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Trump castigará a Sánchez por lo que es y por lo que representa

Trump es vengativo. Sánchez no escapará a su ira. No solo por haberle plantado cara, sino por haber arrastrado a otros dirigentes. Desde el trumpismo se le ve más como un político de convicciones, o incluso oportunista, que como un dirigente responsable. El presidente español se ha convertido en un elemento muy nocivo para este Washington, por lo que es, por lo que hace y por lo que representa. Trump necesita dar un castigo ejemplar.

El “no a la guerra” de Sánchez ha forzado a otros dirigentes a oponerse abiertamente a ella o, cuando menos, a mostrar una visible tibieza, con algunas consecuencias operativas sobre el uso por las fuerzas estadounidenses de bases en sus territorios. Entre ellos, Macron, Starmer e incluso Meloni, por citar a tres dirigentes de distinto signo político, aunque sus actitudes han sido menos radicales que la del español. Italia ha denegado a aviones de combate estadounidenses permiso para repostar en Sicilia de camino a la guerra contra Irán, y Trump ha insultado a Francia y a su presidente por impedir que aviones relacionados con el conflicto sobrevolaran su territorio.

Sánchez ha sido el más crítico de los europeos, no solo con EE. UU., sino también con Israel, por la masacre en Gaza, primero, y la colonización de parte de los territorios ocupados en Cisjordania y la guerra contra Hezbolá en Líbano. Y ha reconocido la estatalidad de Palestina. Sánchez no es solo el jefe del Gobierno español, sino también el presidente de la Internacional Socialista desde 2022 y el que ha convocado la Global Progressive Mobilisation, una cumbre progresista en Barcelona para este fin de semana, con presencia del sur global (con especial mención a Lula y Sheinbaum), en la que el “no a la guerra” recibirá otro espaldarazo. A eso se suma lo que salga del otro evento, la IV Reunión en Defensa de la Democracia, cuando la democracia en EE. UU., no digamos ya en Israel, está en entredicho. Estas izquierdas son contra las que se dirige la campaña global de Trump a favor de las derechas radicales. Y encima, como desafiando a EE. UU., Sánchez viaja a China para potenciar las relaciones de España y la UE con Pekín. Claro, Trump tiene previsto hacerlo en unas semanas. Pero él es él.

A Trump le habrán dicho que Sánchez perderá las próximas elecciones, como tarde a mediados de 2027, y llegará una coalición de derecha y derecha radical que será más afín. Pero no esperará. Sánchez puede estar contemplando que Trump se desactivará tras perder, al menos, la Cámara de Representantes en noviembre, más aún con esta guerra y su impacto en los ciudadanos estadounidenses, o incluso por destitución del presidente por incapacidad. Pero no hay que descartar sorpresas, y Trump, además, cabalga sobre la ejecutivitis, el predominio del Poder Ejecutivo sobre el Legislativo (con control del Judicial), enfermedad que sufren casi todas las democracias en la actualidad, incluida la española.

Los electorados andan volubles. El último caso ha sido Hungría. La derrota de Orbán deja en mala posición a Trump. La presencia de J. D. Vance en la campaña resulta no solo insólita, sino mal informada. ¿Un vicepresidente de EE. UU. en Budapest para perder? Se han puesto en evidencia graves fallos en la información que le llega a Trump y a su Gobierno, aunque los aparatos ministeriales sin duda la tienen. Algo está fallando. Y Trump se está convirtiendo en una rémora. Su apoyo explícito en elecciones en países democráticos ahora resulta tóxico. A tomar en cuenta en España.

Poco después de la segunda llegada de Trump a la Casa Blanca, advertimos en Agenda Pública que Sánchez podía chocar no solo con Trump, sino con un triángulo cuyos vértices eran EE. UU., Israel y Marruecos. Si las relaciones con el eje EE. UU.-Israel eran malas, ahora son pésimas. Si bien no se puede ignorar que España (como el resto de los países europeos, algo menos Francia) es totalmente dependiente de EE. UU. en seguridad y defensa, en armamento avanzado, en tecnología civil (incluida la digitalización y la inteligencia artificial) y en energía (gas y petróleo), algo que no se cansa de recordar Borrell, libre de sus cargos. Sánchez aboga por la creación inmediata de un “ejército europeo“. Sea lo que sea eso, no se logrará en mucho tiempo, aunque en algún momento hay que empezar. Y luego está la OTAN, que ha perdido credibilidad (aunque no maquinaria). Habría que seguir también el ejemplo francés, que ha decretado el uso de Linux, de código abierto, como sistema operativo de todos los ordenadores de los ministerios para el próximo otoño, un paso concreto hacia una soberanía digital.

Trump tiene varios ases en la manga. Las cuestiones comerciales han de tratarlas con la Unión Europea. No puede imponer medidas comerciales unilaterales contra uno de sus Estados miembros (aunque sí buscar subterfugios de seguridad o sanitarios). La mayor defensa de Sánchez para España es la Unión Europea, lo que requerirá algo más de su parte. Trump puede presionar sobre inversores estadounidenses en España, pero no sería creíble que lo hiciera para limitar servicios como Google, Amazon u otros que forman parte del marco de poder de EE. UU. En cuanto a la presencia estadounidense en las bases de Rota y Morón, no solo le resultaría muy costoso trasladarlas a otro país, sino que tienen una ubicación única. Podría pensarse en Marruecos, pero hay cola entre el personal militar estadounidense para vivir en España con las condiciones de calidad de vida y seguridad que encuentran, que no tendrían en Marruecos.

El país norafricano se ha convertido en socio destacado de Washington y en pieza esencial para Oriente Medio. Contribuyó durante la primera Administración Trump a los llamados Acuerdos Abraham, de reconocimiento de Israel por parte de varios países árabes, que estaban cambiando los equilibrios en la zona. El reino alauí se está moviendo mucho en Washington. Trump se podría ver tentado de excitarlo (por ejemplo, sobre Ceuta y Melilla) para molestar a Sánchez. De hecho, un analista del lobby como Michael Rubin viene espoleando a Trump para que reconozca estas plazas como parte de Marruecos. Aunque Rabat suele ser cauto, sabedor de las próximas elecciones en España. Y frente a la guerra de Gaza, Irán y Líbano, la opinión pública marroquí está en contra, aunque el régimen tienda siempre a acercarse a EE. UU. Sin olvidar que Sánchez moduló la política española hacia el Sáhara Occidental, acercándose a las tesis autonomistas marroquíes.

Israel, por su parte, está enfurecido por las actitudes españolas. Las relaciones entre los servicios de inteligencia de ambos países, sobre todo en la lucha antiterrorista, han sido esenciales para ambos países. A ello se suma la importancia de algunos elementos tecnológicos de seguridad. Pero la crisis está servida.

Hay muchas otras posibilidades, y Trump querrá sorprender, aunque ni lo de Irán le haya salido bien —no ha diferenciado entre fin militar y fin político de una guerra— ni tampoco las elecciones en Hungría. Sánchez, aunque lo pareciera al principio, no está solo, aunque pocos quieran compartir plenamente su grado de radicalidad.

Publicado en Agenda Pública.

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