Cómo su segundo mandato está transformando Estados Unidos y el mundo
Traducción Alejandro Garvie
Tanto los partidarios como los críticos del presidente estadounidense Donald Trump coinciden en que el primer año de su segundo mandato ha sido extraordinariamente disruptivo. Pero, a pesar de su importancia, esta disrupción no fue del todo inesperada. Incluso mientras se contaban los votos finales, se sabía lo suficiente sobre las intenciones de Trump como para hacer algunas predicciones relativamente seguras sobre la forma de su segundo mandato, como hice yo hace un año para Foreign Affairs. Muchas de estas predicciones ya se han manifestado. Por ejemplo, los asesores más importantes de Trump son, como prometió, personas elegidas en función de su lealtad personal y su capacidad para movilizar a su base. Con algunas excepciones notables, como el secretario de Estado Marco Rubio y el secretario del Tesoro Scott Bessent, que podrían haber encajado en el antiguo gabinete de Trump, el personal que ahora dirige el aparato político del segundo mandato de Trump son los “agentes del caos” que se esperaban después de las elecciones
Trump también se inclina aún más hacia el unilateralismo, algo previsible dado que asumió el cargo esta vez sin muchas de las limitaciones geopolíticas que tenía anteriormente. En 2017, por ejemplo, heredó dos guerras de coalición con participación de tropas estadounidenses (Afganistán y la campaña contra el ISIS), y su margen de maniobra con respecto a Irán estaba limitado por el enfoque diplomático de coalición plasmado en el Plan de Acción Integral Conjunto de 2015. De igual modo, las restricciones del sistema de comercio mundial, que la primera administración Trump ya había intentado reducir, se atenuaron aún más en los años posteriores gracias a los esfuerzos realizados tras la pandemia de COVID-19 para generar mayor resiliencia. En el plano económico, Trump cuenta con mucha más libertad de acción en 2025, lo que le permitió aplicar su enfoque maximalista en materia de aranceles.
También era previsible unas relaciones cívico-militares mucho más tensas esta vez. Trump pasó gran parte de su primer mandato rodeado de altos mandos militares retirados, pero durante los últimos seis meses, cuando sus consejos se distanciaron cada vez más de las preferencias de Trump y su base lo criticó por ceder ante sus preocupaciones, Trump concluyó que las fuerzas armadas formaban parte de ese “estado profundo” empeñado en obstaculizarlo. Trump y sus aliados dejaron claro que tenían la intención de hacer una limpieza a fondo a su regreso. Si bien su decisión de destituir sumariamente al menos a 15 altos oficiales —muchos de ellos mujeres o personas de color— sin fundamentación alguna, no resultó del todo sorprendente.
Aun así, a pesar de lo predecible de este acto inicial, varios acontecimientos han avanzado mucho más y más rápido de lo que la mayoría esperaba. De hecho, Trump ha logrado sorprender verdaderamente a los observadores en tres frentes: su despliegue militar dentro de las fronteras de EE. UU.; su giro hacia el hemisferio occidental como principal escenario de política exterior, relegando efectivamente a China a un segundo plano; y su capacidad para intimidar al Congreso hasta el punto de abdicar de sus poderes y responsabilidades. La importancia, y quizás la permanencia, de estas sorpresas del primer año sugiere que podrían tener una influencia desmesurada en el legado de seguridad nacional y política exterior de Trump. También crean las condiciones para un cambio drástico, a medida que los futuros presidentes intenten corregir en exceso o, alternativamente, perseguir sus propias agendas hasta los nuevos límites establecidos por el precedente de Trump.
