Venezuela es una montaña rusa. El 3 de enero de 2026, lejos del lugar común o las frases hechas, es ya un día histórico: millones de venezolanos, la inmensísima mayoría, festejan que el dictador Nicolás Maduro está preso luego de más de diez años con miles de presos políticos, de torturados, de asesinados y desaparecidos. Su paso por Miraflores se recordará no solo por su crueldad absoluta sino por su completa ineficiencia, esa que devino en una hiperinflación severa, en cajeros sin efectivo, panaderías sin pan, carnicerías sin carne, hospitales sin curitas ni inyectadoras, supermercados sin jabón ni pasta de dientes.
En Venezuela vi gente perder 20 kilos porque no tenían nada qué comer, salvo mangos de los árboles o lo que pudieran revolver de la basura. No me refiero a indigentes únicamente sino a familias de clase media, con vivienda y estudios y algún trabajo, pero que ni con eso podían pagar o siquiera encontrar alimentos de los más básicos. Un paquete de fideos, de arroz o un litro de leche se consideraban un lujo. El trueque, por eso mismo, era también común.
Otros, como es mi caso, sufrimos la cárcel y la tortura únicamente por querer un país libre, donde precisamente no fuera un delito pensar, estudiar, trabajar, debatir, ir a la universidad, a la biblioteca o a la sala de redacción.
Por eso ver a Maduro capturado, esposado y detenido es un alivio. Se trata de un genocida que ahora deberá pagar por sus crímenes.
No es suficiente, pues aún la cúpula chavista preserva el poder. Delcy Rodríguez, anterior vicepresidenta según el organigrama, ahora es presidenta encargada según el ilegítimo e ilegal Tribunal Supremo de Justicia chavista, secuestrada y parcializada.
Resulta entonces imposible, disparatado, hasta ofensivo, pensar que se puede ser tan ingenuo o ignorante como para poner a una genocida al mando de una transición o algún pacto. Delcy Rodríguez no es más que la continuidad de la dictadura. Junto con otras fichas como Diosdado Cabello o Vladimir Padrino López, son iguales o peores que Maduro. Están, insisto, en las antípodas de la democracia y los derechos humanos.
Sentí miedo a la madrugada cuando me enteré de que estaban bombardeando Caracas. Antes de leer las primeras informaciones, de hablar con gente que está allá o mirar videos, temía que la ciudad hubiera sido reducida a escombros o que hubieran cientos o miles de inocentes heridos o muertos.
Nunca hubiéramos querido que nadie bombardee Caracas ni ninguna parte del territorio venezolano. Ocurrió, sí, por una operación con personal, armas y estrategia de Estados Unidos, con un Donald Trump que no disimula que quiere petróleo. Pero los culpables de haber llevado la crisis a este nivel de tensión son Maduro y su cúpula. Porque antes del desenlace que abre este 2026, los venezolanos votaron masivamente en 2024 —Edmundo González Urrutia ganó la contienda con 70% a su favor— pero luego Maduro se autoproclamó sin mostrar ningún acta y siguió en el poder de manera impune y descarada.
Y previamente cuando los venezolanos marcharon los masacraron en las calles.
Y cuando la oposición tuvo en 2015 la mayoría absoluta en el Congreso Maduro lo desconoció y virtualmente lo cerró.
Y cuando la dirigencia trató de entablar diálogo y conversaciones el chavismo incumplió todos los acuerdos y compromisos.
En fin, que Maduro durante años dejó claro que jamás saldría de manera pacífica ni constitucional. Que lo suyo era perpetuarse sin importar lod costos. Y es que el chavismo, cuando surgió en 1992, lo hizo con un intento —frustrado— de golpe de Estado que con las armas intentó un magnicidio contra Carlos Andrés Pérez. Es decir que su génesis es violenta, como apunta también a ser su final. Pasará el tiempo y alguno dirá que era impactante cómo Maduro bailaba y se burlaba de Estados Unidos horas antes de su captura.
Me disculpo, querido lector o lectora, si no pude ordenar de la mejor manera mis ideas. Cargo muchas inquietudes. Por las ganas de ver por primera vez en mi vida a Venezuela libre o gobernada por algo que no sea el chavismo. Por el anhelo de un Nunca Más contra los genocidas chavistas. Porque, repito, nunca quisiéramos haber visto estos bombardeos. Porque ojalá la dictadura hubiera caído antes. Porque la comunidad internacional falló para evitar que se llegara a la tensión actual.
Que esta pesadilla termine pronto.
Los venezolanos solo queremos vivir en libertad y que se pueda reconstruir el país.







