menu
Opinión 04 03 2021

Sin estrategia no hay horizonte


Autor: Javier Lindenboim









El primer bimestre del año no podía terminar de peor manera. La información sobre distribución del ingreso continuó siendo dramática; el nivel de actividad económica sigue estando por debajo de los niveles prepandemia, con una caída promedio del 10% del PBI; el índice de precios de enero continuó en altos niveles (y se prevé lo mismo para febrero); las vacunas van llegando en cuenta gotas.

Para culminar, episodios como el de la vacunación VIP terminan de configurar un cuadro que presagia un horizonte muy oscuro para las expectativas que la sociedad se venía haciendo para este 2021. Hay algo, sí, que mantiene el espíritu elevado: por fin los chicos vuelven a sus escuelas y a reencontrarse con sus maestros y compañeros.

Es lícito preguntarse si este complejo cuadro que se presenta puede desligarse de la ausencia de un plan económico o de la carencia de avances en el cierre de negociaciones con el Fondo Monetario Internacional. A despecho de lo que se creía en los ‘90, la disociación entre economía y política no es posible.

Esa época -recordemos- se la identifica como la del “menemismo”, como si el ex presidente recientemente fallecido hubiera salido de un repollo y no del partido que ha predominado en el afecto popular.

Todos los dirigentes actuales con edad suficiente (presidente y vice, ambos incluidos) fueron activos partícipes de aquella gestión que se mimetizó con el espíritu de la época en la que implosionó el llamado “socialismo real” y parecía que el capitalismo encontraba un vigor inusitado (“El fin de la historia”, Fukuyama dixit).

Hoy tampoco es posible imaginar una sociedad que soporte impasible y ad eternum las consecuencias de décadas en las que los problemas estructurales han sido obviados y sólo se buscaba salir airoso en lo inmediato, sin importar que así seguían agravándose los problemas de fondo.

Al individualismo promovido por el justicialismo encolumnado detrás de Carlos Menem (privatización de casi todas las empresas estatales incluido el sistema de seguridad social) luego de la crisis de 2001 apareció lo que aparenta ser su contracara, enunciado como un modelo industrialista e inclusivo.

Sin embargo, dos décadas después, el peso de la industria -disminuido en los ‘90- sigue siendo el mismo que entonces, las arcas fiscales han crecido significativamente, pero a la vuelta del tiempo retornamos a momentos previos y producimos algunas singularidades como la recientemente divulgada por el INDEC en su informe sobre la Cuenta de Generación de Ingresos e insumos de mano de obra.

Al mismo tiempo que permanecen a la vera del camino millones de trabajadores precarios o autónomos que perdieron sus empleos, el último dato conocido da cuenta de que tanto el capital como el trabajo han ampliado su participación en la riqueza generada.

¿Cómo es posible? Porque de una parte, los asalariados subsistentes son los protegidos (mejor pagos) y de otra parte, debido a la crítica situación asociada con la pandemia se han multiplicado medidas que en las cuentas nacionales se expresan en el rubro impuestos indirectos netos de subsidios. Esto es, que parte de lo que se reparten trabajadores y empleadores no ha sido producido sino es aportado por el Estado. Un Estado que, es sabido, no tiene recursos para ello fuera de la impresión de billetes sin descanso.

Argentina ha soportado que en las últimas ocho décadas, uno de cada tres años el resultado económico fue negativo. Esa relación empeoró en el siglo XXI: cuatro de cada diez años fueron de caída del producto. En la última década estamos cerca del 50% es decir uno de cada dos años disminuye el volumen de lo producido. Como la población aumenta, aunque lentamente, el producto per cápita de 2020 es similar al de 2005.

El empleo en 2020 se derrumbó, no sólo por la pandemia sino porque hace rato que la economía argentina perdió su capacidad de crear empleo genuino y de calidad. Durante el gobierno de Néstor Kirchner se crearon 600 mil puestos asalariados registrados por año. En el primer gobierno de Cristina Fernández menos de la mitad y en su segundo mandato alrededor de 100 mil, ya con fuerte peso del empleo estatal. En el gobierno de Mauricio Macri apenas 20 mil por año.

¿Puede el mundo de la política seguir girando en las nubes sin hacerse cargo del punto al cual nos han llevado las diversas gestiones? ¿No asumirán los dirigentes, sean políticos, empresariales, sindicales o sociales las responsabilidades que a cada uno les han correspondido?

Luego de más de un año de anunciado, el presidente Fernández ha puesto en marcha el Consejo Económico y Social, que deberá ocuparse, no de la coyuntura, sino de la elaboración de un horizonte y de una estrategia para alcanzarlo.

Es de esperar que el accionar de este organismo no se vea afectado por los vaivenes que caracterizaron varias de las acciones oficiales y, más aún, que las medidas de coyuntura sean confluyentes con los lineamientos que el Consejo elabore. No es muy promisorio que en su discurso ante la Asamblea, Alberto Fernández lo haya mencionado sólo una vez en la anteúltima página de su extensa alocución.

Publicado en Clarín el 4 de marzo de 2021.