sábado 24 de enero de 2026
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Venezuela, Estados Unidos y el regreso de una historia conocida

El encarcelamiento de Nicolás Maduro en Estados Unidos es uno de los episodios más disruptivos de la política latinoamericana reciente. No solo por la caída del líder que gobernó Venezuela durante más de una década, sino por la forma en que ocurrió —su extracción rápida, unilateral y sin mediación de organismos internacionales—, que introduce un precedente de alcance regional e internacional.

Venezuela durante gran parte del siglo XX fue un país de acogida para exiliados políticos (ver mi entrevista a Rodolfo Terragno). Pero hacia el final y en lo que va del Siglo XXI se convirtió en escenario de uno de los mayores desplazamientos humanos del mundo contemporáneo, sólo superado por el de Siria.

La salida de Maduro abre una nueva etapa, con potencial de dejar atrás la violencia estatal, el empobrecimiento y el éxodo, pero también siembra muchos interrogantes: ¿Qué reconfiguración interna se ha producido? ¿Quién ejerce hoy el poder efectivo? ¿Bajo qué reglas se organizará la transición?

Lo cierto es que la detención de Maduro coincide con una redefinición explícita de la estrategia estadounidense en el hemisferio occidental, donde la dominancia vuelve a afirmarse como principio rector de la política exterior.

El regreso explícito de la lógica de “patio trasero”

En su National Security Strategy, publicada por la Casa Blanca en noviembre de 2025, Washington afirma que restaurará la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental. El documento señala que Estados Unidos aumentará su presencia militar para protegerse de amenazas tales como el narcotráfico, e impedirá que competidores extrahemisféricos controlen activos estratégicos o posiciones clave en la región. El capítulo sobre el hemisferio occidental se llama, sugestivamente, “El corolario Trump a la doctrina Monroe”.

América Latina -y también Canadá y Groenlandia- dejan así de ser esferas de influencia implícita para convertirse en una política declarada de subordinación a los intereses estadounidenses.

Venezuela como caso testigo

En este marco, Venezuela cumple una función central. El mensaje excede a Caracas y se proyecta sobre toda la región: Estados Unidos puede intervenir, disciplinar y remover obstáculos cuando lo considere necesario para sus intereses estratégicos, aun a costa de tensar o reinterpretar normas multilaterales.

Venezuela funciona así como caso testigo de una política en la que la preeminencia regional de Estados Unidos deja de ser implícita para convertirse en práctica concreta.

Expulsar a Rusia y contener a China

El episodio venezolano se vincula directamente con el objetivo estadounidense de desmontar la presencia rusa en su entorno inmediato (Venezuela, Cuba, Nicaragua) y contener la creciente influencia económica china en América del Sur (Brasil, Argentina, Chile, Perú).

Colombia aparece como un punto especialmente sensible. La advertencia pública de Donald Trump al presidente Gustavo Petro —“he needs to watch his ass” (tiene que cuidar su trasero)— debe leerse como una señal política directa: Colombia ha sido históricamente un aliado estratégico de Washington, y una diversión de ese rumbo podría tener una respuesta similar a la de Venezuela.

En Honduras, el indulto concedido por Trump a un ex presidente y candidato, demostró el uso del sistema judicial norteamericano como instrumento de alineamiento geopolítico. Así Juan Orlando Hernández, condenado por tráfico de cocaína, es liberado; mientras que Nicolás Maduro, acusado de conspiración de narcoterrorismo, es encarcelado.

Brasil y México, los dos gigantes regionales, están hoy gobernados por coaliciones progresistas. En ese contexto, la Argentina de Javier Milei busca posicionarse como contrapeso, impulsando un bloque regional alineado a la derecha. En términos de la Estrategia de Seguridad Nacional, se posiciona como uno de los “campeones regionales” que ayudan a construir una “estabilidad tolerable” en la región.

El fin explícito del multilateralismo

Este giro se produce en paralelo al desmantelamiento del orden multilateral construido tras la Segunda Guerra Mundial. Cuando los intereses estratégicos entran en juego, las reglas, el derecho internacional y los organismos multilaterales dejan de ser vinculantes.

La ley pasa a ser la del más fuerte.

Petróleo y esferas de influencia

Venezuela es también energía. Posee algunas de las mayores reservas de crudo del mundo, hoy subutilizadas, que Estados Unidos podría volver productivas con capital y tecnología propios, al tiempo que corta el flujo de ese petróleo hacia China.

En paralelo, emerge una hipótesis incómoda pero plausible: un entendimiento tácito de esferas de influencia. Menor compromiso estadounidense con Europa y la OTAN; consolidación rusa en su vecindad; control estadounidense del continente americano.

No me meto con tu área, vos no te metés con la mía.

La herramienta: la “lucha contra el narcotráfico”

El vehículo operativo de esta estrategia es la guerra contra las drogas. Bajo esa bandera se lanzó la Operation Southern Spear (Operación Lanza del Sur), que permitió desplegar al menos 4.000 marines en el Caribe —y, según fuentes extraoficiales, entre 10.000 y 15.000 efectivos—.

El anuncio fue realizado por el Secretario de Guerra Pete Hegseth en noviembre de 2025. Semanas después, Nicolás Maduro fue detenido y trasladado a una cárcel estadounidense.

Legalidad, eficacia y memoria

La intervención decisiva de Estados Unidos no contó con aval del sistema multilateral ni con un mandato explícito de las Naciones Unidas. Desde el punto de vista del derecho internacional, su legalidad es, como mínimo, discutible.

Pero esa constatación convive con otra realidad: durante años, la vía multilateral fue incapaz de producir una salida mientras millones de venezolanos seguían huyendo.

Una advertencia conocida

En los años setenta, la lucha contra el comunismo funcionó como argumento para justificar intervenciones y dictaduras. Hoy, la lucha contra el narcotráfico corre el riesgo de cumplir una función similar.

Si el chavismo surgió, en parte, como reacción a décadas de influencia directa e intervenciones de Estados Unidos y de potencias percibidas como imperialistas, y terminó derivando en un régimen autoritario que gobernó Venezuela durante veintisiete años, la pregunta es: ¿qué tipo de fuerza política puede emerger tras una intervención directa de Estados Unidos? La experiencia regional muestra que las intervenciones no solo derrocan gobiernos; también configuran antagonismos persistentes y difíciles de desactivar.

El problema no es enfrentar redes criminales ni regímenes autoritarios. El problema es a qué costo, con qué aliados y bajo qué reglas.

Cuando el orden internacional se desplaza hacia la lógica del más fuerte, los dictadores pueden caer, pero las sociedades quedan expuestas. América Latina ya aprendió —a un costo demasiado alto— que las guerras ajenas libradas en su territorio nunca son gratuitas.

 

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