En cierto modo, “Seis minutos para el invierno” es un libro sobre el cambio climático disfrazado de libro sobre la guerra. O quizás sea al revés.
Traducción Alejandro Garvie
Mark Lynas se hizo conocido escribiendo sobre el cambio climático y popularizando la noción de límites planetarios: un marco científico para comprender nueve procesos fundamentales del sistema terrestre, desde la biodiversidad hasta los niveles de pH oceánicos y la capa de ozono, que las actividades humanas han alterado lo suficiente como para amenazar nuestro bienestar, e incluso nuestra existencia. Su libro de 2007, Seis grados (claramente apreciaba un buen título con el número seis), que analiza las consecuencias de cada grado Celsius adicional de calentamiento, fue reeditado en 2020 como Nuestra advertencia final.
Lynas dedicó gran parte de su juventud al activismo ambiental y continúa abogando por mejores políticas ecológicas. Pero, como buen divulgador científico, se basó en la evidencia. Para prevenir un cambio climático descontrolado, abandonó dogmas ecologistas arraigados contra la energía nuclear y la ingeniería genética. Hoy en día, gran parte de la izquierda ecologista ha seguido los pasos de Lynas y ha adoptado estas tecnologías. Lynas fue una figura clave, especialmente en el Reino Unido, en impulsar esta nueva izquierda ecologista, optimista y tecnológicamente avanzada.
Sin embargo, esta lucha por convencer al movimiento ecologista de la ultrabaja intensidad de carbono de la energía nuclear se ha topado con un obstáculo persistente: la confusión lingüística —y por lo tanto política—, especialmente en inglés, entre energía nuclear y armas nucleares. (En alemán, en cambio, la distinción es explícita: Kernenergie y Atomwaffen).
¿Cómo se puede apoyar una tecnología y no la otra? Los ecologistas pronucleares suelen recalcar que son tecnologías completamente diferentes, aunque se deriven de la misma ciencia subyacente del núcleo atómico. Las armas nucleares son una decisión política; no son una consecuencia inevitable de la energía nuclear civil. Hay países con armas nucleares, pero sin energía nuclear (Italia alberga bombas estadounidenses) y otros con energía nuclear, pero sin armas nucleares (como Canadá y Japón). Sin embargo, a menudo persiste la sospecha de que quienes apoyan los reactores nucleares también apoyan, de alguna manera, las bombas que comparten un nombre similar.
Invierno nuclear
Seis grados de invierno disipa fácilmente esa sospecha, no solo mediante su contundente denuncia moral de la bomba atómica, sino también al analizar la guerra nuclear desde la perspectiva del calentamiento global, o más bien de su inversión. La estación fría a la que alude el título proviene del concepto de invierno nuclear, un enfriamiento rápido y prolongado del planeta causado por el hollín elevado a la estratosfera por nubes pirocúmulonimbos: enormes y violentas tormentas eléctricas producidas por incendios forestales, erupciones volcánicas o explosiones nucleares y de miles de ciudades en llamas que estas últimas incendian.
La famosa fotografía de la columna de humo que se eleva sobre Hiroshima el 6 de agosto de 1945 no es, como se suele creer, una imagen de la nube en forma de hongo posterior a la detonación. De hecho, se trata de una nube pirocúmulonimbo producida por el incendio urbano que causó la explosión: una conflagración tan feroz que generó su propio sistema de vientos huracanados. Por muy letal que fuera la explosión nuclear inicial, por mucho que se extendiera la “lluvia negra” radiactiva, estos no son los que representan el mayor peligro existencial. Es el hollín inyectado en la estratosfera. Allí, muy por encima de las nubes, ya no puede ser eliminado por la lluvia.
En una terrible inversión del efecto invernadero, el hollín bloquea la radiación solar entrante en lugar de retenerla. El resultado no es un calentamiento, sino un enfriamiento global rápido y severo que se desarrolla mucho más rápido y de forma más drástica que el cambio climático tal como lo entendemos habitualmente.
La posibilidad de un invierno nuclear se planteó por primera vez en un informe de la Fuerza Aérea de EE. UU. de 1952, aunque sus autores concluyeron que había pocas probabilidades de que ocurriera. Pero la idea persistió. En 1966, una investigación de la Rand Corporation sugirió que era plausible, pero recomendó mayores avances en el aún incipiente campo de la ciencia atmosférica para comprender la magnitud del fenómeno. En 1975, un estudio del Consejo Nacional de Investigación, que comparaba los posibles niveles de hollín producidos por una guerra nuclear con la erupción volcánica del Krakatoa de 1883, concluyó que cualquier efecto de enfriamiento probablemente se situaría dentro de la variabilidad climática global normal, “pero no se puede descartar la posibilidad de cambios climáticos de naturaleza más drástica”.
