jueves 13 de junio de 2024
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Los movimientos sociales se alejan para siempre del kirchnerismo

No hubo doscientos mil asistentes como imaginaron los organizadores, pero tampoco los treinta mil que devaluaron sus rivales. La marcha del viernes exhibe diferencias cualitativas con otras concentraciones y ofrece novedades imprevistas.

La convocatoria giraba en torno a la creación de un millón de puestos de trabajo solventados por el Estado. Una bandera que tiene tanta justificación humana como imposibilidad fiscal. Pero, como suele ocurrir, el tema invocado no era el objetivo verdadero.

¿Cuál es el plan? Emilio Pérsico lo dijo sin vueltas: “tenemos una aspiración a largo plazo: ser un sindicato conducido por la CGT nos llenaría de orgullo” (La Nación, sábado 19).

El propósito: armar un gran frente social con los trabajadores en blanco representados por los sindicatos y los movimientos sociales que intentan organizar a los millones de víctimas del peronismo neoliberal de los noventa y las crisis que se vienen sucediendo.

En un audaz volantazo, la CGT acaba de extender su mano a los excluidos del sistema. Un cambio formidable. Hasta ahora, el movimiento obrero organizado venía defendiendo solo a los incluidos, los trabajadores formales que cobran salarios de convenio (o mayores) y pagan cotizaciones previsionales y a su obra social.

Tal vez por eso los sindicatos no se esforzaron demasiado en movilizar. Eran los aspirantes los que debían mostrar su fuerza. Así fue. El grueso de la concurrencia pertenecía a los movimientos sociales. Hizo su aparición rimbombante una organización que solo se conocía de lejos. Muchos desfilaron encolumnados bajo las banderas de la muy papista Confederación de Trabajadores de la Economía Popular que orienta Juan Grabois. El Movimiento Evita y la Corriente Clasista Combativa ratificaron su propia militancia.

Marcharon aquellos que el kirchnerismo intentó comprar a cambio de su alma. Por eso sus actos eran tristes, desfilaban en silencio, con las cabezas gachas. El viernes fue distinto. Había más desafío, gente más levantisca. Más parecida a las movilizaciones obreras: los muchachos de Moyano están orgullosos de su empleo y su militancia. Los que creen que solo marchan porque los suben a colectivos debieran preguntarse cómo puede moverse quién vive en los arrabales, lejos del centro y olvidado del transporte público.

Quienes se burlan de las concentraciones –o las menosprecian– también debieran estudiar la historia. Desde hace más de doscientos años el control de la calle en Buenos Aires suele definir procesos políticos. No es lo mismo, claro, que el marchismo, esa desviación infantil convencida que las marchas alcanzan para torcer la realidad, sin política, herramientas y fuerza social para volcar las situaciones de crisis.

La oportunidad peronista

Los movimientos sociales han elegido lanzarse al proceloso y siempre cautivante mar donde confluyen el peronismo como fuerza dominante, y también los partidarios del Papa Francisco, donde descolla Grabois. Hacia allí nadan los muchachos de Pérsico, también los maoístas del PCR, que orienta la Corriente Clasista Combativa y otras organizaciones que buscan protagonismo más allá de su comarca.

Un espacio en construcción. ¿Hacia dónde? Centralmente, a institucionalizar a los pobres de los conurbanos dentro la vida política y social. Deben, además, cumplir con la lógica de toda organización. Una vez construida, su primera obligación es preservarse. El objetivo podrá venir antes o después, o nunca. Pero todo depende de la conservación y expansión de la herramienta.

El peronismo celebra esta iniciativa, la primera desde la derrota de hace un año. Como dice el periodista e intelectual peronista Pascual Albanese –hoy en el Frente Renovador de Massa–  “cuando el peronismo pierde, retrocede hacia lo conocido. Y lo conocido es el movimiento obrero, el Senado y los gobernadores. El poder verdadero que queda después de la derrota. Pasó en 1983 y está pasando ahora”.

Para fraguar la ruptura, muchos peronistas proponen una reconstrucción alrededor de la doctrina social de la Iglesia. Es decir, bajo la sombra protectora de Francisco.

Igual que el resto del peronismo, Albanese sueña con una reconstrucción basada en las fuentes del poder real –social, institucional y territorial– que sumen poder social como el que expresan los movimientos sociales. Más adelante, imaginan convocar a los empresarios amigos. Acaso el pronóstico fatalista que acaba de plantear Lavagna apunte en ese sentido.

