El 6 de septiembre de 1930 marca un hito en la historia argentina. Aquel golpe cívico-militar cambiaría el rumbo del país. Comenzaba un largo declive para la Nación; habíamos perdido La República.
El 6 de septiembre de 1930 marca un hito en la historia argentina. Aquel golpe cívico-militar cambiaría el rumbo del país. Comenzaba un largo declive para la Nación; habíamos perdido La República.
Argentina figuraba entonces entre los diez principales países del mundo y nuestra economía generaba casi la mitad de la riqueza total de Latinoamérica. Teníamos un futuro promisorio a pesar de la crisis mundial desatada en 1928; el mundo nos miraba con admiración. Durante 14 años de gobierno radical (1916-1930), el país duplica su producto. En los 14 siguientes, el crecimiento cae a la mitad.
Desde 1916 gobiernan alternativamente Hipólito Yrigoyen y Marcelo T. de Alvear. La decencia y el respeto a las libertades e instituciones se materializan tras largos años de lucha partidaria contra el régimen conservador, fraudulento y falaz.
Conciliación, equidad y armonía social eran objetivos fundamentales. Yrigoyen lo ratifica al asumir: “No venimos a vengar los daños producidos a la Nación, sino a repararlos”.
El control de las concesiones ferroviarias revela abusos e irregularidades inadmisibles; se toman medidas y el gobierno reduce tarifas beneficiando a industriales, productores y pasajeros. Las nuevas líneas interconectan las regiones del interior, antes aisladas, mejorando sus economías. Visionariamente se empieza a abrir el camino de hierro hacia el gran mercado del Pacífico uniendo Salta con Antofagasta (Chile).
El salario real se duplica entre 1916 y 1922. Jubilaciones para distintas actividades, jornada de 8 horas, descanso dominical, proyectos sobre convenios colectivos, conciliación y arbitraje en los conflictos obreros, reglamento del trabajo en obrajes y yerbatales y un Código del Trabajo y Seguridad Social enviado al Congreso beneficia a los trabajadores. La tarea era compleja, el gobierno debió actuar entre dos fuegos cruzados: el anarco-sindicalismo y sectores patronales que resistían muy duramente los cambios.
La energía en manos de monopolios foráneos impedía definir libremente nuestra estrategia de crecimiento. Se crea YPF encabezada por Enrique Mosconi, consolidando una empresa rentable que compite eficazmente con las extranjeras y reduce los precios abusivos en combustibles como naftas y kerosene, de alto consumo popular e industrial. En tiempo record se construye la destilería más grande de América Latina en La Plata.
El área educativa evoluciona, crece e iguala oportunidades. Se fundan nuevas escuelas primarias, secundarias, industriales y de artes y oficios y dos universidades. Aumentan los alumnos, cae el analfabetismo, se modernizan los métodos de enseñanza y se elevan los sueldos docentes. Triunfa la Reforma Universitaria e imponen el igualitario guardapolvo blanco.
Censo ganadero, relevamiento de tierras y aguas para su mejor explotación, leyes de fomento y colonización agrícola-ganadera, reparto equitativo de tierras públicas, créditos blandos a productores, la creación del Banco Agrícola, apoyo a las cooperativas, la expansión del Banco Nación, convenios bilaterales con otros países abriendo nuevos mercados, la creación de una Marina Mercante y otras medidas potencian el desarrollo.
La política exterior, firme y digna, inspira respeto por su coherencia y sus principios. Las grandes potencias reconocieron y aceptaron las razones éticas de Yrigoyen que suscitan la admiración del Presidente Wilson, aún en el disenso.
El Senado con mayoría conservadora, heredado del viejo régimen, se opone sistemáticamente a un proyecto político promotor de un bienestar general sin excluidos y el fin de los privilegios que hacía crecer paralelamente riqueza y equidad.
La tenaz política petrolera radical es una de las causas más fuertes que alientan el golpe. Los monopolios habían dividió el mundo. Argentina y Rusia “desentonaban” con empresas propias.
A partir de aquel 6 de septiembre de 1930, Uriburu, Justo y sus seguidores protagonizarían la “década Infame”. Persiguen, destierran, torturan y encarcelan a los radicales; fusilan a los militares de esa tendencia e instalan ideologías totalitarias de corte fascista que tanto nos costarán por años.
Se desacelera el crecimiento y el producto bruto cae a la mitad. Instrumentan un nefasto intervencionismo estatal en la economía, ignoran conquistas sociales y renace el fraude electoral.
La corrupción oficial se revela en el “negociado de las carnes” que denuncia Lisandro de la Torre, el de las concesiones eléctricas, la compra de terreno en El Palomar y el indigno tratado Roca-Runciman con sus “cláusulas secretas”. Los ferrocarriles, nuevamente sin controles, vuelven a sus andadas y hasta un matón del oficialismo asesina impunemente en pleno Senado de la Nación a Enzo Bordabhere, senador electo por Santa Fe. La lista es larga y bochornosa.
Caído el gobierno y perseguida la militancia, el desánimo había ganado a muchos radicales. Un grupo de jóvenes partidarios acuden a expresarle a don Hipólito las desdichas del momento; piensan que todo se ha perdido. El viejo líder, ya en su lecho de muerte, los recibe y los consuela. El legendario luchador los anima y reconforta diciéndoles serenamente: “Nada está perdido…sólo hay que empezar de nuevo”. Así lo hicieron.
Publicado en La Capital el 13 de septiembre de 2013.








