Por Eduardo Bayón.
Hay encuestas que fotografían un estado de ánimo de un momento determinado. En otras ocasiones, hay encuestas que detectan un cambio de época. El último sondeo del European Council on Foreign Relations (ECFR) se enmarca en esta segunda categoría. Los datos muestran que los europeos desconfiamos de Estados Unidos, pero eso ya lo sabíamos. Lo interesante está en que los ciudadanos han procesado esa desconfianza con una madurez estratégica más amplia que la de sus propios gobiernos. La opinión pública europea va, en este sentido y en varios frentes, por delante de sus líderes.
El dato que resume el momento: solo el 11% de los europeos considera hoy a Estados Unidos un aliado. El descenso es significativo respecto al 22% de noviembre de 2024 y el 16% de hace apenas medio año. Además, uno de cada cuatro lo ve ya como rival o adversario, y la mitad lo define como un “socio necesario” con el que cooperar —por pragmatismo, no por afinidad—. La erosión es transversal: entre todos los electorados analizados, solo los votantes de partidos de derecha radical como Ley y Justicia (PiS), en Polonia, y Reform UK siguen viendo en Washington a un aliado. En todos los países encuestados, las mayorías creen que Estados Unidos no acudiría en su defensa si fueran atacados. La OTAN, como garantía percibida, ya funciona en el imaginario de los europeos sin la pieza que durante siete décadas ha sido protagonista.
Sin embargo, el barómetro detecta, en lugar de una ruptura, una recalibración. La mayoría de los europeos cree que la relación transatlántica mejorará cuando Donald Trump abandone la Casa Blanca. Hay una intención clara de no dinamitar todos los puentes porque se requiere una autonomía en la que no se dependa de Estados Unidos. Por eso tampoco hay mayoría para sustituir la OTAN por una organización defensiva exclusivamente europea: un 29% lo apoya, un 28% lo rechaza y el resto no se pronuncia. El europeo medio no es rupturista ni nostálgico. Es realista.
Pagar la propia defensa
Ese realismo tiene traducción presupuestaria. Las mayorías europeas respaldan aumentar el gasto en defensa, comprar armamento europeo antes que estadounidense —solo en Polonia gana la opción de comprar más armas a Washington—, desarrollar una disuasión nuclear europea que no dependa de Estados Unidos y, esto es lo más significativo, financiar todo ello con deuda común. Que los votantes de los partidos de gobierno de Austria, Dinamarca, Alemania, Países Bajos y Suecia —el núcleo duro de la ortodoxia fiscal— apoyen mayoritariamente el endeudamiento conjunto para defensa habría sido impensable hace cuatro años. La guerra de Ucrania rompió el tabú energético; Trump ha roto el fiscal.
Ahora bien, cuando la pregunta obliga a elegir entre defensa y otras partidas de gasto público, la ambivalencia aflora: una pluralidad de europeos rechaza ese sacrificio, con mayorías contrarias en Alemania, Italia y España. El votante europeo acepta la autonomía estratégica como principio y como deuda; no necesariamente como recorte del Estado del bienestar. Ahí está el límite político real que los gobiernos tendrán que administrar.
Ucrania: apoyo sí, compromiso no
El segundo hallazgo desmonta los dos marcos con los que las cancillerías europeas piensan Ucrania. Los europeos mantienen una visión positiva del país —en casi todos los países encuestados, más positiva que la de Estados Unidos—, pero rechazan enviar tropas de paz tras un eventual acuerdo, con mayorías contrarias en Alemania, Francia y Polonia, los tres pilares militares de la UE.
Tampoco existe consenso para la adhesión ucraniana “en el contexto actual”, ni siquiera entre sus vecinos geográficos. No es un rechazo a la ampliación en sí: la expansión hacia el oeste genera muchas más simpatías. Es un rechazo al riesgo de un país que se está jugando su propia soberanía.
El informe añade una advertencia relevante: los electorados de la derecha radical europea —FPÖ, AfD, Konfederacja, Fidesz— ya perciben a Ucrania como rival o adversario, y ese sentimiento es munición electoral disponible para los próximos ciclos, especialmente si se cruza con el cansancio de una “guerra eterna” y con la ansiedad por el coste de la vida. La ventana de apoyo a Kiev sigue abierta, pero no está garantizada a medio plazo.
El caso español: un aumento significativo
En España ha crecido el apoyo al aumento del gasto en defensa entre noviembre de 2025 y mayo de 2026 en 15 puntos —se pasa de +1 a +16 puntos—. Es también uno de los pocos países —junto a Portugal, Suecia y Reino Unido— donde enviar tropas de paz a Ucrania tiene saldo positivo (+25). Y los votantes del PSOE destacan en toda Europa entre quienes ven a Estados Unidos directamente como adversario, alineados con la lógica del Gobierno presidido por Pedro Sánchez.
Además, el 68% de esos mismos votantes socialistas cree que la relación transatlántica mejorará tras Trump. El electorado que sostiene la diplomacia más discrepante de Europa occidental frente a Washington no ha hecho una enmienda a la totalidad del vínculo atlántico; ha hecho una enmienda a Trump. La posición desafiante de Sánchez no refleja —todavía— la opinión media europea, aunque la dirección del movimiento le ha hecho ir un paso por delante de esta.
La otra cara de la moneda de los datos de España es la ansiedad. Los españoles lideran la preocupación por una crisis económica —el 58% se declara muy preocupado, frente a una media europea del 32%— y por la posibilidad de que Trump arrastre al país a una guerra (40%). El votante español combina la mayor disposición al esfuerzo con el mayor miedo a sus consecuencias. Esa tensión es gestionable, pero no indefinidamente.
La licencia para operar tiene fecha de caducidad
Los líderes europeos tienen hoy respaldo ciudadano para tres cosas que hace poco eran políticamente costosas: perseguir la autonomía estratégica sin necesidad de gesticular contra Trump, buscar mecanismos nuevos de apoyo a Ucrania que no pasen por la adhesión inmediata ni por soldados sobre el terreno, y acelerar la soberanía energética sin temer que el consenso antirruso se desplome. Solo en Bulgaria, Hungría e Italia hay apetito significativo por reabrir el grifo del gas ruso; las mayorías de casi todos los países, incluida buena parte de los electorados de la derecha radical, priorizan las renovables.
Pero ese respaldo es una ventana, no un cheque en blanco. Dos datos lo acotan. Primero: la principal preocupación de los europeos no es Rusia ni Trump, sino una crisis económica. Segundo: aunque la mayoría culpa a Estados Unidos del encarecimiento energético derivado de la guerra de Irán, muchos —notablemente en Estonia y Alemania— culpan también a sus propios gobiernos. Si el sistema no protege el bolsillo, el votante retirará la confianza que hoy presta para todo lo demás. En este sentido, el calendario aprieta: de Suecia a Francia, de Polonia a Italia y a España, la serie de elecciones que llega en los próximos dos años ofrece terreno abonado a quienes impugnan la Europa autosuficiente.
Los europeos han aprendido a poner trampas en la casa mientras esperan que el primo americano vuelva. La cuestión que deja esta encuesta es si los gobiernos europeos sabrán usar el beneplácito de sus sociedades antes de que expire.
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