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Opinión 03 06 2021

Un país en el que parece que pasa de todo y no pasa nada


Autor: Liliana De Riz









Argentina integra el círculo cada vez más estrecho de países estables en la región. Pese a que crece la desconfianza en los políticos y en las instituciones, no hay estallidos sociales. La inflación engrosa los contingentes de pobres e indigentes, hoy cercanos a las cifras de la hecatombe de 2001. La informalidad engorda el caldo de cultivo del narcotráfico. Y sin embargo, hay paz social. Las manifestaciones de protesta pacífica afectan la circulación cotidiana de los ciudadanos, pero no amenazan al poder. Sólo buscan negociar reclamos y para eso tienen a sus jefes.

¿Qué imagen nos devuelve la mirada a países vecinos ? Tras el estallido social de fines de 2019, Chile se encuentra en la encrucijada entre una vía institucional o una insurreccional.

Las recientes elecciones a la Convención Constituyente modificaron el panorama político con la derrota de los partidos tradicionales, el triunfo de una masa variopinta de independientes, y de una izquierda radical. Asoma un discurso anti partidos y voces de redentores que claman “hablar con el pueblo” El sistema político, otra vez descentrado , como lo estuvo a comienzos de los ‘70, no tiene fuerzas gravitantes que contengan “el asalto a los cielos” en esta Constituyente.

Colombia se estremece tras el estallido social que emergió de la reforma impositiva del presidente Duque; apenas una mecha que encendió el combustible latente en una sociedad elitista en la que la violencia tiene largo arraigo, la paz no encuentra respiro y cunde el sentimiento de muchos que creen que no hay nada que perder destruyendo todo.

Perú se encamina a una segunda vuelta electoral para elegir presidente con dos candidatos de un arco político extremadamente fragmentado y que evocan el pasado de enfrentamiento entre Sendero Luminoso y Fujimori padre. Nicaragua, Venezuela, El Salvador, perdidos en su laberinto de mandamases que dicen encarnar a sus pueblos y arrasan con instituciones y con quienes los desafían.

Argentina y México tienen historias muy diversas, muy pocos punto de referencia compartidos, pero ambos son países con estabilidad política.

Aquí no hubo ni revolución ni un partido revolucionario institucional (PRI) que aplicara reglas de cooperación para una sucesión presidencial negociada. El “sufragio electivo, no reelección” aseguró la estabilidad de la fórmula política. Tras un sexenio, los presidentes fueron enterrados junto con las rencillas que despertaron. Se pudo sostener una” dictadura perfecta “durante siete décadas.

A diferencia del PRI, los partidos peronistas no están institucionalizados. Para Perón, su único sucesor era el pueblo. La lucha desatada por encarnarlo continúa con ropajes diversos, sin reglas que la regulen.

Sin embargo, el peronismo resiste el paso del tiempo gracias a , entre otros muchos factores, el empeño de sectores poderosos en desconocer las grandes transformaciones que el peronismo trajo a la sociedad argentina y a su capacidad de reinventarse según la ocasión.

El Morena de Andrés López Obrador, heredero del ideario cardenista- y el Frente de Todos, peronista, ¿podrán seguir conteniendo el descontento? En tiempos de pandemia, desconfianza pública creciente y polarización política, Chile y Colombia encienden luces rojas.

En Argentina, el virus se desparrama por falta de vacunas, testeos y rastreos suficientes. Desconfiamos, fatigados de toda estrategia que no apele al único antídoto hasta ahora probado: las vacunas. Soportamos la cuarentena más prolongada del planeta durante 2020. Nuestra economía está quebrada. Las promesas se renuevan, pero no se cumplen.

¿Por qué confiar? No pudimos acceder a la senda del progreso que prometió Cambiemos, ni podemos capear el temporal de esta pandemia. La prohibiciones se multiplican mientras que la Justicia está asediada. ¿El poder será impunidad consagrada en la ley? ¿El encierro seguirá siendo el único recursos defensivo que lo consume todo y a todos?

Nos resignamos a que las leyes que no benefician a los poderosos de turno, se anulen; a que se prohíba lo que se prometió estimular, a que se nieguen los principios proclamados, a que nos mientan. ¿En quiénes confiar?

En México, un redentor mesiánico, AMLO, se encomienda a la virgen de Guadalupe y su palabra es la ley. Aquí, un presidente débil confía en la bendición papal y una vicepresidente maneja el poder, escondida en una fórmula electoral con la que pergeñó la estafa más sensacional de nuestros tiempos. Sin duda, Cristina Kirchner integra la estirpe de redentores que alientan utopías regresivas. Pero la sociedad argentina resiste a ser manejada como un traje a su medida.

En México, decía Carlos Monsiváis, no pasa nada hasta que te das cuenta que pasa de todo. En Argentina, pasa de todo hasta que te das cuenta que no pasa nada, decía yo. Sin desterrar el odio de la política y negociar la rabia, los argentinos no encontraremos la salida del laberinto y las sombras de la anarquía surgirán en el horizonte, como ya advertía Carlos Pellegrini para describir el país mal unido que le tocó gobernar. 

Publicado en Clarín el 31 de mayo de 2021.