EL DILEMA DEL DESPLIEGUE
Dada la intensidad con la que Trump hizo campaña sobre el tema de la inmigración, no era secreto que, al retomar el cargo, se centraría en asuntos internos con una postura estricta sobre los inmigrantes indocumentados. En sus discursos de campaña, planteó la idea de involucrar a la Guardia Nacional en los esfuerzos de deportación, una consecuencia de cómo utilizó unidades militares para patrullar la frontera sur con México durante su primer mandato. También insistió en su argumento de que las fuerzas del orden locales estaban crónicamente desbordadas, una conclusión a la que llegó durante las protestas de Black Lives Matter en 2020
Pero ni su primer mandato ni su campaña anticiparon el tipo de despliegues militares internos que ordenó durante su segundo mandato. Trump envió miles de soldados de la Guardia Nacional a importantes ciudades estadounidenses, como Chicago, Los Ángeles, Memphis, Portland y Washington D. C., en la mayoría de los casos a pesar de las objeciones de las autoridades locales. En Los Ángeles, Trump también autorizó el uso de marines en servicio activo, alegando que las protestas locales —desencadenadas por las agresivas redadas del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE)— se habían descontrolado. Trump y sus asesores incluso hablaron repetidamente de invocar la Ley de Insurrección, que facultaría al presidente para ordenar una gran respuesta militar que actuara como brazo ejecutor del orden público y abordara lo que él consideraba una emergencia interna.
Trump no es, ni mucho menos, el primer presidente de Estados Unidos en federalizar la Guardia Nacional o desplegar fuerzas en servicio activo para resolver problemas dentro de las fronteras estadounidenses. Pero la mayoría de los despliegues nacionales se producen en respuesta a desastres naturales, como el huracán Katrina en 2005, o para ayudar en eventos importantes, como la Super Bowl o la toma de posesión. Asimismo, el uso de las fuerzas armadas para patrullar la frontera no es una misión sorprendente. Incluso los críticos del uso que hizo Trump de las fuerzas armadas para patrullar la frontera durante su primer mandato no se centraron en la legitimidad del despliegue en sí; en cambio, cuestionaron si se trataba de un uso eficiente o apropiado de los recursos y el entrenamiento militar.
Por el contrario, el uso que Trump ha hecho de las fuerzas armadas en territorio estadounidense durante el último año ha cruzado más claramente una línea al poner a las fuerzas armadas, generalmente apolíticas, en medio de conflictos partidistas. En ocasiones, se enviaba a miembros del servicio a responder a protestas pacíficas contra las políticas de Trump; otras veces, a lidiar con una tasa de criminalidad crónicamente alta. En ciertos casos, se les enviaba sin ninguna razón evidente más allá de provocar o amenazar a ciudades predominantemente demócratas Ciertamente, presidentes anteriores desplegaron al ejército en territorio nacional para misiones polémicas que justificaron como defensa de la Constitución, sobre todo durante la época de los derechos civiles, cuando no se podía confiar en que las fuerzas del orden locales garantizaran los derechos de toda la ciudadanía. Dichos despliegues fueron políticamente controvertidos en su momento, especialmente para quienes en el Sur deseaban preservar el sistema de segregación racial de Jim Crow. Pero la historia, en última instancia, justificó la decisión, como Trump quizá crea que sucederá en su caso. Sin embargo, la enorme diferencia entre la magnitud de la respuesta militar y la insignificancia de las amenazas locales en la actualidad plantea la posibilidad de que los despliegues de Trump se juzguen no como una victoria para la defensa constitucional, sino más bien como un intento de impulsar una agenda política partidista.
No es sorprendente que las fuerzas armadas hayan obedecido todas las órdenes de Trump hasta ahora. Las fuerzas armadas solo desempeñan un papel de asesoramiento en el sistema estadounidense, aportando información a las deliberaciones del presidente, pero sin juzgar de forma independiente si su decisión es acertada. En cambio, lo sorprendente de los despliegues es la intención de Trump. Por qué Trump piensa que son necesarios o inteligentes sigue siendo incierto. Ante la falta de explicaciones claras y convincentes por parte de la administración Trump sobre el propósito de los despliegues, muchos críticos ofrecen extrapolaciones del peor escenario. Suponen, por ejemplo, que se trata de un ensayo general para despliegues agresivos programados para influir, si no interferir, en las elecciones de 2026 y 2028. Si fuera cierto, aunque solo en parte, una escalada tan drástica pondría en duda la fiabilidad de los resultados electorales y colocaría a las fuerzas armadas en el centro de la culpa por el resultado. Esto dificultaría que las fuerzas armadas siguieran siendo la institución no partidista de la que depende cada administración. También convertiría a las fuerzas armadas en un protector poco fiable de la Constitución.
