Su mayor mentira no tenía que ver con las elecciones.
Traducción Alejandro Garvie
Evolución de la imagen de los EE.UU. frente a China en algunos países:

Fuente: Pew
Donald Trump me sorprendió anoche. Esperaba escuchar mentiras escandalosas sobre las elecciones de 2020. En cambio, lo que ofreció fueron insinuaciones insulsas que no convencieron a nadie.
Lo cual no quiere decir que su discurso estuviera exento de mentiras. De hecho, casi cada palabra que pronunció fue una mentira. Pero las mentiras más espectaculares no se referían a las elecciones estadounidenses. Ocurrieron al principio, cuando Trump alardeó del lugar que ocupa Estados Unidos en el mundo.
Esta es la parte que me llamó la atención:
“Teníamos personas transgénero para todo, hombres en deportes femeninos, la delincuencia asolaba nuestras ciudades y el mundo entero se reía de nosotros como nación, pero eso se acabó. Hace dos años, nuestro país estaba muerto. Ahora, somos el país más popular del mundo. Estados Unidos goza de un respeto sin precedentes.”
En realidad, una de las consecuencias más espectaculares del regreso de Trump al poder y el desastre que ha provocado desde entonces ha sido el colapso del respeto global hacia Estados Unidos. El gráfico que encabeza esta publicación proviene de la Encuesta de Actitudes Globales de Pew, pero no hace falta una encuesta formal para saber que el mundo desprecia cada vez más a Estados Unidos. Basta con viajar al extranjero y hablar con la gente.
Y no se trata solo de la opinión pública. Gobiernos de todo el mundo, incluyendo naciones que solían ser nuestros aliados más leales, se esfuerzan por reducir su dependencia, tanto económica como militar, de unos Estados Unidos en los que no se puede confiar y que, además, han demostrado ser mucho más débiles de lo que nadie imaginaba.
¿Por qué importan las actitudes globales hacia Estados Unidos? Para empezar, obviamente le importan muchísimo a Trump. Afirmar que Estados Unidos era el hazmerreír bajo el mandato de Biden, pero que ahora todos lo admiran, es uno de los temas principales de muchos de sus discursos. Trump no es, por decirlo suavemente, un hombre con gran fortaleza interior. Vive para la validación externa, o al menos para la apariencia de ella. Claramente, la ilusión de que el mundo admira su poderío es clave para su frágil autoestima.
Más importante aún, las fanfarronadas de Trump sobre la reputación internacional de Estados Unidos forman parte de la argumentación que está construyendo para perturbar o rechazar los resultados de las elecciones de mitad de mandato. Trump no solo insiste en que todo está amañado en su contra, sino que también afirma que, dado que está haciendo un trabajo tan increíble —gobernando como nadie antes—, nadie debería interponerse en su camino ni poner límites a su poder.
Se puede afirmar con seguridad que, a estas alturas, nadie que no estuviera ya completamente entregado a Trump se deja convencer por toda esta fanfarronería, ni por nada de lo que dijo anoche en su discurso insulso y aburrido. Pero recordemos: a estas alturas, nada de lo que dice Trump tiene que ver realmente con persuadir. Se trata simplemente de sentar las bases para su intento de destruir la democracia.
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