Siento que me corresponde ser un poco más claro respecto a mis opiniones y sobre todo mis emociones en cuanto a Venezuela.
Quiero dejar algo perfectamente claro, a mí me hubiera gustado que esto se terminara NO SOLO “de otra forma”, sino mucho antes.
Me hubiera gustado, para empezar, que Venezuela siempre hubiese sido una democracia y que Hugo Chávez (que llegó al poder engañando a mucha gente decente y verdaderamente interesada en un cambio positivo para su país) hubiera cumplido sus promesas.
Descartando eso, me hubiera gustado que Maduro hubiera admitido la derrota legislativa en 2015, se hubiera producido el revocatorio, y (tras la obvia derrota que iba a sufrir) hubiera entregado el cargo a un sucesor electo.
Si no lo hacía, me hubiera gustado que un masivo movimiento de protesta como el de 2016-17 lo hubiera desalojado del poder. De ese período conocí a un chico venezolano en un foro gamer que hoy debería tener mi edad y no nueve años de muerto.
Me hubiera gustado que Oscar Pérez hubiera podido construir una oposición armada interna exitosa, no habiendo de otra. O quizás, habiendo de otra, me hubiera gustado que se hubieran celebrado elecciones competitivas en 2018, porque nadie discute que Maduro las hubiera perdido. En su extremo defecto, que la movida interna de Juan Guaidó hubiese salido bien en 2019.
Finalmente me hubiera gustado que los Acuerdos de Barbados se respetaran y que las elecciones de 2024 hubieran sido limpias. Me hubiera gustado que se hubiera permitido a Machado ser candidata. Me hubiera gustado que no pasaran meses de incertidumbre.
Y finalmente, me hubiera gustado que la noche del 28 de julio de 2024, Nicolás Maduro hubiera tenido un mínimo, un miserable toque de decencia humana de comparecer para hacer lo que debía hacer: felicitar públicamente a Edmundo González por la paliza que le pegó y disponer una transición.
O incluso luego de haber hecho todo lo que hizo, cuando quedó claro que la situación para ellos había cambiado para siempre, podría haber aceptado la realidad y dispuesto la transición igual, con toda la estructura dictatorial a su favor para imponer concesiones. Visto y considerando su situación actual, estoy segurísimo de que hoy mismo él y su esposa pensaron igual.
Me hubiera gustado que Maduro fuese derrocado por medios internos y, sobre todo, de la forma más pacífica posible. Pero no ocurrió.
Lo que sí ocurrió fue que en las últimas décadas fueron ejecutadas cerca de 20 mil personas. Fueron exiliados de sus hogares nueve millones de venezolanos, equivalentes a un 30% de la población, la crisis de refugiados más grave de América.
Ocurrió que fueron desaparecidas, secuestradas y torturadas miles de personas, que siguen hoy languideciendo en las cárceles de Maduro, con aún menos garantías que las que tendrá el dictador en Estados Unidos.
Ocurrió que perdieron una elección por más de 37 puntos y, aunque las pruebas de su derrota estaban delante de los ojos de toda la Tierra, se atrevieron a intentar robársela de la manera más burda posible.
Eso ocurrió. Sucedió. Aconteció. Tuvo lugar. Pero para varios solo existe lo que ocurrió hoy, 3 de enero de 2026. Las únicas víctimas son Maduro y el puñado de bajas del operativo de Trump. No existieron las decenas de miles anteriores. No existió el horror y el desastre de dos décadas.
En sus pequeñas mentes privilegiadas por la lejanía los detalles pueden no existir. Pero para mí no puede ser así.
Ocurrió que lo único que Maduro no pudo evitar fue lo que pasó hoy, pero podría haber evitado que todo lo anterior ocurriera y no lo hizo. Y por eso el único culpable es él.
Oí a mi novio llorar de bronca, frustración y dolor la madrugada del 29 de julio, y envejecí diez años. Esta mañana lo oí llorar de alegría mientras jadeaba de sorpresa por ver a Maduro, finalmente, fuera de su vida. Y me devolvió años de vida. Me hizo sentir que valía la pena.
Sé que en las últimas horas he roto algunas actitudes más institucionales que suelo mantener. Y tampoco tapo el sol con un dedo. Comprendo los motivos válidos para el recelo de muchos de mis amigos y colegas de la academia, a quienes respeto y quiero demasiado.
Lo que no puedo entender es la indolencia, el odio y la prepotencia con la que algunos se atreven a hablarle a los venezolanos o a los que estamos personalmente implicados. ¿Me dejo llevar por mis emociones? Sí, pero son emociones válidas. Vos te estás dejando llevar por dogmatismos que a nadie benefician.
Todavía falta aguantar muchas cosas. Falta ver y toca esperar por la resolución de esta situación. Sin embargo, es imposible no sentir que estamos un paso más cerca, aún si no se da en las circunstancias que tanto quisiéramos.
Nada ni nadie puede borrar de mi cabeza estos dos años (que para mí han sido décadas mentales) y por tanto nada ni nadie va a hacer que me arrepienta de alegrarme por mi pareja y por un pueblo hermano que tanto cariño me ha dado y al que hoy día siento como mío.
Si no te gusta, el libro de quejas está en el “unfollow”, pero te puedo mostrar la salida si te parece.








