Los militares, policías, milicias y demás contingentes que durante años reprimieron a la sociedad civil brillan por su ausencia en tareas de rescate.
Transcurridas casi 48 horas del terremoto que causó estragos en Venezuela la situación es de catástrofe, sin eufemismos. Desde el país llegan testimonios de gente que perdió su casa, que no sabe si el edificio donde vive seguirá siendo habitable, o cuándo llegará ayuda para buscar a algún familiar entre los escombros.
A diferencia de otros países, la dictadura mantiene ambigüedad y opacidad al momento de informar sobre lo que ocurre. Sus cifras de fallecidos, 235, y heridos, 4300, parecen distar de lo que se ve en ciudades como Caracas, La Guaira o Maracay, donde cayeron edificios, casas y hay daños materiales en calles, autopistas y puentes. El chavismo no da instrucciones precisas de dónde acudir o a quién llamar. La crisis humanitaria que hace años padece la población se nota en cómo casi no hay despliegue de bomberos, paramédicos ni militares. Al momento de la edición de esta nota la mayoría de quienes hacen tareas de rescate son civiles que no cuentan con herramientas profesionales para situaciones límite, sino que toman lo que tienen a su alcance e intentan dar una mano a su comunidad.
Los militares, policías, milicias y demás contingentes que durante años se desplegaron con tanquetas, camiones, motos, camionetas y armas para perseguir, encarcelar, torturar y asesinar a estudiantes, docentes, médicos y a la sociedad en su conjunto brillan por su ausencia. Apenas algún puñado de uniformados se han aparecido en rincones puntuales de Caracas o La Guaira, para tareas marginales.
Desde el exterior comenzaron a llegar aviones con ayuda humanitaria de países de la región. La Argentina confirmó el envío de aviones de la Fuerza Aérea y brigadistas, además de distintos materiales. Mientras tanto hay venezolanos que buscan cómo enviar donaciones, tarea que se dificulta, entre otras razones, porque el aeropuerto principal del país está cerrado por daños estructurales.
No hay tampoco planes sobre cómo se hará la reconstrucción de ciudades o ayudas económicas para quienes por estas horas no pueden hacer una vida normal. Ni cuándo se revisarán tantos edificios que aún de pie tienen grietas y daños a simple vista.
En las cárceles, donde hay centenares de presos políticos, incluido el argentino Germán Giuliani, no hay reportes oficiales sobre los internos o el estado de los penales.
Informarse dentro tampoco resulta una tarea sencilla, con una censura que no se tomó una tregua ni siquiera en estos momentos, pues siguen bloqueados decenas de portales de noticias y medios tradicionales como radio y televisión calculan con sigilo cada palabra, no sea cosa que molesten a alguien y los multen, los aprieten o los clausuren.
El país sigue una especie de inercia, con una población que busca cómo organizarse y ayudarse, a la espera de la ayuda que dentro muchos no hallan.








