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Opinión 27 07 2020

Trampa 44


Autor: Miguel Pereira









Junto a millones de compatriotas, me encuentro sentado en el Gran Cine República Argentina. Se trata de una inmensa sala que alguna vez fue esplendorosa, envidia de empresarios iberoamericanos del espectáculo que soñaban con replicar su lujo, pero que tenían que contentarse con la mezquindad de recursos que sus economías les ofrecían y sus audiencias podían costear.

Hoy, nuestro gran cine exhala decadencia desde sus paredes descascaradas y sus butacas desvencijadas. La película fue promocionada como un gran estreno aunque algunos críticos vieron en ella una “remake”, o sea, una versión mejorada y actualizada de otro film que nos hiciera llorar o reír hace algunos años. No ha pasado ni un cuarto de hora de proyección y la película, que venía bastante tranquila, se torna en una vorágine acelerada de secuencias que no dan ni un segundo de respiro.

Puedo reconocer a varios de los personajes principales y a otros de reparto. Muchos de los diálogos y las situaciones ya las he escuchado anteriormente. En la oscuridad de la sala, miro a mi alrededor tratando de adivinar las reacciones del resto del público y quedo sorprendido, frustrado. Nadie parece darse cuenta que estamos viendo la continuación de una película ya vista y que había quedado trunca.

Pero ahora nos encontramos viendo el supuesto estreno, la versión mejorada con el nuevo galán protagónico. Y por si esto fuera poco, la película viene con un nuevo actor, un antagonista que no es de reparto precisamente. “El Bicho Covid 19”, el que mete miedo como nadie lo hizo antes en este país de crueldades indecibles.

Toda esa andanada rápida y furiosa de escenas comienza a ralentizarse hasta convertirse en un “loop”, o sea, un sinfín, la repetición de la misma escena hasta el infinito. Lo curioso resulta que el actor excluyente de este loop, es el Bicho, pero nadie puede verlo, es invisible en la pantalla. Y sin embargo la gente está aterrada. Y se asusta aún más cuando aparecen políticos que se las dan de médicos epidemiólogos y médicos epidemiólogos que actúan como políticos. Repiten incesantemente las palabras “muerte” y “muertos” y nos recomiendan el encierro dentro del cine por cuarenta días, para que el Bicho no nos vea y no pueda asesinarnos. Es ahí que cunde el pánico en la sala y todos corremos hacia las salidas, pero las fuerzas del orden y la sanidad nos impiden escapar. Con forzada resignación regresamos a los puntudos resortes de las butacas para someternos a la cruel tortura de mirar la misma escena una y otra vez.

Ya han pasado más de 100 días de encierro y ni noticias de que el Bicho se haya ido del cine. ¿Andará por aquí realmente? Se murmura que algunos espectadores lograron escapar, pero, una vez en la calle, fueron destrozados sin piedad por el monstruo. También se dice que hay algunos muertos en el pullman y las filas de atrás de la sala, pero la gran mayoría no ha sido tocada.

Nos cambian de fila. Nos reubican por distintas partes de la platea. Hacen sentar a algunos en los pasillos y a otros los mandan al fondo de la sala. El público se impacienta, comienza a tener hambre, aparecen ataques de claustrofobia. Si seguimos metidos aquí, pronto se acabarán las pocas golosinas que tenemos para comer. Estamos atrapados y nos iremos cocinando a fuego lento.

Recuerdo una película de guerra, en realidad una comedia negra que me fascinó, protagonizada por Alan Artkin, “Trampa 22”. En ella, Artkin encarna al Capitán John Yossarian, piloto de un bombardero en la Segunda Guerra Mundial, al que obligan a realizar 25 misiones peligrosas junto con su escuadrón, antes de rotarlos y enviarlos de vuelta a casa. Cuando varios de sus camaradas son derribados y mueren antes de cumplir las 25 misiones, el Capitán le ruega al Coronel a cargo de la base aérea, que suspenda las incursiones, ya que estas se parecen cada vez más a ataques suicidas y es muy probable que él también pierda la vida en una de ellas. Como única respuesta, el Coronel decide incrementar a 80 misiones cumplidas, un número inalcanzable, para poder ser reemplazado y quedarse en tierra. Es, prácticamente, una sentencia de muerte para Yossarian.

Decide intentar otra vía de escape. Se ha enterado qué en el Reglamento de pilotos, existe una cláusula, la 22, que permite dar de baja a aquellos pilotos que hayan perdido el juicio. Se presenta ante el médico de la base, alegando que está fundido, su cabeza quemada, que ya le es imposible pilotear un avión y que quiere apelar a la cláusula 22. El facultativo le dice que, en efecto, está en lo correcto y puede hacerlo… pero hay una trampita. Un piloto estaría loco si continuara volando más misiones y, si está loco, no está en condiciones de volar. Pero si el piloto se niega a volar más misiones, significa que está perfectamente cuerdo porque no quiere correr el riesgo de perder su vida; ergo, está en condiciones de volar y llevar a cabo más misiones.

Cualquier parecido con la realidad de la cuarentena más largo del mundo, no es pura coincidencia.

Nos metieron en este callejón sin salida, donde el que se escapa del cine a trabajar para procurarse comida, muere por la acción del Bicho. Y los que acatan las órdenes y se quedan mirando la escena sin fin en la pantalla, a la larga, morirán por inanición. Bueno, pero siempre nos queda el recurso de protestar en defensa de nuestros derechos individuales. ¿No estamos en Democracia, acaso? ¿No nos ampara la Constitución? Sí, por supuesto.

Pero el problema es que para todos aquellos que quieran cuestionar este axioma, supuestamente sanitario, tendrán que recurrir a una adaptación de la Cláusula 22, de Trampa 22, que en la Argentina de hoy podemos llamar la Cláusula 44, de Trampa 44.

¿Y por qué 44? Por la desmesura, la incongruencia, el híper realismo mágico que se apoderó del Gran Cine República Argentina desde hace más de medio siglo. Con cada nueva película, con cada nuevo administrador del cine, se siguen creando leyes, decretos y reglas, tan arbitrarias, que solo intentan justificar o esconder su propio abuso de poder. Y así llegamos al paroxismo de esta última película que nos propone salvar la vida a cambio de morirnos de hambre, de renunciar a nuestros derechos elementales en pos de un bien común ejercido por el Estado. Esa es la nueva Cláusula 44 que hoy nos rige.

Sin embargo, creo que esta vez es distinto; estamos llegando al final del último rollo, del último acto de Trampa 44. La lámpara del proyector está a punto de quemarse. Confío en que la gente, finalmente, se dará cuenta que ha estado mirando la misma película desde hace décadas, con los mismos actores que salen de cuadro y vuelven a entrar en la escena siguiente con un cambio de vestuario o maquillaje. Y el guion, básicamente, siempre ha sido el mismo. Salvo hacerle algunos retoques, nadie se ha atrevido a cambiarlo.

A medida que la pantalla ya casi no refleja ninguna luz y la sala va quedando completamente a oscuras, se da una situación paradojal. Giro mi cabeza para observar al resto de mis compatriotas y puedo distinguir, con toda claridad, que sus pupilas se han dilatado en forma exagerada. Sonrío esperanzado. Creo que, por primera vez, pueden ver la realidad de todo lo que ocurre en el Gran Cine República Argentina. Sí, esta vez será diferente. ¿O no?