El martes 11 de noviembre en Mar del Plata, volvimos a ver la cara más dura de la violencia. Lo que comenzó como un episodio de violencia de género dentro de una escuela derivó en una espiral de agresiones que alcanzó al presunto implicado, a su familia e incluso a las viviendas de sus allegados. Una situación inaceptable que deja al descubierto hasta qué punto la violencia se ha convertido en un lenguaje cotidiano, una forma de reacción inmediata que sustituye el diálogo, la reflexión y la búsqueda de justicia por mano propia.
La violencia en todas sus formas se ha vuelto un signo distintivo de estos tiempos: la vemos en las escuelas, en las calles, en los hogares, en las canchas, en los debates políticos y en las redes sociales. El tono de la convivencia se ha vuelto áspero, la palabra perdió su poder de encuentro y la diferencia se transformó en amenaza. Vivimos un tiempo donde la desmesura se volvió hábito.
A ello se suma un fenómeno igual de preocupante: la apología de la violencia y la deslegitimación de la cultura democrática. Cuando desde ciertos discursos se desacreditan las instituciones, se ridiculiza la moderación y se exalta el enfrentamiento como método, lo que se está haciendo es preparar el terreno para la violencia ciudadana. No se construye una sociedad mejor sobre el resentimiento ni sobre la demolición de la convivencia democrática.
En ese contexto se inscribe el proyecto de ley que presenté en el Senado, que agrava las penas para quienes cometan delitos contra docentes, personal sanitario o trabajadores del transporte público, cuando esas agresiones ocurran con motivo u ocasión de sus funciones. No es una respuesta punitivista, sino una señal política y moral: la sociedad debe proteger a quienes sostienen los lazos más valiosos del tejido social.
Porque quien agrede a un maestro, a un médico o a un chofer, agrede a toda una comunidad.
Necesitamos recuperar la idea de que la ley no es un obstáculo para la libertad, sino su condición. Defender a quienes educan, cuidan y sirven es el primer paso para reconstruir una sociedad que vuelva a creer en el respeto, en la palabra y en la paz.