REGRESO A CASA
Puede que haya sido obvio que el presidente de “Estados Unidos primero” tenía la intención de centrar más su atención en el hemisferio occidental, pero sigue siendo sorprendente hasta qué punto la segunda administración Trump ha elevado el hemisferio occidental por encima del Indo-Pacífico en su enfoque de política exterior. Basándose en el modelo de la primera administración Trump, que movilizó efectivamente a todo el gobierno federal para adoptar una postura más agresiva hacia China, parecía probable que el Indo-Pacífico fuera una prioridad en el segundo mandato de Trump. El mensaje de la segunda campaña de Trump prometía de manera similar poner fin a las distracciones en Gaza y Ucrania para, como declaró el vicepresidente JD Vance, “centrarse en el verdadero problema de China”. Abordar la competencia con China es también el único ámbito en el que existe un amplio apoyo bipartidista.
Pero si bien la administración ciertamente no ha ignorado la región del Indo-Pacífico, ha sorprendido a muchos, y quizás a Pekín más que a nadie, lo poco excepcional que es China en la visión este segundo mandato. Trump parece estar abordando a China a través del prisma limitado de los acuerdos comerciales, en lugar de una estrategia competitiva integral que abarque todos los elementos del poder nacional. Actualmente, China enfrenta aranceles más altos que la mayoría de los demás países, pero Trump ha señalado sinceramente su disposición a equiparar los aranceles de China con los de otros países a cambio de la suspensión de las restricciones de Pekín al acceso de Estados Unidos a los minerales de tierras raras. Después de que Trump se reuniera con el líder chino Xi Jinping en Corea del Sur en octubre, confirmó la posibilidad de reducir, o incluso suspender, ciertos aranceles estadounidenses a China
A esta sorpresa se suma el trato inesperado que Trump le ha dado al hemisferio occidental, donde han surgido repentinamente objetivos de política exterior expansivos y consideraciones sobre el uso de la fuerza. Las reflexiones de Trump sobre expandir el territorio estadounidense para incluir tanto a Canadá como a Groenlandia y retomar el control del Canal de Panamá, por ejemplo, que inicialmente se descartaron como bromas, parecen ser objetivos genuinos de política exterior. Trump ha retomado las amenazas más de una vez, incluso en declaraciones directas en las redes sociales.
El presidente también ha convertido la “guerra contra las drogas” de una metáfora a un manifiesto. Ha amenazado repetidamente con usar la fuerza militar para atacar a los cárteles de la droga en México sin la cooperación del gobierno mexicano, lo que equivaldría a un acto de guerra contra el vecino del sur de Estados Unidos: la primera gran operación militar allí desde que el presidente estadounidense Woodrow Wilson autorizó la Expedición Punitiva para capturar al revolucionario mexicano Pancho Villa al margen de la Primera Guerra Mundial. Al mismo tiempo, Trump está intensificando drásticamente las acciones militares agresivas y la diplomacia coercitiva contra el régimen de Nicolás Maduro en Venezuela con repetidos ataques letales contra embarcaciones que, según él, transportan drogas en el Caribe y el Pacífico.
En el camino, la administración Trump ha dado todas las señales de que busca un cambio de régimen en Venezuela, incluyendo la reciente confirmación de Trump de que ha autorizado una acción encubierta de la CIA allí. Trump criticó duramente el cambio de régimen como estrategia en 2016, lo que ayudó a convertirlo en un candidato presidencial viable en primer lugar. La transformación de Trump de crítico del cambio de régimen a defensor es uno de los desarrollos más asombrosos hasta ahora. La búsqueda de Trump del colapso violento de un país sudamericano es especialmente irónica considerando que podría aumentar directamente el flujo de migrantes a través de la frontera sur de Estados Unidos, un problema que Trump prometió resolver agresivamente durante su campaña.
