Hacía tan sólo un mes que, junto a mi esposa, Olga, llegábamos a Godoy Cruz, Mendoza y, con ello, se cumplía el sueño de radicarnos en esa ciudad de la ‘Tierra del buen sol y del buen vino’ –como orgullosamente la han bautizado sus pobladores pioneros- con el propósito de cumplir el anhelo de estar junto a nuestro núcleo familiar más cercano. Atrás dejábamos la Ciudad de Buenos Aires que nos había cobijado siempre. Aún cuando, por momento, pudimos añorar las costumbres cotidianas de porteños logramos comenzar a disfrutar de una nueva etapa en nuestras vidas. Es cierto. Tuvimos que optar entre dejar familiares y amigos de todo una vida y comenzar a compartir vivencias con quienes, en definitiva, están arraigados en nuestros corazones como nuestra hijas Luciana, una nieta, Tiziana, nuestro yerno, Víctor, a quien adoptamos hace muchos año como nuestro ‘hijo político varón’ y su mamá, Marta. Al principio, en los primeros días del ciertamente lejano enero, todo nos parecía extraño y estaba claro que nuestra diaria rutina cambiaría. Había que adaptarse y pasar del vértigo que a veces impone la vida, en el día a día, la Ciudad de Buenos Aires a la cierta serenidad que caracteriza al interior del país con otros hábitos. Todo distinto.
Ni bien debí cumplir con algunas obligaciones que me llevaban a trasladarme la casa elegida en el barrio ‘Aguas Argentinas’ de Godoy Cruz otros sitios, como ‘Mendoza Ciudad’, terminé asumiendo que me había convertido en “un porteño perdido en Mendoza’ y, en este caso, en una de sus ciudades más densamente pobladas y extensas del territorio de la provincia cuyana con espacio verdes, plazas y parques emblemáticos por doquier como el ‘Luis Menotti Pesacarmona’, el ‘Margarita Malharro de Torres’, el ‘Benegas’ o la bellísima plaza Godoy Cruz, centro neurálgico de la ciudad que le da nombre a ese espacio arbolado alrededor del cual, como ocurre en muchos capitales o localidades de las provincias argentinas se ubican a sobre cada vereda de las calles que la rodean, la iglesia –en este caso la Basílica San Vicente Ferrer-, numerosas entidades bancarias, el Correo Argentina, la sede del municipio, concurridos bares al paso o bien coquetas confiterías, comercios y varios establecimientos educativos públicos y privados.
Había que hacer trámites y, entonces, descubrir cómo viajar de un lado a otro y para esquivar los abultados costos que implican trasladarse en los servicios de automóviles rentados a través de la aplicaciones a las que se puede recurrir en el teléfono celular, que parece que no pero pesan al final del día, el colectivo era lo más recomendable. De paso, los primeros viajes servirían para comenzar a orientare e, incluso, disfrutar de algunos paisajes ya que, en sus recorridos, las numerosas líneas circulan por distinta arterias y, si lo hacen por algunas de los tantos carriles de accesos o avenidas, uno puede entretenerse y extasiarse con el paisaje al ver a lo lejos las imponente montañas -que parecen estar cerca pero no es así- que constituyen tan sólo un primero cordón montañoso. La pregunta que uno se suele hacer es: ¿A cuántos kilómetros de esos macizos se elevará la Cordillera de los Andes? Pero conviene no distraerse mucho. Uno puede creer que el destino final aún está lejos y no es así y si se abstrae de todo puede terminar ‘pasándose’ de la parada en la que debe descender y terminar perdido. En esos iniciales viajes hubo una primera sorpresa. No menos de cinco minutos después de abordar el colectivo y cuando habíamos recorrido unos pocos kilómetros, un par de efectivos policiales junto a no menos de otras dos personas, ascendieron a la unidad. Con toda naturalidad, sin sobresalto alguno, cada pasajero extraía de un bolsillo o mochila la SUBE y la entregaba indistintamente a ese hombre que, con un teléfono celular en mano, controlan desde una aplicación cada tarjeta. Obviamente, cuando me tocó el turno entregué la mía. Cuando el ‘chequeo’ concluye, ese controlador desciende al igual que el personal policial y todo continúa con normalidad. La curiosidad pudo más. Cuando esa revisión había terminado me acerqué al chofer. “¿perdón maestro… de qué se trata lo que ocurrió…?…”, fue mi pregunta que, gentil, mientras el hombre conducía, me explicó que en Mendoza existe una norma por la que personal del Ente de Movilidad Provincial (EMOP) realiza tales controles. Si el pasajero eludió el pago del boleto, el inspector hará que lo abone y si, se resiste, deberá descender inexorablemente de la unidad.
Antes de llagar al destino que tenía previsto en el primero de mis viajes en colectivo volví a acudir al afable conductor para saber de qué manera y en qué lugar, podría encontrar la ‘parada’ del mismo colectivo para regresar al punto de partida. Otra sorpresa: “…ahí mismo en la parada en que se baja…espera y regresa…”. No demoré demasiado en enterarme que la mayoría de las líneas de transporte público de pasajeros no tienen ‘cabeceras’ como en Buenos Aires. Al prestar sus servicios atraviesan casi en circulo el recorrido que cumplen y que, en no pocos casos, atraviesan vastas zonas de lo que se conoce como ‘el Gran Mendoza’, la cuarta aglomeración urbana de la Argentina con un densidad poblacional de un millón de habitantes ya que está compuesta por la Ciudad de Mendoza. Godoy, Cruz, Guaymallén, Las Heras, Maipú y Luján de Cuyo.