El kirchnerismo perdió la calle

El discurso de cierre del acto fue de de Juan Carlos Schmidt, uno de los secretarios generales de CGT con mejor formación en el último medio siglo. Dijo “el pueblo trabajador no fuga capitales, no anda revoleando bolsos por los muros”. El golpe parece equitativo, pero Macri no recluta en esa plaza, y el kirchnerismo cree ser la vanguardia del movimiento obrero. La frase, por tanto, descalifica la presencia de quienes se creen con derecho a conducir la protesta. Expulsada del Olimpo proletario, no hay destino para una fuerza que presume de peronista.

Las propuestas destituyentes del kirchnerismo no han tenido eco y parece imposible que lo logren. Se desvanece el sueño del asalto al poder.

El kirchnerismo perdió la calle. La decisión de no marchar junto con los movimientos sociales y la CGT el viernes deteriora sus lazos con las bases del pobrerío suburbano.

El pronunciamiento de La Cámpora y los dichos de D’Elía exhiben la sectarización pero sobre todo la pérdida de sentido de realidad. No van a actos que no conduzcan. Cada vez más aislados, inician un camino que reivindica la autosatisfacción, a costa de alejarse más y más, irremediablemente, de la lucha por el poder.

El Frente de Izquierda y los Trabajadores –Partido Obrero, PTS e Izquierda Socialista– tampoco asistió a la marcha y prefirió concentrar en Atlanta el sábado. Un acto propio, de los puros.

Así, la izquierda trotskista y el kirchnerismo, cada uno por su lado, ratifican cierta ortodoxia –ideológica para el FIT, verticalista en el FPV– para una feligresía que ha perdido (o solo conserva frágilmente) contacto con los sectores populares que pretende evangelizar y conducir.

La amenaza

Al mismo tiempo, el trotskismo y el kirchnerismo amenazan al peronismo. En Mendoza el FIT logró arrancar voluntades de tradición justicialista, lo que facilitó la recuperación de la provincia por la Unión Cívica Radical. Eso, a nivel territorial. En el campo sindical, en las comisiones internas de las fábricas más concentradas, tanto el FIT como el MTS, la CCC y otras fuerzas de izquierda disputan la conducción a los sindicatos tradicionales. Esto viene alarmando desde hace tiempo a Hugo Moyano.

Acechado por la izquierda, el peronismo no sabe qué hacer con Cristina Fernández. Si ella va por fuera, se llevará votos peronistas. Si va por dentro, ahuyentará otros tantos. Sin ella se pierde, con ella también. Por eso, muchos peronistas sueñan que no se presente y se vaya diluyendo. Les ahorraría dos traumas: la construcción de una opción a futuro y el debate sobre un pasado que no quieren rescatar, pero tampoco revivir.

Natural: del último cuarto de siglo de gobiernos peronistas, diez y medio fueron con Menem y doce y medio con los K. Un recuerdo que podría hacer reflexionar a muchos votantes acerca de qué virtudes ha traído en la práctica el justicialismo a esta Argentina y a ellos mismos…

¿Se auto-marginará CFK? Improbable. Primero, porque está respaldada por una minoría importante de ciudadanos. Y algunas intendencias conurbanas siguen apostando a una reunificación peronista que la incluya. Una PASO gigante que convoque a la diáspora.

Es una unidad inaccesible. Si sigue CFK, no irá Massa. Y habrá que ver cómo reacciona la mayoría de los intendentes y jefes territoriales, a quienes CFK les huele a pasado y no a futuro.

Desafío para el gobierno

El acto del viernes es un acto legal pero también legítimo. Los movimientos sociales no marchan hacia la revolución marxista ni el asalto fascista al poder

Por otro lado, está claro que no se integrarán a un gobierno conducido por el Pro.

Cambiemos afronta un desafío. Coexistir y financiar organizaciones que no lo acompañarán en las elecciones, pero que son al mismo tiempo una barrera contra las intentonas destituyentes. Sobre todo cuando, hacia fin de año, siempre sobrevuela el temor a los saqueos.

Un presidente que no piensa reclutar organización como el peronismo ni cautivar votos como el radicalismo está negociando y aportando recursos a sectores opositores. Los desconfiados creen que está labrando su desdicha. Los optimistas, en cambio, ven un Estado simplemente normal. ¿Será?

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