I. Jamás se me ocurriría calificar a Donald Trump de nazi o de fascista. Y no lo haría por la sencilla razón de que no lo es. Con la misma certeza digo que sí puedo permitirme decir que su moral política es la de un gángster, una apreciación que se me habia ocurrido, pero a decir verdad no me pertenece porque quien así lo calificó fue Francis Fukuyama, el autor, nada más y nada menos, que del “fin de las ideologías”. La moral de un gángster es la de Al Capone o, si vamos al cine, la de Michel Corleone. Se conversa, se negocia, bajo la convicción de que finalmente lo que se impone es la fuerza. “Hay políticas que no pueden tener éxito con discursos y poemas sino con hierro y sangre”. Esto no lo dijo Al Capone, lo dijo Bismarck en la segunda mitad del siglo XIX, pero lo hubiera firmado Donald Trump. Tampoco hubiera rechazado el principio mafioso de que “hay tres maneras de hacer las cosas: bien, mal o como yo las hago”. Sin los límites de la ley, el ejercicio del poder deviene en mafioso con relativa facilidad. Dicen que el general Suárez Mason una vez lo citó a Mariano Grondona en su despacho. Iniciada la reunión, Suárez Mason sacó una pistola del cajón de su escritorio y amenazó de muerte al reconocido periodista de la derecha argentina. “Una crítica más y te levanto la tapa de los sesos”. Quien decía esto no era un general, un soldado o un funcionario público, era un gángster mafioso.
II. Trump sostiene que no hay legalidad internacional, y la única ley que admite es la que le dicta su propia moralidad. Ese aporte al humanismo occidental lo brindó para defender al sicofante uniformado que asesinó por la espalda a Renee Good, un presunto inmigrante. Según su singular moralidad, el polícia está justificado porque sintió que le faltaban el respeto. Corleone hubiera sido más escrupuloso o no lo hubiera expresado con tanta crudeza. Entre un gángster y un dictador bananero estilo Trujillo o Somoza tampoco hay demasiadas diferencias. Alguna vez Bertold Brecht escribió un relato para referirse a esas similitudes. No descubría la pólvora. Incluso hasta en los detalles. Megalómanos, paranoicos, narcisistas, infantilmente vanidosos, capaces de desatar una tragedia o crear una crisis de estado por una minucia como, por ejemplo, el capricho de recibir la medalla del Premio Nobel. Trump declara en Davos con insistencia: “No usaré la fuerza, no usaré la fuerza, no usaré la fuerza”. Lo dice el hombre que reclama la propiedad de Groenlandia con lógica de agente inmobiliario, que trata de “gobernador” al presidente de Canadá, que le advierte a Prato que cuide su trasero y que hace un par de semanas realizó un operativo “exitoso” en Venezuela. A no llamarse a engaño: solo quienes disponen de la fuerza y saben que están dispuestos a usarla, puede proclamar con tanta insistencia que no la usará. Claro que la fuerza es eficaz, entre otras cosas porque está liberada de “la molestia” de los límites y los controles. Meyer Lansky, mafioso judío, liberó a Estados Unidos del flagelo de los brotes nazis que habian surgido a mediados de los años treinta. Y lo hizo a su manera. Cada reunión abierta o cerrada de los seguidores de Hitler en Nueva York, Chicago o Boston, era interrumpida por hombres con gabardina, sombreros a la altura de los ojos y pistolas y ametralladoras. Cuando llegaba la policía no quedaba un nazi vivo.
III. Una de las virtudes de Trump ha sido la de que nos enseñó a valorar a otros presidentes norteamericanos. Pienso en Eisenhower, quien colocado ante el dilema de una intervención militar se opuso diciendo: “No voy a comparecer ante Dios con las manos manchadas de sangre”. Pienso en John Kennedy: “La humanidad debe poner fin a la guerra o la guerra pondrá fin a la humanidad”. Con Trump aprendimos a revalorizar a presidentes que en otros tiempos nos escandalizaban. “La historia nos enseña que la guerra empieza cuando los gobiernos creen que el precio de la agresión es barato”, dijo Ronald Reagan. Todos, todos, entiéndalo señor Milei, gobernaron convencidos de que eran jefes de estado. Usted también lo es, señor Javier. Lo es, o debería serlo. Voy al siglo XVI. El cardenal Richelieu cuando dijo: “No tengo enemigos personales, mis únicos enemigos son los enemigos del estado”. A ese dilema Milei lo corrige facil: Richelieu era comunista
IV. Milei en Davos dicta conferencias. Alguna vez les reprochó a los ricos que asisten a Davos por estar contaminados de ideología socialista. Los presentes se miraban entre ellos maravillados. Ni en sus pesadillas más esperpénticas se imaginaron que alguna vez serían acusados de socialistas. En la segunda intervención sugirió que homosexual y abusador de menores eran más o menos lo mismo. Ahora, brindó una lección acerca de las bondades de la economía libertaria. Una lección que muy bien podría leerse en la solapa del más elemental y rústico libro de divulgación de la economía de mercado. Rosendo Fraga calificó a su discurso de “académico”. Al señor Fraga le diría que su concepto de los académico es muy pobre. Una conferencia de un economista profesional se diferencia de un panfleto. Y, lo siento por muchos, lo de Milei no fue más que un panfleto. Citó con fe religiosa a los autores del santoral liberista, una licencia que un presidente de todos los argentinos no debería permitirse. Inició el discurso proclamando la muerte de Maquiavelo. No sé qué entiende o qué leyó Milei de Maquiavelo. Lo que aseguro, es que las lecciones políticas del sagaz florentino se practican todos los días a lo largo y a lo ancho del planeta. Lo siento señor Milei, pero Maquiavelo es más popular y vende más que su admirado Rothbard.
V. Milei habla acerca de las angustias de los ricos como si el mundo estuviera a punto de caer en las garras del comunismo. Para su tranquilidad le digo que en este mundo que nos ha tocado vivir estamos sometidos a diversas incertidumbres, diversos miedos, diversas necesidades insatisfechas, carencias que los ricos de este mundo desconocen. Nunca en la historia de la humanidad los ricos han dispuesto de tanta seguridad y han disfrutado de la riqueza con tanta felicidad. Hasta en China los ricos viven muy bien, pero este no parece ser el punto de vista de nuestro presidente. Sin embargo, el enemigo sigue siendo “el socialismo”. Una anécdota menor: las ciudades de Buenos Aires, Mar del Plata, Rosario, Mendoza y Córdoba han honrado a Juan B. Justo con avenidas importantes. También hay plazas y monumentos. El valor simbólico de estas designaciones merece destacarse. Para la historia argentina de las tres primeras décadas del siglo veinte Juan B. Justo es un prócer. Ese prócer, le recuerdo a Milei, fundó el Partido Socialista y tradujo del alemán al español El Capital de Carlos Marx. Justo demostró con su prédica política que libertad y justicia son valores que deben ir de la mano. Es verdad que pululan izquierdistas imbéciles, pero esa imbecilidad suele ser parecida, demasiado parecida, a la imbecilidad de la ultraderecha que pretende resucitar las cazas de brujas y los sacrificios de los chivos expiatorios.
Publicado en El Litoral el 21 de enero de 2026.








