En la sede de Eudeba se presentó Crónicas setentistas, el libro de Jorge Goldemberg, abogado, escritor y periodista nacido en 1956. A través del personaje de Rolo, Goldemberg reconstruye una experiencia personal y generacional atravesada por la militancia, la búsqueda, la aventura y las grandes expectativas de transformación que marcaron a una parte de la juventud argentina de los años setenta.
Rolo comienza su recorrido siendo apenas un adolescente. Su acercamiento a la militancia no responde únicamente a una convicción política ya formada: hay también curiosidad, deseo de aventura, necesidad de conocer gente y de encontrar un lugar en un mundo que parecía estar cambiando vertiginosamente. Pero esa búsqueda individual se desarrolla en un contexto internacional y nacional que ofrecía a los jóvenes de aquellos años un horizonte cargado de acontecimientos y de posibilidades.

El Mayo Francés de 1968, el Cordobazo y la Revolución Cubana aparecen como referencias fundamentales de una época en la que la idea de revolución atravesaba buena parte de la cultura juvenil y política. La militancia de izquierda crecía y se multiplicaban los espacios de participación, al mismo tiempo que se profundizaban los enfrentamientos con sectores del sindicalismo peronista de derecha.
Eran años de erupciones políticas, de confrontaciones y de violencia, pero también de aprendizaje, de crecimiento y de búsqueda de una utopía. En ese territorio complejo se mueve Rolo, el protagonista de las Crónicas setentistas: un joven que intenta comprender su tiempo mientras, casi sin advertirlo, se convierte también en parte de él.
Más que una reconstrucción distante de los años setenta, el libro propone recuperar la experiencia de quienes atravesaron aquella época desde adentro: con sus entusiasmos, sus contradicciones, sus ideales y también sus incertidumbres.
Ojos azules
Hay, sin embargo, un detalle que me interpela especialmente en las páginas de Crónicas setentistas. Rolo es presentado como un joven de ojos azules. Y mientras avanzo en la lectura, me encuentro también con otros ojos azules: los de Elizabeth Kesselman: joven alemana, hija de un pastor y teólogo luterano alemán, que se involucró en la militancia política de aquellos años y que, durante la última dictadura, fue secuestrada, torturada y asesinada.
Por eso, para mí, la lectura de Crónicas setentistas tiene un significado que excede la reconstrucción de una época. En las páginas donde Goldemberg recupera la mirada de aquel joven llamado Rolo, vuelvo a encontrarme con la mirada de Elizabeth, con esos ojos azules que la historia no pudo borrar.
Y por eso quiero agradecer especialmente a Jorge Goldemberg: por haberme reencontrado, a través de las páginas de su libro, con Elizabeth Kesselman. Porque recuperar una historia, un nombre, una mirada, también es una forma de mantener viva la memoria.








