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Sostener el recuerdo: todo un desafío

La conmemoración de los cincuenta años del Golpe de Estado de 1976 ha generado una enorme producción de notas, recuerdos y resignificaciones de la fecha y su trascendencia. En buena hora, siempre.
Lo que ese episodio significa no debería perder actualidad, nunca. Esto es, sin embargo, en parte, una manifestación de deseos.
Queda muy claro que para quienes lo vivimos, ese tiempo y no necesariamente ese día, -el 24 de marzo finaliza un capítulo de nuestra historia y comienza otro- jamás dejará de tener una presencia inevitable en nuestras vidas, mayor o menor de acuerdo a cada experiencia, pero siempre acompañando nuestro vivir. El horror, la violencia extrema, el sadismo, la censura, la desinformación, la ausencia de solidaridad, el miedo, el castigo sin justificación, la ausencia de justicia, el exilio, las desapariciones, la soberbia de un estado asesino y sin ley, la ignorancia de quienes tomaron decisiones, la deshumanización de una maquinaria de gobierno feroz, la falta de compromiso ante el temor, la prohibición de la política y la actividad gremial, la restricción educativa, la deformación educativa, la falta de libertad en todos los aspectos, el recuerdo de un pueblo niño al que le dijeron desde la violencia lo que podía hacer o no, lo que podia decir o no, lo que podía escuchar o no. Aquel país del “no me acuerdo”. Quién podría olvidarse?
Sin embargo, aquellos que hoy tienen 43 años o menos, la mayoría de la población actual, no vivió ni un solo día bajo una dictadura semejante. Los personajes le son ajenos en buena parte y la libertad, tal como la que perdimos los argentinos a partir del 24 de marzo de 1976 hasta la recuperación democrática, no parece ser una preocupación significativa.
Los cien años de democracia que propuso Alfonsín están corriendo, como pueden aunque con solidez institucional. La vigencia republicana enfrenta permanentes desafíos pero sigue adelante y, tal como lo explican numerosos cientistas sociales, lo que está vigente pierde valor como objetivo politico. Muchos jóvenes no logran encastrar lo que ocurrió en la dictadura, con sus vidas actuales. Les resulta un relato del pasado por el que sectores políticos se disputan el protagonismo, con más o menos argumentos. No aparecen estos valores como objetivos, no les atrapa un discurso que alerte sobre su trascendencia, porque en líneas generales no adolescen ni adolescieron de ellos, sino de otras cosas. Lo que está, está. Por básico que sea.
Y allí radica la dificultad de la transmisión de un fragmento de la historia argentina que no debería repetirse bajo ningún concepto. Más complejo todavía es lograr que ese concepto deje de ser parte exclusiva de la narración histórica para integrar una base ideológica democrática de cualquier fuerza republicana.
Hoy no pasa eso, y sería un error entender que hay una batalla ganada. Quizás eso se logró temporalmente, pero hoy la población es otra y los intereses son diversos. Todo lo realizado en los ochenta demostró el demérito y el horror, y esa comprobación se hizo carne en la enorme mayoría de la sociedad que lo había atravesado. Claro que, en la medida que quienes vivimos ese período nos vayamos yendo, sostener el recuerdo se irá haciendo más y más dificil.
Nadie puede asumir por sí la receta para que esa amnesia o desinterés ocurra. Sin embargo es posible proponer algunos puntos que ayudarían en este sentido.
La primera de ellas tiene que ver con centrar el esfuerzo menos en los hechos en sí que en los valores. Esos valores que movilizaron la historia en uno y otro sentido, a diferencia de los acontecimientos, no pierden actualidad con el paso del tiempo. La historia como fondo de la axiología y la ética. El tema podría siempre conservar una cierta actualidad, y si bien todo puede modificarse, está claro que esos valores mantienen su sentido sostenidamente, por encima de hechos que suceden hoy y cuesta rememorar en un tiempo.
El segundo de los caminos, ya estrictamente histórico, sería el de abandonar relatos que cuenten solo lo que a cada parte le convenga. La historia de la violencia política en Argentina es muy larga, pero al menos no debería desprenderse el tiempo inmediatamente anterior al 24 de marzo de 1976, del que se habla lo menos posible. Durante el gobierno 1973-1976 hubo algo así como 1.800 víctimas por violencia política, una enormidad de crímenes ejecutados por fuerzas de izquierda o derecha igualmente clandestinas. Hay que explicar algo de todo esto, y las razones de muchos para difuminar esta historia. Montoneros sosteniendo la clandestinidad en democracia, con un presidente que ellos eligieron, y la derecha peronista accionando clandestinamente desde el propio estado. De estos tiempos llegan los primeros desaparecidos y los primeros nietos robados. El golpe asesino de 1976 incrementará todo en una disputa mucho más desigual, está claro. Pero los relatos históricos parcializados y utilizados como herramienta política en el presente, aquellos que intentan dogmatizar o adoctrinar desde un interés parcial, pueden funcionar un tiempo pero terminan cayendo por peso propio. Los jóvenes no creen todo por todo el tiempo. Pueden ser sorprendidos en su buena fe, pero el tiempo los aleja de adoctrinamiento parciales.
Finalmente, otra forma de actualizar la búsqueda de mantener vivo el recuerdo de aquel tiempo, sea posiblemente el poner el acento en explicar como en la base del golpe de 1976 y de varios anteriores, estuvo el impulso de las ideas económicas de sectores que se beneficiaron con su imposicion, y pudieron aplicarlas por años amparados por las fuerzas armadas. Cada vez, se anunciaron como “salvadores del desastre economico” que dejaban los gobiernos democráticos, y en cada final de ciclo nos legaron una economía mas deteriorada, fundamentalmente en los aspectos productivos, aunque algunos sectores privilegiados si se hayan beneficiado.
Los golpes de Estado, al estilo del de 1976 parecen haber quedado en el pasado, aunque como con un animal salvaje domesticado, nunca debería dejarse de tener precauciones. Hoy las formas son otras, los valores también, pero algunas ideas siguen logrando encaramarse en el poder por los resquicios y las carencias de resultados qué perviven en nuestro sistema. Macro números que pueden cerrar ahora democraticamente, escondiendo como antes que ese orden no contempla a la justa distribución ni la intención de hacerla.
A cincuenta años del Golpe, al que no debemos dejar de recordar y enseñar como la página mas negra de nuestra historia contemporánea, sobrevive la democracia. En buenahora. Pero sobrevuelan ideas similares a aquellas que la cruel dictadura encarnó durante sus siete años de gobierno, y que, de alguna forma, la impulsaron. Eso también tiene actualidad. Y no debería soslayarse.

Considerando la importancia vital del recuerdo, y las dificultades que naturalmente los tiempos interponen para sostenerlo, parece ser un momento de reconsiderar su tratamiento, inteligentemente, mejorando sus probabilidades de éxito en las futuras generaciones.

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