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Un servidor de pasado en copa nueva

Lo “nuevo” tiene siempre su encanto. Es atractivo, esperanzador, apto para ser vendido. Es un signo de actualidad, de estar en sintonía con ese tiempo que va mutando y envolviéndonos, inexorablemente. Lo nuevo no tiene pasado, y por lo tanto no debe hacerse cargo de una historia que lo sostenga. Y así es más fácil. Cuando lo “nuevo” es realmente nuevo, una catarata de posibilidades se abre a sus pies. Es más sencilla la lucha política cuando no debe hacerse cargo de un desempeño pasado que seguramente presenta luces y sombras en distintas proporciones.

Esta condición de aptitud para la disputa política, hace que en muchas ocasiones se disfrace de nuevo a aquello que no lo es en forma alguna. O al menos no lo es como totalidad.

El actual gobierno llegó al triunfo descalificando a los tradicionales partidos políticos por sus fracasos económicos. Definió a sus representantes como una “casta” de profesionales que ha vivido enquistada en la política. Su mensaje, como contrapropuesta, anunciaba un “achicamiento” del Estado para llegar al equilibrio fiscal, la reducción de impuestos, apertura económica y el fin de un abuso del uso de los recursos del Estado. Una propuesta tentadora para habitantes de un país que sufren en carne propia las dificultades económicas. La  propuesta sugiere en forma obtusa y encriptada, que tales políticas mejorarían las vidas de cada ciudadano, naturalmente. Obviamente, tal propuesta llegó sobre un gobierno paupérrimo que no estaba en condiciones de debatir nada. Un fracaso rotundo. Todo coincidió. Algo que se vendía como nuevo, con diferente liturgia, con términos sencillos para expresar cada idea, apareció como divertido, disruptivo, moderno. Y vendió.

Sin embargo, la motosierra, la peluca, el rock, el mensaje destemplado y la bestialidad de las medidas, con otro ropaje, retornaban con una vieja idea en distinto envase. La libertad, entendida como liberalidad económica, decía presente nuevamente en la política argentina. Y no era nueva.

Los historiadores ubican el inició del deterioro económico argentino, casi unánimemente, en 1930. El “crack de 1929”, la crisis de 1930 a nivel mundial con sus consecuencias locales, y la ruptura de la institucionalidad en nuestro país están en la base de ese principio. Los números globales, hasta allí, demuestran la precisión del diagnóstico. Ese principio reúne razones vernáculas y foráneas, pero es contundente. Desde entonces, han transcurrido noventa y seis años en los que fueron recurrentes los golpes militares y la interrupción de la vida democrática. Cada gobierno de facto, con la excepción del año que gobernó Uriburu impregnado por el fascismo, y los dos del G.O.U. de inspiración nacionalista, fueron acompañados por economistas liberales o dispuestos a ceder ante las ideas liberales en los Ministerios de Economía. En los treinta le pasó eso a Federico Pinedo, de origen socialista pero volcado en la acción a una apertura de las relaciones económicas con Gran Bretaña, formando parte de los gobiernos de Justo (1932-38) y Ortíz/Castillo (1938-43) El gobierno de Aramburu (1955-58), la segunda parte del de Frondizi (1958-62), el de José María Guido (1962-63), la Revolución Argentina (1966-73) y el Proceso de Reorganización Nacional (1976-83) llevaron adelante gobiernos que combinaron libertades restringidas con políticas económicas liberales. Adalbert Krieger Vasena, Álvaro Alsogaray, Roberto Áleman, Jorge Webhe, José María Dagnino Pastore y Lorenzo Sigaut instrumentaron políticas liberales – con muchas similitudes a la actual- amparados en el control político y la violencia que les aseguraban los gobiernos, mayoritariamente militares, en los que actuaron. Es que para los sectores medios y bajos, la liberalidad económica siempre ha resultado una trampa, y en la caída de cada dictadura resalta la disconformidad económica de una mayoría de la población. Naturalmente existe un sector social al que el liberalismo económico le conviene, el Estado pequeño lo enamora y la opinión del resto, lo tiene sin cuidado.

En 1983, llegó la democracia, para quedarse. Si los liberales buscaban llegar a empoderarse deberían encontrar otro camino. Lo hicieron presionando a un gobierno con grandes dificultades al que inicialmente le impusieron un par de Ministros que se desempeñaban hasta allí como Ceos de una multinacional, y luego llegaron Domingo Cavallo y Roque Fernández. Volvió la época de las importaciones baratas y las fábricas que cerraban, algo que hoy ya vemos diariamente. Si Menem fracasó, no puede imputarse ese fracaso al intento de imponer una economía bajo los cánones del peronismo. Fue liberalismo clásico, amparado esta vez por la solidez política del peronismo. Sindicalistas que miraron hacia otro lado y aceptaron todo, un aparato político fenomenal y un presidente empático que sabía llegar. Fueron casi diez años de liberalismo. En el gobierno de Macri el componente liberal está presente e incluso  contó por algún tiempo con el mismo ministro que es titular en la actualidad. Es difícil definir los lineamientos económicos del gobierno de Alberto Fernández.

En nada se parece Milei y su peluca con la pelada de Cavallo o Alsogaray. Tampoco se parecen estos tiempos democráticos con aquellos de dictadura. No llegó al poder de la misma forma este gobierno que los nombrados. Eso sí, en todos compramos artículos importados muy económicos, en todos se redujeron las mismas áreas del Estado, ninguna que afecte a los sectores más acomodados. La política económica es similar. Los excesos del Estado no son tales cuando convienen a funcionarios actuales tan “casta” como cualquiera, la corrupción parece no ser patrimonio de los gobiernos anteriores, y el desprecio por las instituciones se asemeja mucho al que profesaban aquellos ministros de facto por la república que determina la Constitución.

En el fracaso económico, los años de política liberal han sido más que los de los de otras maneras de manejar la economía; la mitad, aproximadamente. Más de cuarenta años sobre menos de treinta del peronismo y unos once del radicalismo. Nada nuevo hay bajo el sol, y sería de un optimismo estúpido creer que el mismo camino que sólo favoreció a algunos, en cada ocasión, hoy obtenga un resultado diferente. Ya se nota, y el apoyo inicia su merma, que amenaza con crecer. Por más que los números de la macro puedan mostrarse de una forma positiva, la población tiene dificultades serias para llegar a fin de mes, caen puestos de trabajo, la falta de obra pública comienza a notarse en el deterioro de infraestructura vital, y lo que se restringe en muchos casos afecta a amplios sectores de la población. En palabras de Silvio Rodríguez, el presidente Milei parecería ser “un servidor del pasado en copa nueva”, con resultados que empiezan a parecerse a los de ese pasado que se pretende ocultar.

El barco de la esperanza siembra dudas. Lo nuevo, resulta no ser tan nuevo.

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