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Una rayuela en la vereda

En Olleros y Fraga hay una heladería y, al lado, un quiosco. No sé cuál de los dos negocios tomó la acertada decisión de dibujar una rayuela con pintura fucsia en las baldosas de la vereda. Cada vez que paso por ahí con mis hijos, frenan: saltan en un pie, caen con los dos, van y vuelven. Qué fácil parece atraerlos y retenerlos para jugar en un espacio que suele ser solo de tránsito apurado y muchas veces amenazante.

La escena me recuerda una idea que siempre vuelve: si una ciudad es apta para que los chicos la habiten con autonomía y seguridad, será una ciudad mejor para todos. Lo planteó el pedagogo Francesco Tonucci en La ciudad de los niños (1996), y lo demostró en municipios europeos y latinoamericanos con propuestas concretas de urbanismo y políticas públicas. Cruzar la calle sin miedo, tener una plaza cerca y buen transporte público: lo que es bueno para los chicos también lo es para los adultos mayores, para las familias, para todos.

¿Pero alguien ve chicos jugando en las veredas o en las calles de Buenos Aires? ¿Qué se pierde cuando esa experiencia desaparece?

El psicólogo social Jonathan Haidt recuerda que, como pasa con otros mamíferos, los chicos necesitan alejarse de sus padres y asumir pequeños riesgos para crecer. El juego no estructurado, sin supervisión adulta, es una necesidad evolutiva: el cerebro se “cablea” a través de la exploración física, la interacción social y la resolución de conflictos.

Entre las teorías que intentan explicar por qué desapareció el juego libre: ganó la percepción -muchas veces exagerada o no sustentada en datos duros- del peligro en la calle, la cultura de la sobreprotección, la multiplicación de actividades extracurriculares y, más tarde, la irrupción de las pantallas. Haidt lo llama una “doble reconfiguración de la infancia”: menos oportunidades de autonomía en el mundo real y más exposición, sin mediaciones, al mundo digital. El resultado: chicos con menos habilidades para manejarse en la vida cotidiana, pero sometidos a la ansiedad, la comparación social y el ciberacoso en línea.

El juego libre en la calle no era solo entretenimiento. Era un laboratorio para aprender a negociar reglas, consolar a un amigo, detectar peligros, saber cuándo pedir ayuda. Me pregunto si el recreo de la escuela es lo único parecido a esto que nos queda.

Dejar crecer

Frente a este panorama, Haidt y la periodista Lenore Skenazy llevan adelante desde Nueva York la organización Let Grow . Ahí proponen, por ejemplo, la Let Grow Experience, una tarea escolar en la que los chicos realizan por primera vez una actividad solos: ir a comprar al almacén, cocinar una comida sencilla o caminar hasta la casa de un amigo. También crearon los Play Clubs, espacios en escuelas o comunidades donde los chicos juegan libremente, con un adulto presente solo como apoyo en caso de emergencia.

Sé que en Argentina hablar de estas cosas puede sonar fuera de lugar frente a las condiciones estructurales de pobreza, la deserción escolar y la crisis de los servicios públicos. Según datos de UNICEF, en el segundo semestre de 2024 más de la mitad de los niños y niñas del país (52,7 %) vivían en hogares pobres y cerca de 1,8 millones estaban en situación de indigencia. La desigualdad es marcada: en hogares donde la persona de referencia no completó la primaria, la pobreza infantil supera el 80%, mientras que en aquellos con secundaria completa baja al 10%.

Pero la desigualdad también se refleja en el espacio urbano: según el Atlas de Espacios Verdes de la Fundación Bunge y Born, una de cada cuatro personas de menores ingresos no tiene un parque a menos de diez minutos de su casa; en Buenos Aires el promedio general es de apenas 5 m² de espacio verde por habitante, con enormes diferencias entre barrios.

Suena a nostalgia decir “antes jugábamos en la calle y ahora no y eso nos hace peores” pero qué pasa si pensamos estos temas en clave de ciudadanía, de salud pública y en especial de equidad, porque en definitiva algunas familias logran refugiarse en clubes privados o en barrios con parques cuidados, mientras otras quedan sin alternativas. Esa brecha marca la diferencia entre quienes pueden crecer con espacios de juego libre y quienes no.

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