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Trump traicionó su propia estrategia de seguridad nacional

No hay doctrina, solo capricho.

Traducción Alejandro Garvie

Es una pretensión de los intelectuales de política exterior intentar inferir, a partir de declaraciones y acontecimientos, una doctrina coherente que sustente las actividades de una administración. A estas alturas debería estar claro que no existe tal cosa como una doctrina Trump. La propia administración intentó articular tal doctrina el pasado noviembre, cuando llevó a cabo el ritual de elaborar una Estrategia de Seguridad Nacional para el segundo mandato de Trump.

Hoy resulta evidente que ese documento estratégico no guarda relación alguna con la política exterior real de la administración. La Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) se caracterizó por centrar la estrategia estadounidense en el hemisferio occidental y restar importancia a Europa. Menciona Oriente Medio únicamente para afirmar que el enfoque de administraciones anteriores en esa región ya no era necesario, dado que Estados Unidos se había convertido en un exportador neto de energía. Solo menciona a Irán dos veces: la primera para celebrar que el presidente Trump hubiera negociado la “paz” entre Teherán e Israel, y la segunda para señalar que las capacidades nucleares de Irán se habían visto “muy debilitadas” por el ataque estadounidense del verano pasado. En ningún momento se aborda el programa nuclear iraní como una amenaza para Estados Unidos. La ESN sí menciona el estrecho de Ormuz en los siguientes términos:

Estados Unidos siempre tendrá un interés fundamental en garantizar que los suministros de energía del Golfo no caigan en manos de un enemigo declarado, que el estrecho de Ormuz permanezca abierto, que el mar Rojo siga siendo navegable, que la región no sea una incubadora ni un exportador de terrorismo contra los intereses estadounidenses o el territorio estadounidense, y que Israel permanezca seguro.

Por supuesto, el documento de Estrategia de Seguridad Nacional no sugiere que Estados Unidos pueda provocar el cierre del estrecho lanzando un ataque, junto con Israel, contra Irán.

Por el contrario, las primeras páginas de la Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) dedican tiempo a hablar de la necesidad de que Estados Unidos acote su definición de intereses fundamentales. Argumenta: “Una estrategia debe evaluar, clasificar y priorizar. No todos los países, regiones, asuntos o causas —por muy valiosos que sean— pueden ser el foco de la estrategia estadounidense”. Continúa criticando a las administraciones anteriores cuyas estrategias han sido “listas interminables de deseos o estados finales anhelados”, listas que “no han definido claramente lo que queremos, sino que han expresado vagas generalidades”. Afirma además que los predecesores “a menudo han juzgado mal lo que deberíamos querer”.

Todo esto tiene sentido en teoría, pero no guarda relación con las acciones posteriores de la administración Trump. Irán no representa, ni es probable que represente en el futuro, una amenaza directa para Estados Unidos. Si bien podría considerarse una amenaza para Israel, considerar la seguridad de Israel como vital para la de Estados Unidos equivale a sobreestimar la importancia de la misión, tal como lo critica la Estrategia de Seguridad Nacional.

 

La verdad es que el comportamiento de Estados Unidos se explica mejor no por un conjunto de principios o una jerarquía de prioridades, sino por los intereses y preocupaciones personales del hombre que hoy es presidente. La cabeza de Trump está llena de resentimientos, ira, anécdotas, hechos inventados, cosas que escuchó en Fox News y mentiras descaradas que él mismo se ha convencido de que son ciertas.

Al parecer, inició su segundo mandato favoreciendo la moderación en política exterior que defiende la Estrategia de Seguridad Nacional: inicialmente advirtió a Bibi Netanyahu sobre los peligros de atacar Irán el verano pasado. Sin embargo, el primer ministro israelí atacó Irán de todos modos, lo que le brindó la oportunidad de una operación única e irresistible. A principios de enero, se produjo la captura de Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, en la que Trump tuvo mucha suerte. La difícil operación fue un éxito y el nuevo líder venezolano se mostró dócil. Esto parece haber convencido a Trump de que tenía a su disposición un valioso instrumento militar y que no solo podía usarlo a bajo costo, sino que además sería aplaudido por hacerlo.

Tras Venezuela, un entrevistador le preguntó si existían límites a sus acciones internacionales, a lo que respondió que lo único que podía detenerlo era “mi moral”. Netanyahu parece haberlo convencido de que Irán sería otra Venezuela y que el régimen colapsaría rápidamente tras los primeros golpes. Para entonces, Trump ya confiaba plenamente en su propio instinto para la política exterior; cuando se le preguntó recientemente cuándo terminaría la guerra, dijo que lo “sentiría en los huesos”.

Las doctrinas de política exterior no son meramente de interés académico; su propósito es orientar y coordinar las actividades de las instituciones que gobiernan el país: el Departamento de Estado, las fuerzas armadas y la comunidad de inteligencia. El Consejo de Seguridad Nacional tiene como función analizar las diferentes perspectivas y presentar opciones, así como advertir sobre posibles riesgos futuros, al máximo responsable de la toma de decisiones.

En la actualidad, ninguna de estas instituciones funciona correctamente. Están dirigidas por aduladores como Tulsi Gabbard, la Directora de Inteligencia Nacional, cuyo principal objetivo es congraciarse con Trump. Trump se apoya en emisarios como Steve Witkoff y su yerno Jared Kushner, ninguno de los cuales tiene la autoridad ni el conocimiento para aconsejar con sensatez, o en matones ridículos como el Secretario de Defensa Pete Hegseth, quien tiene sus propios problemas psicológicos.

Los miembros del Congreso, los periodistas y los líderes extranjeros que pregunten al gobierno cuáles son sus objetivos jamás obtendrán respuesta. Esos objetivos son, básicamente, lo que Trump crea que mejor impulsará su posición política en el país, así como acciones que lo enriquezcan a él y a su familia. En un momento, exige un cambio de régimen y una “rendición incondicional”; al siguiente, explica que el régimen iraní ya ha sido cambiado; de hecho, que los iraníes le han pedido que gobierne su país.

No es positivo que el país más poderoso del mundo se guíe no por ideas claras, sino por las necesidades personales de un solo líder. No existe tal cosa como una Doctrina Trump y, por consiguiente, no hay base alguna para ningún tipo de orden mundial.

Link https://www.persuasion.community/p/theres-no-such-thing-as-the-trump

 

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