En todos los aspectos, el giro de Trump de China al hemisferio occidental es una dimensión significativamente inesperada de su segundo mandato. Si se mantiene, tendrá repercusiones globales, posiblemente cambiando el equilibrio de poder decisivamente a favor de China y reduciendo aún más la influencia global de Estados Unidos.
CHEQUES EN BLANCO Y DESEQUILIBRIOS
Hasta cierto punto, es normal que los presidentes en su segundo mandato comiencen con ambiciones elevadas, incluso excesivas. Entran en el cargo creyendo que tienen un mandato claro del electorado y no requieren la misma curva de aprendizaje que los presidentes en su primer mandato. También están ansiosos por ponerse en marcha rápidamente porque, inevitablemente, se enfrentarán a la etapa final de su presidencia.
Pero si bien este patrón político se podía predecir, el impresionante control de Trump sobre su base y su partido es nuevo. Incluso cuando su agenda oscila drásticamente entre políticas opuestas y se retracta de las promesas de campaña (armando a Ucrania versus no armarla, adoptando una postura dura con China versus llegar a un acuerdo con ella, poniendo fin a las guerras interminables versus atacando a adversarios en múltiples escenarios), Trump goza de niveles de popularidad asombrosos, con más del 90 por ciento de aprobación entre los republicanos. Para el aproximadamente 43 por ciento de los encuestados que se identifican como republicanos o se inclinan hacia ellos, lo que más importa es la lealtad a la agenda de Trump.
Sin embargo, aún más sorprendente que el control continuo de Trump sobre su base es el dominio verdaderamente impactante que ha logrado imponer sobre el poder legislativo. Todos los presidentes modernos han soñado con eludir al Congreso y apropiarse de sus prerrogativas, como el control del presupuesto, pero ningún presidente desde Franklin Roosevelt ha podido hacerlo con tanta eficacia como Trump. Esto es especialmente impresionante dadas las mayorías mínimas que tienen los republicanos en el Congreso actual Solo unos pocos republicanos tendrían que pasarse al bando demócrata para frustrar algunas de las políticas más radicales de Trump, pero se han mostrado notablemente reacios a hacerlo. Los pocos que han coqueteado con desafiar al presidente han visto rápidamente cómo sus posibilidades de reelección flaqueaban. Aún más notable es que los miembros que han anunciado su jubilación y, por lo tanto, deberían ser inmunes a las preocupaciones por la reelección, siguen mostrándose reacios a votar con los demócratas para controlar a la administración Trump de alguna manera significativa. Tras la dramática victoria demócrata en las elecciones de noviembre de 2025, los republicanos preocupados por las políticas de Trump podrían sentirse envalentonados para ejercer su poder de supervisión en el Congreso. Pero hasta ahora, la característica definitoria de este segundo mandato ha sido el grado de deferencia del Congreso hacia el ejecutivo, incluso cuando el presidente usurpa la autoridad independiente de sus colegas.
Trump, por ejemplo, ha ignorado mandatos explícitos del Congreso en el área de ayuda exterior y ha socavado las instituciones de política exterior cuasi independientes creadas por el Congreso. También ha marginado a la Oficina de Rendición de Cuentas del Gobierno y a los inspectores generales. Ha restringido las sesiones informativas al Congreso por parte de funcionarios del poder ejecutivo en los ámbitos de la seguridad nacional y la política exterior. Y ha eludido la supervisión del Congreso sobre las ventas de armas a Oriente Medio y la ayuda de seguridad a Ucrania, incluso cuando esos beneficios fueron asignados por el Congreso. Pero a pesar de la letanía de infracciones manifiestas a la autoridad del Congreso, los legisladores han hecho poco para recuperar su papel tradicional en la formulación de políticas.
Si esta tendencia continúa, el sistema constitucional estadounidense podría alterarse decisivamente. Los redactores de la Constitución crearon un presidente poderoso porque contaban con poderes legislativo y judicial poderosos para que sirvieran de contrapeso. Si esos poderes ceden voluntariamente su responsabilidad de hacer cumplir las normas de control sobre el ejecutivo, entonces el único freno a los impulsos presidenciales será la moderación que proporcione el proceso deliberativo interno de la administración.
