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Opinión 23 02 2021

Siete años de la juventud radical venezolana


Autor: Luis Pico









“La lucha de pocos vale por el futuro de muchos”, Neomar Lander (2017)

El primero en caer fue Bassil, al que le volaron a tiros la cabeza. No por accidente: cuando le dispararon lo hicieron con toda la intención de matarlo. Y lo lograron, de manera sanguinaria, con aparente facilidad. Sabían manejar armas. Eran agentes de Inteligencia, que actuaron uniformados, rabiosos e indiferentes, ante la mirada de manifestantes, periodistas y el celular de algún vecino que se atrevió a filmar los disturbios desde las ventanas de los edificios contiguos.

“Lo mataron, lo mataron”, fue el grito que se esparció, como su sangre, en los alrededores de una plaza que ya estaba alborotada, pero que con aquello acabó por reventar, aun sabiéndose en desventaja para luchar contra militares, paramilitares y policías que los tenían rodeados, y que los atacaron pese a estar desarmados. Cierto es que más de uno le arrojó piedras al ministerio, pero de poco servían ante gases lacrimógenos, perdigones y balas, que entre tanto tumulto no cobraron la vida de más estudiantes; sí, curiosamente, la de un paramilitar, Juancho, cuyo hermano acusó posteriormente a la dictadura del asesinato, nunca a los manifestantes.

Unos cuantos detenidos y heridos más tarde, entrada la noche, también murió a tiros Robert, en las cercanías de su casa, bastante lejanas al Centro de Caracas, donde apenas horas antes había recogido el cuerpo de Bassil, ya inerte. “Curiosamente” ese mismo muchacho, cuyo rostro se hizo en la prensa independiente y las redes sociales por cargar en brazos a Bassil, correría su misma suerte cuando dos tipos, a bordo de una motocicleta, se le acercaron y le dispararon.

Lejos de asustarlos a todos, aquellas muertes dieron el puntapié inicial a una oleada de protestas que mantuvo a jóvenes, gran parte de ellos estudiantes universitarios, en las calles durante meses. La represión de los militares, policías y paramilitares se hizo tan cotidiana como las caminatas que comenzaban con pancartas y petitorios y terminaban, casi siempre, en enfrentamientos contra los afines a un régimen al que algunos todavía dudaban entre tildar de dictadura o régimen autoritario.

Como ha solido ocurrir en tiempos de crisis, de lucha por derechos, fueron los jóvenes los primeros en alzar las voces, fueron las universidades y las plazas los centros en donde muchos pusieron el pecho, literalmente, ante los ataques de los poderosos, que con armas y persecución trababan de vender una imagen de aparente tranquilidad, de una normalidad en la que las filas por comida, de personas que hurgan en la basura para llevarse algo a la boca, de una pobreza que silenciosamente arrastra a todo el que puede, se agravó con una persecución nocturna  que llegó para quedarse. De repente, eso de tener amigos o compañeros presos, de enterarse de que a tal o cual había muerto, se estandarizó. Terror instalado. Lo que pudieran haber leído en libros sobre dictaduras en la Argentina, Chile o el Uruguay, ahora lo experimentaba esa generación en carne viva desde Venezuela.

Con la mayoría de la prensa comprada o silenciada, apenas un puñado de medios independientes jugados a informar, las redes sociales sirvieron de escape para filtrar al mundo, y a un país aislado en pleno siglo XXI, los desmanes que a cada tarde y noche ponían en jaque a los radicales esos “guerreros de franela”, que con escudos de cartón se negaban a volverse a sus casas, a su comodidad, a la que no volvieron pese a la sucesiva e intensa puesta en marcha de la tiranía. Ni así pudieron callar las voces o aplastar los principios, las convicciones, que siempre se fortalecen en las horas más oscuras.

¿Radicales abandonados?

“Esos son unos radicales”. La frase, desdeñosa para algunos, motivo de orgullo para otros, era común entre chavistas y antichavistas a la hora de referirse, desde el sillón de casa o la mesa del restaurant, a la juventud que perseveraba en las calles y plazas.

Es que en sus cánones no se concebía eso de salir a protestar en las calles contra unos tipos que no tenían miramientos a la hora de disparar, de golpear, de asesinar, diariamente, en distintas ciudades, entre el 12 de febrero y mediados de junio. “¿No ven que el gobierno es el que tiene las armas? ¿No ven que ya van muchos muertos y no piensan parar?”

Desde dentro, desde las trincheras de los jóvenes, sin embargo, lo de radicales no les resultaba un insulto sino el orgullo de pasar a la acción en medio de la deriva nacional, de no dejar en el olvido a más de 3000 detenidos, a cientos de presos políticos que pasaron (aún hoy algunos permanecen) en cárceles y regimientos, de borrar de su memoria a mártires que como Bassil, Robert,  Génesis y los 43 muertos que un día salieron en búsqueda de un futuro mejor, y no pudieron volver a casa.

Generación marcada

No faltará quien diga que esa juventud radical no ganó en su lucha, que fracasaron por no poder sacar del poder a una dictadura que no hizo más que afianzarse. Pero, ¿qué más se puede pedir a unos muchachos que con ansias de ideas que no vivieron, y sin armas, desnudaron la existencia de una dictadura, de unos tipos acusados de crímenes de lesa humanidad, de narcotráfico, y con los que hoy día está muy mal visto juntarse? Si no, ahí tienen el ejemplo del gobierno de Alberto Fernández, salpicado cada vez que toca el tema. Y está el testimonio de quienes,  en su país, intentan impulsar ese cambio que anhelan los que tuvieron que partir al exilio para conocer lo que en su tierra les fue robado. Porque llamativamente su lucha buscaba algo que jamás experimentaron más allá de los libros, los documentales o el relato de algún familiar mayor: ¿qué es la democracia, cómo será vivir en ella? 

“Candelita que se prenda, candelita que se apaga”, amenazó Maduro en marzo de 2014. Pasado el tiempo, ni la juventud ni la sed de libertad se apagó. Ni se apagará.