Los paralelismos con el desarrollo de nuestra comprensión del calentamiento global son importantes para esta historia. La posibilidad de que quemar combustibles fósiles pudiera calentar peligrosamente el planeta se fundamentó científicamente casi al mismo tiempo (el efecto invernadero se comprendía en principio desde finales del siglo XIX). Pero la magnitud del problema no se estableció realmente hasta la década de 1980, gracias a los avances informáticos que permitieron modelos cada vez más complejos de la atmósfera y a la acumulación de estudios reales.
No fue hasta finales de la década de 2000 que los científicos comprendieron plenamente las implicaciones: las emisiones no solo debían reducirse, sino eliminarse, o, más precisamente, alcanzar un nivel neto cero, lo que significa que cualquier emisión restante debía compensarse con la eliminación y el secuestro de carbono. El mismo desarrollo de la ciencia atmosférica y la modelización del sistema terrestre que clarificó el calentamiento global también mejoró nuestra comprensión de su fenómeno inverso. Si los libros anteriores de Lynas contribuyeron a popularizar la ciencia del calentamiento, este pretende hacer lo mismo con el enfriamiento.
En la década de 1980, la idea, aún en desarrollo, de un invierno nuclear ya se consideraba lo suficientemente plausible como para influir en las políticas, contribuyendo a la justificación de una serie de tratados de control de armamentos que comenzaron en 1986 entre Moscú y Washington, comprometiendo a ambas potencias a reducir sus arsenales nucleares. Pero resulta sorprendente la rapidez con la que esta hipótesis ha pasado de ser una mera posibilidad a una confirmación.
Afortunadamente, no ha habido guerras nucleares que pongan a prueba la teoría (al menos hasta ahora; veremos qué nos deparan los próximos días). Pero los últimos años han ofrecido indicadores preocupantes. Una serie de devastadores incendios forestales (cuyo riesgo ha aumentado considerablemente debido al calentamiento global) han inyectado una gran cantidad de hollín en la estratosfera. Por ejemplo, los incendios del “Verano Negro” en Australia a finales de 2019 y principios de 2020 redujeron la radiación solar en aproximadamente 0,3 vatios por metro cuadrado, lo suficiente como para contrarrestar, muy brevemente, una parte sustancial del calentamiento global.
Los bosques contienen mucha menos materia combustible que las ciudades densamente pobladas, por lo que los investigadores extrapolan los efectos de estos incendios forestales y los comparan con los resultados de los modelos. Las erupciones volcánicas también proporcionan indicadores igualmente útiles. En conjunto, estas evidencias han transformado el invierno nuclear de un concepto plausible a una ciencia sólidamente fundamentada, respaldada no solo por los modelos climáticos más recientes, sino también por observaciones del mundo real que ayudan a validarlos. Las mismas revistas que nos informan sobre las consecuencias del calentamiento global también publican estudios que describen con gran detalle cómo será el invierno nuclear.
Y estos estudios climáticos que analizan los impactos del invierno nuclear concluyen que sería mucho, mucho peor.
Los que mueran por las bombas serán los afortunados.
El calentamiento global provocado por las emisiones de gases de efecto invernadero se manifiesta a lo largo de décadas o incluso siglos (especialmente en lo que respecta al aumento del nivel del mar; con las tasas de emisiones actuales, el deshielo total de la capa de hielo de Groenlandia, por ejemplo, probablemente tardaría hasta el año 3000). Incluso los peores escenarios difícilmente provocarán la extinción humana —aunque la civilización se verá gravemente afectada con un calentamiento superior a los 5 °C—, ya que, en principio, las personas podrían refugiarse en zonas polares. Sin embargo, el enfriamiento global durante un invierno nuclear es mucho más rápido y tiene consecuencias mucho más graves. No existe ningún refugio en la Tierra, salvo, quizás, Nueva Zelanda.
