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Opinión 06 12 2021

¿Y la educación? Barranca abajo


Autor: Guillermina Tiramonti









La última prueba educativa (ERCE) realizada por la Unesco en 16 países de la región, entre los cuales está el nuestro, compara los conocimientos de alumnos de 3º y 6º grado en Lengua, Matemáticas y Ciencias. Los resultados de la Argentina han sido los peores para su historia y también para la región. Estamos anteúltimos en el ranking de resultados. ¿Cómo llegamos a esta situación? Como en todos los fenómenos de este tipo, hay un conjunto de causas que convergen en la generación del deterioro de la calidad de la educación que les ofrecemos a las nuevas generaciones.

Antes de avanzar en el tratamiento del tema es necesario contextualizar el fenómeno educativo en una sociedad que está estancada y camina para atrás desde hace cincuenta años. Este hecho se traduce en un permanente crecimiento de la pobreza, y cuando esta se transforma en crónica se deterioran todas las dimensiones de la vida de esas poblaciones, y del conjunto de la sociedad, abarcando los recursos culturales y educativos. Para los grupos más desfavorecidos esto se traduce en una mayor distancia entre la cultura familiar y la de la escuela, lo que genera mayores dificultades en las trayectorias escolares de los niños y jóvenes.

En este contexto, sería lógico aplicar estrategias de enseñanza diferenciadas que atiendan los particulares modos de aprender de los chicos. Sin embargo, en nuestro país esto no es así. Existe una clasificación de las metodologías de enseñanza que diferencia aquellas que son “progres” de las que no lo son. La evidencia empírica no cuenta, solo importa la bendición de los “progres” y las alianzas políticas que estas encubren. Esto hace que cualquiera sea el origen sociocultural de los alumnos, la metodología a utilizar es la misma. Con Matemáticas pasa que hay una histórica querella entre diferentes corrientes de expertos que impide una definición de las prácticas de enseñanza más adecuadas.

A esta problemática debemos agregar que el sistema en general ha adoptado una filosofía pedagógica que ha desplazado la importancia de los aprendizajes por el valor del reconocimiento, la comprensión y contención de los alumnos, y yo diría también el entretenimiento en las escuelas. No son dimensiones excluyentes, lo propio de la escuela es la preocupación por los aprendizajes, pero estos no suponen sacrificios y pérdida del interés y del placer de aprender. Por el contrario, las nuevas pedagogías proponen una recuperación del placer de aprender y un abandono de la escuela del sacrificio.

En nuestro país hemos avanzado poco en la adopción de estas nuevas propuestas. En general hemos optado por mantener el modelo tradicional de escuela, pero en una versión light consistente en montar un escenario escolar y una escena de enseñanza-aprendizaje que no genera aprendizajes en los alumnos. No estamos atentos a qué se aprende, no existe un seguimiento sistemático de los conocimientos de los chicos, y mucho menos se construyen alternativas pedagógicas para atender las situaciones problemáticas. No lo hacen los docentes, no lo hacen los directivos y tampoco la cadena de supervisión.

Para que algo de esto pase, hablo del seguimiento y la invención de alternativas, es necesario por un lado generar un discurso educativo centrado en la valoración de la función esencial de la escuela, que es la de proporcionar a las nuevas generaciones los saberes de la cultura, y por otro construir condiciones de trabajo institucional que permitan el tratamiento de estos temas y la búsqueda conjunta de soluciones a las problemáticas de aprendizaje de los chicos.

Los docentes deberían ser nombrados por cargo que agrega al tiempo de clase frente a alumnos un tiempo para la actividad institucional dedicado al trabajo en equipo, a la capacitación en servicio, al tratamiento de los aprendizajes de los alumnos y a la búsqueda de alternativas. En la Argentina tenemos muchos docentes mal pagos, mal formados y con pésimas condiciones de trabajo.

Políticas de este tipo nos permitirían avanzar en la reconstrucción de la calidad del sistema. Claro que implica mayor gasto, pero seguramente lo podríamos hacer si saneáramos el presupuesto educativo de gastos que alimentan intereses ajenos al propósito de construir un sistema educativo de calidad.

Publicado en Perfil el 5 de diciembre de 2021.