Pocos autores del siglo XX han podido explicar el funcionamiento o comportamiento de la democracia liberal en los hechos, como lo hizo Joseph Schumpeter, en tan solo cuatro capítulos, en Capitalism, socialism and democracy de 1946. La caracteriza, de manera realista y precisa, como una actividad dirigida por élites, en competencia por el voto popular.
Tal vez la mejor descripción de la democracia como método político arremete contra lo que entiende es la teoría clásica de la democracia, sostenida en su opinión por dos mitos imposibles de realizar: el bien común y la voluntad del pueblo. Aquí está presente el eterno problema de la representación.
La voluntad que se observa al analizar los procesos políticos no es una voluntad auténtica, sino una “voluntad fabricada”, por los “estados mayores” de los “grupos”, y de “los partidos”, así como de la “propaganda” en una dirección determinada.
La “democracia es el gobierno del político”, y el pueblo tiene solo la oportunidad de aceptar o rechazar la dirigencia que ha de gobernarle. Los partidos no se definen tanto por sus programas, sino por actuar como “máquinas electorales” que venden sus productos políticos a los electores que son sus “consumidores-clientes”. La élite política regula la competencia política de una manera igual que lo hacen los hombres de negocios.
Esta obra de un lúcido conservador puede contribuir a repensar hoy en la erosión democrática del siglo XXI en el concierto de la era digital. Pero sería injusto dejar de mencionar otros libros de igual relevancia con el mismo propósito.
El de Gaetano Mosca, La clase política, versión italiana de 1896, y que Norberto Bobbio, en una introducción de 1996, afirma que para entender dicha obra hay que sustituir el concepto abstracto de Estado por el de “clase política”. Para Mosca la clase política “siempre adopta la fórmula que más le conviene” para gobernar. Un autor pesimista, que está continuamente inspirado por los principios liberales, pero con un sentido elitista que descree en la participación de las masas en la democracia.
Moisés Ostrogorski, por su parte, publicó en francés en 1912, La démocratie et les partis polítiques, y en su primer capítulo escribe, que “la legislación y la administración se venden y compran, los cargos públicos se sacan virtualmente a subastas”. Una impactante noción del mercadeo político.
A la vez que reconoce “el gobierno de los partidos” (por tanto, la función política de las masas en una democracia no es gobernar), admite que todos los partidos se remitirán “humildemente” a la opinión pública, pues es un “arbitro omnipotente”.
Las palabras de esos autores, plena de matices que las diferencian, nos golpean de lleno hoy. Tres autores, elitistas, conservadores que pueden resultar indispensables para una mejor lectura y comprensión de las élites políticas y su relación con los partidos y la sociedad, en un largo período de tiempo transcurridos entre el siglo XX y las dos décadas del siglo XXI.
Se quieren obtener lecciones de la historia como una modalidad de explicación de los acontecimientos presentes, sin emitir por ello juicios categóricos sobre la realidad política contemporánea.
Nuestra democracia en este año electoral, pero en otros también, ha mostrado actos y manifestaciones de los dirigentes y gobernantes inapropiados y estériles que conducen al creciente desapego de la ciudadanía hacia la política y la democracia, en un momento crítico de la gestión gubernamental.
Esa muestra de partidos pulverizados (no hay más que mirar el cierre de listas, y los realineamientos políticos) ha engrillado la política. La política engrillada se corresponde con un creciente porcentaje de electores que se abstienen de votar, en un tiempo que recrudece la desconfianza ciudadana. Los motivos de la misma están asociados a la corrupción, al descrédito de la pulverización que aparece, entre otras razones, cuando no existen proyectos comunes, y a la incapacidad de gobernar.
Un debate electoral en estanterías visuales, en redes, abre paso al destrato, al insulto, la ingratitud de una mayoría de dirigentes y gobernantes que entre ellos resultan amigos, adversarios, enemigos, lo que refleja una vulgaridad apabullante, carente principalmente de timón y motor, que atraviesa esperanzas perdidas.
Sobresale la ausencia de solvencia intelectual, de capacidad de gestión para elaborar objetivos estratégicos en la pluralidad de pensamiento. No toda la dirigencia es igual, pero todo incide en la descomposición de la representación. Algunos miembros de esa dirigencia temen ser expulsados del mercado político.
En la Argentina de hoy el polo “oficialismo y oposición” se estructura de manera inestable, volátil, resbaladiza. Así funciona un sistema político descalabrado. En esta marcha, Milei apunta hacia un autoritarismo de mercado. El tiempo de espera de la ciudadanía para ver los resultados, es un problema central que hospeda en una gestión complicada. ¿Hasta cuándo? La expectativa en la resolución de las contrariedades se ha mantenido hasta ahora por la fuerza de esa dinámica de cambio de preferencias electorales de 2023, debido al hartazgo social.
En ese malogrado sistema, rodeamos un punto del que hay que salir por desconfianza de todo y del gobierno o bien que no hay que entrar en él por seguridad. El dilema consiste en ser buena conciencia de la política, en la que se apuesta el destino de muchos. En esta penetrante articulación política, el poder es más fuerte que el que lo detenta.
Para Carl Schmitt el poder tiene “vida propia” respecto del poderoso y del consenso que ha logrado. Delante del poder se forma una antesala de influencias y poderes indirectos. Si bien es muy antiguo, es lo que estamos observando en nuestros días. La búsqueda del poder genera distintos problemas de sentido.
Publicado en Clarín el 2 de septiembre de 2025.
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