Un pequeño grupo de activistas climáticos, en particular del grupo de acción directa Extinction Rebellion, afirma que el calentamiento global provocará miles de millones de muertes. Los investigadores del impacto climático rebaten sistemáticamente esta afirmación, señalando que sus hallazgos no la respaldan. Exagerar las consecuencias, ya de por sí nefastas, solo socava la confianza pública en la ciencia y el apoyo a las políticas de mitigación de emisiones. Sin embargo, los científicos climáticos y los agrónomos que estudian los impactos del invierno nuclear no tienen tales reparos. Miles de millones de personas morirían de hambre a causa de la hambruna mundial que se prolongaría durante años. En este caso, la catástrofe está a las puertas.
En un intercambio nuclear a gran escala —entre Estados Unidos y Rusia o China— el hollín estratosférico reduciría la radiación solar incidente en un promedio global de dos tercios. La temperatura media global caería rápidamente 7 °C, más fría que las temperaturas mínimas de la última era glacial. Las latitudes más altas sufrirían oscuridad total durante semanas. Para el segundo y tercer año, el mundo recibiría la mitad de radiación solar, mientras que las temperaturas descenderían entre 9 y 10 °C más. Como lo expresa Lynas: “una era glacial dentro de otra era glacial”. América del Norte y Eurasia permanecerían 20 °C por debajo de los niveles de antes de la guerra durante tres años, y gran parte de Estados Unidos permanecería permanentemente bajo cero durante todo el año.
Sin embargo, no es tanto el frío lo que mata como la oscuridad. La fotosíntesis cesa, tanto en la tierra como en los océanos, provocando el colapso de la cadena alimentaria. Lynas compara esto con el mecanismo que causó la extinción masiva del Cretácico tardío, que acabó con los dinosaurios, cuando el asteroide Chicxulub impactó contra el planeta, arrojando enormes volúmenes de polvo, hollín y otros materiales. «Es como si hubiéramos construido una flota de asteroides asesinos y los hubiéramos apuntado hacia nuestro propio planeta», escribe refiriéndose a nuestros arsenales de armas nucleares.
Lynas nos lleva entonces en un sombrío recorrido por el mundo, basándose en modelos de cómo los cultivos responderían a estas condiciones y cómo las sociedades reaccionarían al consiguiente colapso de aproximadamente el 90 por ciento de las calorías disponibles para la humanidad. Unos 6.600 millones de personas morirían de hambre en el primer año y medio. Una tabla al principio del libro proyectaba las tasas de mortalidad por país: el 99 por ciento de Estados Unidos, el 99 por ciento de Canadá, el 99 por ciento de Francia, el 99 por ciento de China, solo el 98 por ciento de Japón, y así sucesivamente.
Incluso un intercambio nuclear regional más limitado —por ejemplo, entre India y Pakistán— sería catastrófico. Un conflicto de este tipo produciría menores volúmenes de hollín estratosférico, pero la disponibilidad mundial de calorías se reduciría en dos tercios. La producción de alimentos de Estados Unidos colapsaría en una proporción similar; la de China, en un 64%; y la de Rusia, en un 85%. Mi país, Canadá, perdería veintiocho millones de sus cuarenta millones de habitantes a causa del hambre.
Por lo tanto, señala Lynas, las armas nucleares son una empresa totalmente suicida. Citando una declaración de 1985 del presidente estadounidense Ronald Reagan y del líder soviético Mijaíl Gorbachov, nos recuerda: la guerra nuclear nunca se puede ganar, y, por lo tanto, nunca se debe librar.
La bomba nunca se fue
Los “seis minutos” del título hacen referencia a la postura estadounidense de “lanzamiento inmediato”: la exigencia de que las armas nucleares salgan de sus silos y estén en camino tan pronto como se confirme un ataque inminente. Se trata de una forma de disuasión: si un enemigo sabe que no puede evitar una represalia masiva, se reduce su propensión a atacar primero. Pero el lanzamiento inmediato comprime la toma de decisiones en el tiempo que se tarda en confirmar dicho ataque. Se estima que este tiempo ronda los seis minutos.
En ese breve lapso, el presidente de Estados Unidos debe decidir si dispara esas armas. El reciente thriller de guerra nuclear de Netflix, “A House of Dynamite”, extiende esta cuenta regresiva para la autorización a veinte minutos, un lapso de tiempo quizás más apropiado para la narrativa cinematográfica. De cualquier manera, el tiempo es demasiado breve para tomar una decisión racional. Lynas cita la propia lamentación de Reagan al respecto: “¡Seis minutos para decidir cómo responder a una señal en el radar y decidir si desatar el Armagedón! ¿Cómo podría alguien razonar en un momento así?”.