En ese deambular por calles y avenidas –con extensiones que van más allá de los 100 metros- por lo que recorrerlas parece que una cuadra ¡no terminará nunca!, habrá afables lugareños, como los hay en Buenos Aires o en cualquier punto de nuestro país que te ayudan a no sentirte ‘un porteño perdido en Mendoza’, aunque hay que acostumbrarse a interpretar algunos costumbrismos. Y entonces al escuchar atentamente a un ‘baqueano’ dar indicaciones si se le pregunta cómo llegar a tal o cual lugar puede que se le escuche decir: ‘…camine derecho pegado al canal y donde se ‘topa’ con la plaza doble…” –podrá ser a la derecha o la izquierda naturalmente “…y ahí nomás está…’ se le oirá decir al interlocutor convertido en ‘guía’. En el trayecto de un lado a otro, al trasponer un acceso o cruzar un puente, aparecen una y otra vez esos canales por los que corre agua de los deshielos de las montañas que para quien recién ‘desembarca’ en suelo cuyano será difícil comprender dónde comienzan y culminan. Lo mejor es hacer caso a las indicaciones y dirigirse hasta donde uno se ‘topa’ con la plaza –es decir se cruza con ese parque tras recorrer varias cuadras- para continuar caminando. De lo contrario la ‘travesía’, sin mediar una nueva pregunta al cruzarse con algún lugareño que conozca como la palma de una mano la zona, puede resultar agotadora y la demora en llegar a destino puede ser mucho más de lo prevista. Y si no, el consejo que uno recibe ni bien pisa suelo mendocino es contar en el teléfono celular con un par de aplicaciones que sirven para orientarse. Los puentes, como el Olive, el carril Sarmiento o bien la Avenida San Martín, la principal de la Ciudad de Mendoza –que atraviesa Las Heras, Mendoza Ciudad y Godoy Cruz y, por lo tanto, se explica que en su extensión los carteles indicativos reflejan su sentido norte, sur, este y oeste- son referencias que bien se pueden tenerse muy presentes ya que un colectivo en su recorrido, tras circular por una u otra arteria- continuará en una u otra dirección. “¡Cuidado! A no distraerse mirando el celular”.
“¡Atento porteño!”: Las avenidas por estos pagos mendocinos son sumamente anchas tanto como sus veredas. Y en éstas últimas, por tener esa característica, aparecen las ‘bicisendas’ por lo que es prudente caminar y no sólo estar atento al cruzar alguna arteria sino también no ser atropellado por un mendocino que va en bicicleta.
Las acequias no son canales de riego que exclusivamente pueden encontrarse en Mendoza pero son todo un símbolo de las ciudades de la provincia. Hay que estar atento al deambular por las calles porque si uno se atreve a cruzar por el medio de ellas deberá ser casi un gimnasta y dar un salto para sortearlas o bien transitar ‘pegaditos’ a ellas hasta llegar a un lugar por el cual transponerlas sin sobresaltos y evitar caer al suelo.
Por estos pagos cuyanos el vértigo tiene un horario. La administración pública atiende desde las 8 de la mañana hasta las 13. Las mesas de los bares, preferentemente céntricos, aparecen colmadas de público, el tránsito a veces se vuelve caótico en algunas de las avenidas. Pero cerca del mediodía empieza una ‘pausa’. El ritual de la ‘siesta’ o el impasse tras el almuerzo resultan irrenunciables aún cuando algunos comercios tengan horario de corrido. Cuando comienza a caer la tarde, si el clima lo permite, los bares con sus mesas en las veredas vuelven a poblarse tanto de pobladores locales como visitantes o turistas. Los mozos van y vienen con los pedidos encargados por los clientes y la tertulia se extiende generalmente cuando empieza a anochecer. La charla en la mesa con un café, un cortado, el típico ‘manchado’ o bien ‘manchao’ –más leche que café- una gaseosa, una cerveza o algún trago con alcohol aparecen en las mesas con o sin nada para matizar la ingesta de la infusión o la bebida. Como en cualquier lugar la charla de quienes rodean una mesa puede versar en torno a cualquier cuestión: política, religión, fútbol, etc. El clima en lo que va del año deparó por esta provincia algunas sorpresas: Dicen los ‘locales’ que no recuerdan un verano con tantas lluvias que, por cierto provocaron inundaciones y hasta la suspensión de algunas actividades previstas en la esperada principal fiesta de los mendocinos ‘La Vendimia’, aunque la noche de la coronación de la Reina 2026, Azul Antolínez, oriunda de San Rafael, se desarrolló con la ‘bendición de Dios’ –se escuchaba decir- ya que se desarrolló bajo un clima sumamente cálido y un cielo estrellado que permitió que los fuegos artificiales deleitaran a quienes asistían al evento en el anfiteatro y bien aquellos que observaban, como es tradición desde las cercanías –muchos desde la zona de los cerros-. Pero el otoño y ahora el invierno llegaron con temperaturas aún más bajas que las acostumbradas. El “porteño perdido en Mendoza” y su esposa recurrieron rápidamente a los abrigos que habían traído de Buenos Aires. Ya han pasado algo más de seis meses desde que con mi esposa llegamos para vivir Godoy Cruz y disfrutar de la familia más íntima. Aún así cada día hay que adoptar recaudos al viajar a otro destino, por ahora, poco o nada conocido para no seguir siendo ‘un porteño perdido en Mendoza’. Habrá que acostumbrarse.