EL MAÑANA DE TRUMP
Un año después su la segunda elección, la mayor incógnita es cuánto tiempo puede durar todo esto. Las acciones de Trump, tanto las previstas como las imprevistas, están creando inmensas oportunidades de cambio. Tanto los actores nacionales como los internacionales seguramente responderán. En el ámbito nacional, por ejemplo, el presidente ha desestabilizado delicados equilibrios fundamentales tanto para las relaciones civiles-militares como para los controles y equilibrios constitucionales. Al hacerlo, ha planteado preguntas inquietantes sobre el futuro del sistema constitucional. Sin embargo, las tendencias en el país no son irreversibles. Si el Congreso redescubre el celo por proteger las prerrogativas legislativas y ejercer una supervisión rigurosa del poder ejecutivo, el resto del segundo mandato de Trump podría divergir notablemente del primer año. Y si los demócratas ganan una o ambas cámaras del Congreso en las elecciones de mitad de mandato de 2026, es probable que los controles sobre el presidente vuelvan a las normas históricas, tal vez incluso regresando a la firmeza del Congreso de la era inmediatamente posterior al Watergate
Si los republicanos mantienen el control o incluso amplían sus mayorías en el Congreso, las perspectivas son más difíciles de predecir. Para entonces, Trump parecería cada vez más un presidente en funciones, y los republicanos ambiciosos podrían ver alguna ventaja en distanciarse de las políticas más controvertidas del segundo mandato de Trump. Por otro lado, un resultado electoral tan atípico podría fácilmente empoderar a la administración para hacer lo que sea necesario para consolidar un legado que podría presentares como el del presidente más transformador de la era moderna.
A nivel internacional, Estados Unidos ha dependido durante mucho tiempo del poder y la influencia globales que construyó en la era posterior a la Guerra Fría para preservar la paz entre las grandes potencias. Pero Trump está agotando estas reservas y, en algún momento, las instituciones en las que Estados Unidos confía para constituir su poder y gestionar el orden mundial se resquebrajarán. Lo que suceda después es una incógnita. China, por ejemplo, como principal rival de Estados Unidos por el poder mundial, ha dejado claro que no tiene ningún interés en apuntalar el orden construido por Estados Unidos. Pekín busca un sistema de reemplazo que beneficie más directamente a China y, en este momento, podría estar disfrutando de la distracción de Trump hacia el hemisferio occidental para poder llevar a cabo su agenda en Asia, la región de mayor importancia económica en el futuro.
Mientras tanto, ninguna alianza previsible de socios y aliados de Estados Unidos parece capaz de reemplazar el liderazgo estadounidense en el escenario mundial. Si bien nuestros socios europeos y asiáticos están dispuestos a colaborar con Estados Unidos para abordar los desafíos geopolíticos, no son capaces de lograr soluciones beneficiosas y duraderas sin que Estados Unidos asuma su parte de la responsabilidad. Sin un cambio de rumbo, la concentración de poder global estadounidense por parte de Trump podría dar paso a un nuevo orden geopolítico, uno en el que grandes potencias hostiles, o en el mejor de los casos indiferentes, a los intereses de Estados Unidos, ejercerían influencia en vastas esferas de poder. Estas esferas se enfrentarían cada vez más entre sí, y las perspectivas de una fractura geopolítica y una guerra entre grandes potencias se intensificarían.
En última instancia, Trump y sus partidarios tienen razón cuando se jactan del extraordinario impacto que ha tenido la segunda administración desde que asumió el cargo. Es un primer año tan trascendental como el de cualquier presidente desde Roosevelt. Gran parte del enfoque de Trump era predecible, incluida su imprevisibilidad general. Pero las verdaderas sorpresas son aquellas que probablemente repercutirán durante los próximos años. También son las que dificultan discernir el pronóstico a largo plazo.
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