A pesar de todos los defectos de Reagan, hay que reconocer que él —al igual que su homólogo soviético— al menos comprendió la magnitud de esa responsabilidad. Quizás lo mismo podría decirse, también a pesar de sus defectos, de Xi Jinping. Pero ¿se puede decir lo mismo de Donald Trump o Vladimir Putin?
Lynas relata las múltiples ocasiones en que el mundo ha estado a punto de sufrir un accidente grave, desde sucesos tristemente célebres como la Crisis de los Misiles de Cuba hasta fallos informáticos y accidentes menos conocidos. En 1983, por ejemplo, el teniente coronel soviético Stanislav Petrov se negó a seguir el protocolo y transmitir a la cadena de mando los datos de alerta temprana que sugerían que Estados Unidos había lanzado cinco misiles balísticos intercontinentales Minuteman hacia la URSS. Algo no cuadraba: ¿por qué Estados Unidos enviaría solo cinco misiles de ese tipo? Esperó unos minutos y luego informó de un fallo del sistema. Su presentimiento resultó ser correcto. El sistema de satélites soviético había interpretado erróneamente el reflejo del sol en las nubes de gran altitud.
El criterio de Petrov —y su negativa a actuar mecánicamente— salvó al mundo. En otras palabras, hemos tenido mucha suerte hasta ahora. Y esa suerte algún día se acabará.
Sin embargo, esa misma suerte, sumada al fin de la Guerra Fría, ha propiciado una peligrosa complacencia. Muchos —yo incluido, antes de leer este libro— asumíamos que, mientras las armas nucleares aún existieran, la trayectoria general del desarme había reducido el riesgo de catástrofe. El cambio climático, las pandemias e incluso la IA parecían problemas más urgentes.
Lynas cita a expertos en riesgo geopolítico que sostienen lo contrario: que estamos tan cerca de un conflicto nuclear como durante los momentos de mayor tensión de la Guerra Fría. La diferencia radica en que las tensiones actuales son múltiples y se superponen —Taiwán, Ucrania, Cachemira y, por supuesto, Irán e Israel— en lugar de concentrarse en una única línea divisoria ideológica. Y estas diversas tensiones persisten incluso cuando ahora tenemos mucha más certeza sobre las consecuencias de un invierno nuclear que durante la Guerra Fría.
La bomba nunca desapareció, escribe Lynas. “Simplemente dejamos de pensar en ella”. Es hora de volver a empezar.
La nueva carrera armamentista
Durante la primera administración Trump, la periodista Masha Gessen escribió una reflexión sobre la descripción del fascismo que hizo Hannah Arendt, describiéndola como una invitación a “quitarse la máscara de la hipocresía”. Gessen argumentó que la hipocresía es un elemento esencial, aunque a menudo no reconocido, de la sociedad democrática y la moral, ya que implica que los políticos todavía se preocupan lo suficiente como para fingir que respetan las normas éticas. Esto, al menos, deja la puerta abierta para exigirles responsabilidades por las inconsistencias en sus propios argumentos. ¿Qué esperaban lograr las generaciones de activistas de la Guerra Fría que impulsaran el fin de las armas nucleares, sino un tratado que prohibiera la bomba? Ninguno de estos activistas se hacía ilusiones respecto a las hipocresías del derecho internacional. El historiador marxista británico E.P. Thompson, artífice de la Campaña por el Desarme Nuclear, había escrito un homenaje poético al presidente socialista chileno Salvador Allende inmediatamente después del golpe de Estado de 1973, respaldado por Estados Unidos, que lo derrocó. Sin embargo, estos activistas mantuvieron la lucha, comprendiendo instintivamente que el uso del derecho internacional simplemente como un garrote de los fuertes contra los débiles no era la historia completa.
Hasta hace poco, incluso los Estados más poderosos se sentían obligados a argumentar que sus acciones no violaban la prohibición de la agresión establecida en la Carta de las Naciones Unidas. Con frecuencia, recurrían a intrincados razonamientos legales para lograrlo, pero, como señala Gessen, esta “hipocresía de apariencias” imponía límites. Significaba que la codicia, la venganza y la crueldad no podían ser declaradas abiertamente como objetivos legítimos.
