El calendario impone la fecha y la obligación de la memoria. Medio siglo nos separan de aquel 24 de marzo de 1976, que siempre será lo que fue, el día fatídico de nuestra historia reciente. El golpe militar que partió la historia contemporánea dejó muertos, desaparecidos, institucionalizó el terror desde el Estado, amordazó la palabra, y al aislarnos por el miedo y la desconfianza, mató la política, que es palabra y acción con los otros.
El 24 de marzo nos humilló como país y nos rezagó como Nación. Pocos saben que la jerga militar bautizó al golpe “Operación Aries” porque coincidió con el cumpleaños del hijo del dictador Videla. Dicen que fue Kissinger quien aconsejó a Videla que el golpe debía ser rápido y oculto para evitar la reacción mundial que sucedió contra el dictador chileno, Augusto Pinochet, que abrió un estadio de fútbol para llenarlo con los presos. Aquí se llenaron de los gritos de los goles en el Mundial del 78 para tapar y ocultar lo que vivía escondido.
Esa espiral de violencia que antecedió al golpe y la apropiación ideológica del 24 de marzo postergaron la comprensión de un golpe militar que no fue una tarea solitaria de los cuarteles, ya que amplios sectores de la sociedad civil apoyaron o bendijeron el golpe, como la Iglesia, la prensa, los empresarios y la política. La mención no es para señalar culpables sino para integrar la verdad completa del golpe del 76 que no necesita adjetivos para aumentar su crueldad. Un plan de muerte en el que deliberadamente se ocultaron los cadáveres para negar los crímenes. Una estrategia perversa para evitar que esos cadáveres como prueba macabra pudieran condenar a un Estado que se hizo terrorista. A los presos desaparecidos los ocultaron en campos de detención clandestinos. A los desaparecidos nadie los vio morir. Sin embargo, esa ausencia es la prueba innegable de que en Argentina todo fue clandestino y mentiroso. Hasta las palabras nos delatan. El eufemismo impuso su disfraz. Nombramos “desaparecidos” a los que son presos asesinados. Y “proceso” a lo que lo niega: la inmovilidad de una sociedad maniatada por el terror.
En la medida que nos fuimos alejando de aquella fecha trágica, se partidizó su evocación. La glorificación de los combatientes congeló y falsificó el pasado y despertó lo que estaba dormido, la velada reivindicación de la “guerra sucia”. Sin que podamos instaurar una verdad histórica fuera del expediente judicial, ni reconocer que en cada víctima hay una parte nuestra que negamos cuando creímos que lo que sucedía nos era ajeno.
Mi vida adulta se confunde con ese tiempo que hoy sabemos trágico, recuerdo hasta la ropa que vestía aquel día, ya fuera de Córdoba, que como un ensayo general anticipó el terror que se extendió por el resto del país. Un golpe anunciado. En las redacciones se hacían apuestas sobre el día que detonaría el golpe. En las vísperas se cerró el Congreso a pretexto de una “desratización”. Una diputada del entonces oficialismo daba alaridos porque había visto ratas correr por los pasillos del palacio legislativo. Literal, sin metáforas.
Han pasado ya cincuenta años. Con generaciones nacidas en libertad pero adoctrinadas por la apropiación ideológica del kirchnerismo, que impuso el feriado del 24 de marzo. Un rojo en el calendario, cuya etimología me exime de toda explicación. Sagrado o profano, el día que Dios descansó de su creación o el feriado del turismo, el feriado es un día festivo. ¿Qué celebran las bombas de estruendos y los gritos de las consignas que llenaron de ruidos las plazas del país y nos expulsaron a los que acudimos en silencio sin preguntarnos sos peronista, sos radical o comunista? Como hicieron las madres del pañuelo blanco al inicio, antes de que identificaran con la muerte los derechos humanos, una filosofía humanista, liberal. La Declaración Universal de los Derechos Humanos, nacida sobre las cenizas del nazismo es la más bella utopía. Conjuga con la vida, garantiza derechos que no son la dádiva generosa de los gobiernos sino su obligación.
Con todo, el golpe del 24 de marzo y su evocación creó anticuerpos contra los golpes militares, a juzgar por la alta valoración de la democracia en nuestro país, según los últimos estudios del Latinobarómetro. Nos resta la reconciliación democrática. No la de una víctima con un verdugo, como promueve la Iglesia, sino la del respeto a la pluralidad democrática.
Resta a la política erradicar el autoritarismo y a la educación, las lecciones morales para que los valores de la tolerancia y el respeto no solo desalojen los resquemores dejados por el terror sino para evitar que nuevos muros se levanten entre nosotros.
Publicado en Mujeres y compañía el 20 de marzo de 2026.
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