no habría de cumplirse que por analizar la realidad. Violeta Chamorro triunfó simplemente porque el sandinismo no había resuelto ningún problema. Porque la violencia y la pobreza continuaban allí. Un día antes de entregar el poder a Chamorro compró siete propiedades.

Al día siguiente de la votación Chamorro fue a pedirle la renuncia al General, Humberto Ortega, jefe del ejército sandinista, hermano del ex presidente. Pero Humberto presionó con salir de los cuarteles y hacer una matanza y negoció que el ejército sandinista se convirtiera en las fuerzas armadas de una Nicaragua no sandinista. Humberto Ortega cumplío lo pactado. Poco a poco el ejército sandinista se profesionalizó y quedó atado a la vida democrática de la república.

Sergio Ramirez Mercado, vicepresidente de Daniel, un intelectual de la Revolución junto a Ernesto Cardenal y Tomás Borge, un hombretón de pocas palabras, pero de magníficas palabras en sus libros, Premio Cervantes muchos años después, el autor de Castigo Divino entre otras novelas perfectas, se alejó del sandinismo corrupto y corruptor. Nunca dejó Nicaragua y desde allí se enfrentó a sus viejos aliados. Ramírez es una prueba viviente, un testigo y un denunciador del sandinismo autoritario.

Luego de su salida del poder, Daniel Ortega permaneció en Cuba. En 1994 sufrió un infarto en la capital cubana, cuando asistía a una reunión política. Desde ese momento el presidente sandinista viaja cada año a La Habana, para someterse a chequeos médicos, y ciertamente a chequeos politicos de parte de su padrino Raúl Castro. No se sabe qué enfermedad padece y su costumbre de organizar su agenda política durante las noches se considera como una respuesta a condicionamientos de su enfermedad. En Unfinished Revolution, la biografía no autorizada de Kenneth Morris se señala que podría ser lupus eritematoso.

En 1996 y en 2001 Daniel Ortega fue candidato presidencial pero fue derrotado las dos veces.

Posee una fortuna que no se condice con sus declaraciones de probidad.

La principal melodía de su campaña en 2006 fue una versión propia en español de 'Give peace a chance', de John Lennon. Avanzó en la pugna electoral con la bendición de sus aliados latinoamericanos: el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, y el longevo pero irrepetiblemente muerto líder cubano Fidel Castro. Regresó al poder en 2007 y ahí se quedó a través de re-elecciones ilegales y fraudulentas.

Convive a diario con el síndrome del prisionero. En 1987 le dijo a la revista Playboy sobre su salida de la cárcel: “Me sentí tenso en libertad, claustrofóbico. La pasé muy mal. Si entraba a un cuarto, quería salir inmediatamente. Si iba en un carro, comenzaba a sentirme desesperado. La celda estaba siempre conmigo”.

Otras confesiones: Le gusta leer sobre historia y disfrutaba de espectáculos circenses. Sus comidas favoritas son los frijoles y la carne de cerdo. La única bebida alcohólica que consume es el vino tinto.Confesó que en 1967 participó junto con otros en el asesinato de Lacayo, un sargento que lo había torturado y le había hecho comer plumas de pollo y colillas de cigarro.

El hijo del narco Pablo Escobar relató que en 1984 su padre se escondió en Nicaragua bajo la protección de Ortega.

“En la presidencia, la Rosario es 50% y Daniel, 50%”, dijo el propio Ortega en una conferencia pública. Rosario Murillo, es “la Chayo”, vicepresidente de Nicaragua desde el cuarto mandato de su esposo en 2017. Es poeta y a pesar de los años y de los cargos no abandonó su look hippie extravagante con toque pop como gorras cap. Dicen que comenzó a escribir tras la muerte de su primer hijo en un terremoto en 1973. Sus intervenciones diarias pueden ir desde informes sobre el clima hasta llamados de atención a autoridades públicas. Se le permiten todo tipo de opiniones: quiso cambiar los colores de la bandera del Frente Sandinista de rojo y negro a colores pastel, porque eran más espirituales. Augusto Cesar Sandino, cabe presumir, no habría aprobado la transformación cromática propuesta

Rosario es capaz de cualquier cosa para defender a Ortega, a la fortuna de ambos y  al poder que le significa a ella. Zoilamérica Narváez es una de las hija mayores de Rosario y acusó a su padrastro, Daniel Ortega, de haberla abusado y violado durante 20 años desde que ella tenía 11. El caso se judicializó pero la jueza a cargo lo desestimó porque el delito estaba prescrito y Ortega gozaba de inmunidad como expresidente.

Rosario Murillo declaró: “Les digo con toda franqueza, me ha avergonzado terriblemente que a una persona con un currículo intachable se le pretendiera destruir; y que fuese mi propia hija la que por esa obsesión y ese enamoramiento enfermizo con el poder quisiera destruirla cuando no vio satisfecha su ambición”. Dicen que Murillo todavía le está cobrando la factura a su marido. A cambio de real poder político entregó a su hija.

“Nadie ha perdido el tiempo en Nicaragua; para bien y para mal”, escribía Cortázar. Podría pensarse a la inversa: todos han perdido el tiempo en Nicaragua, para bien y para mal. De aquel revolucionario sandinista a Ortega le queda su bigote. El caparazón libertario ya no existe y el tirano corcovea su verdad de sangre y fuego.

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