Para Trump, Hegseth, Stephen Miller y compañía, no existe ninguna pretensión de coherencia moral y legal: solo vencedores gloriosos y perdedores vilipendiados. La respuesta a las acusaciones de crímenes de guerra ya ni siquiera es una negación tibia, sino indiferencia: “¿Y qué?”.
Esto puede parecer una defensa superficial e idealista del derecho internacional. Pero consideremos qué sucede cuando incluso esta mínima protección desaparece. Si la Carta de las Naciones Unidas no prohibiera el crimen de agresión, sin duda habríamos presenciado esfuerzos mucho más generalizados de proliferación nuclear. La bomba se consideraría la única garantía fiable de soberanía nacional.
En las últimas dos décadas —y luego, abruptamente, en los últimos cinco años— incluso esta frágil protección se ha ido erosionando progresivamente. Estamos mucho más allá de lo que el primer ministro canadiense, Mark Carney, calificó recientemente como la historia “parcialmente falsa” del orden de la posguerra, en la que “los más fuertes se eximían cuando les convenía”.
La invasión de Irak en 2003 por parte del gobierno de George W. Bush marcó un punto de inflexión. Cuando Estados Unidos (y los co-invasores de la Operación Libertad Iraquí, el Reino Unido, Australia y Polonia) no lograron obtener la autorización de la ONU, procedieron de todos modos, demostrando que el derecho internacional podía ignorarse sin la hipocresía que Gessen pretendía. El uso posterior de la tortura, las entregas extraordinarias, los centros de detención clandestinos, las ejecuciones extrajudiciales y la designación, prácticamente inexistente, de los detenidos como “combatientes ilegales” en lugar de prisioneros de guerra no hicieron sino profundizar esta ruptura.
Esta negativa a condenar los crímenes de Netanyahu demostró al Sur Global, en particular, que los derechos humanos y los marcos jurídicos de la ONU carecían por completo de sentido.
La lección era clara: Irak podía ser invadido porque no poseía armas de destrucción masiva. Corea del Norte no podía serlo, precisamente porque sí las tenía.
Y si Estados Unidos puede violar el derecho internacional, ¿por qué no Rusia? La primera invasión de Ucrania por parte de Putin se produjo tras una década difícil después del inicio de la guerra de Irak, y luego se repitió en 2022. Probablemente el país no habría sido invadido si Kiev hubiera conservado sus armas nucleares tras la Guerra Fría.
La respuesta de Occidente socavó aún más el sistema que decía defender. Si bien los gobiernos occidentales se movilizaron en defensa de Ucrania y denunciaron los crímenes de guerra rusos, demostraron no estar dispuestos a aplicar los mismos criterios a Gaza o Cisjordania. Esta negativa a condenar los crímenes de Netanyahu evidenció, en particular, al Sur Global que los derechos humanos y los marcos jurídicos de la ONU carecían por completo de sentido, y no solo eran incoherentes e hipócritas.
Todo esto ha ocurrido paralelamente a la retirada de Estados Unidos de decenas de tratados internacionales y a sus amenazas de anexión de Canadá y Groenlandia. El secuestro del presidente venezolano Nicolás Maduro por parte de la administración Trump se llevó a cabo sin el menor atisbo de legalidad. El ataque estadounidense-israelí contra Irán se justificó en nombre de la no proliferación, mientras que Israel sigue siendo una potencia nuclear fuera del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP). Estas acciones, recibidas con críticas tibias o inexistentes por parte de los líderes occidentales, señalan algo mucho peor que una simple incoherencia: señalan un colapso. El orden internacional basado en normas establecido después de 1945, con todos sus defectos, ha sido reemplazado por algo peor: un retorno a la rivalidad entre grandes potencias que precedió a la Primera Guerra Mundial.
La inconsistencia que subyace a la no proliferación ha sido evidente desde hace mucho tiempo. Si el objetivo es prevenir la guerra nuclear, entonces la capacidad nuclear —ya sea existente o potencial, en manos de países signatarios o no signatarios— debe tratarse de manera coherente. De lo contrario, el marco diseñado para prevenir la proliferación incentiva perversamente lo contrario.
Esta contradicción nos acompaña desde hace décadas. El bombardeo de Teherán es simplemente el golpe final a la legitimidad del marco de no proliferación.
No queda tiempo para la desesperación.
Seis minutos para el invierno es un libro sombrío. Hay un capítulo entero dedicado a los inquietantes paralelismos entre una guerra nuclear mundial y el impacto del asteroide y la extinción masiva al final del período Cretácico. En muchos sentidos, es el equivalente literario del infame drama británico de los años 80 sobre el holocausto nuclear, Threads, considerado por muchos como una de las historias más desoladoras jamás filmadas. Pero a diferencia de Threads, no te deja sin esperanza.
Ante todo, Lynas es —y sigue siendo— un activista climático, aunque ecomodernista. El motivo por el que escribió este libro cobra mucho sentido si se considera en ese contexto. Reflexionando sobre lo desalentadora que parecía la amenaza del cambio climático a principios de siglo, cuando empezó a escribir sobre el tema, señala que ahora, «gracias al progreso que hemos logrado colectivamente en los últimos 25 años, nada de esto debería ocurrir».
En lugar del escenario catastrófico de un calentamiento de 6 °C que describió en su libro anterior, el mundo se encamina ahora a un calentamiento de 2,4 °C para finales de siglo, con un pico en el uso de combustibles fósiles y emisiones que se prevé alcance ya en 2030, según la Agencia Internacional de Energía. Esta cifra sigue siendo sustancialmente superior al límite de 1,5-2 °C establecido en el Acuerdo de París de la ONU, y Lynas nos anima a seguir luchando por medidas más enérgicas para reducir aún más las proyecciones. «Por eso el activismo climático es tan importante», escribe, reconociendo en parte el mérito de los activistas por este progreso, al tiempo que critica duramente a aquellos activistas que se oponen irracionalmente a tecnologías como la energía nuclear, esenciales en la lucha contra el calentamiento global.
Lynas argumenta que ha llegado el momento de reactivar el movimiento contra la bomba, largamente latente durante la Guerra Fría, “solo que esta vez tenemos que ganar”.
Su visión del activismo es, por lo tanto, matizada: es de vital importancia, pero no siempre está bien encaminado. «Con su valentía y compromiso, [los activistas] están literalmente haciendo del mundo un lugar más seguro, medio grado a medio grado». La lección de la lucha climática, escribe Lynas, es bastante simple: «una situación aparentemente desesperada puede remediarse con la suficiente determinación, movilizada durante el tiempo necesario por un número suficiente de personas».
Cabe añadir que, si bien el activismo antibelicista no ha logrado detener la guerra, a menudo la ha limitado. Las protestas mundiales contra la guerra de Irak no impidieron la invasión, pero probablemente influyeron en la decisión de muchos gobiernos, como los de Canadá o Francia, que de otro modo podrían haber participado. Hoy, incluso antes de grandes movilizaciones, las críticas a las primeras evasivas de los primeros ministros canadiense y británico sobre la guerra contra Irán han propiciado posturas al menos moderadamente más firmes contra la agresión.
Puede que el movimiento de solidaridad con Palestina no haya logrado frenar la barbarie de Netanyahu —y, como ha argumentado el experto en estudios laborales Eric Blanc, vale la pena analizar dónde las estrategias activistas pudieron haber resultado contraproducentes—. Pero sería erróneo afirmar que el movimiento no obtuvo victorias. El entorno político generado por las movilizaciones globales contribuyó a generar apoyo para las investigaciones de la Corte Penal Internacional sobre crímenes de guerra, las órdenes de la Corte Internacional de Justicia que recordaban a Israel su obligación de permitir la entrada de ayuda humanitaria a Gaza, y la presión que forzó aperturas temporales periódicas (aunque inconsistentes) de esos corredores de ayuda.
Ante todo, las protestas han transformado lo que se considera políticamente aceptable. La actual indecisión del Reino Unido respecto a Irán se debe, sin duda, en parte al esfuerzo constante por recordar a gobiernos y tribunales sus obligaciones legales, incluso cuando el marco del derecho internacional parece desmoronarse. Los movimientos sociales casi nunca logran victorias inmediatas y decisivas. Con mayor frecuencia, sus logros son graduales, indirectos y acumulativos, como se ha visto en las protestas contra la guerra de Vietnam y la lucha contra el apartheid.
Y ahí reside la esperanza: en recordar que la lucha siempre ha sido larga. Lynas sostiene que ha llegado el momento de reactivar el movimiento de la Guerra Fría contra la bomba, largamente latente, “solo que esta vez debemos ganar”. Reconoce que, como en otras luchas, la victoria total puede llevar una generación, construida mediante avances graduales. Pero tampoco partimos de cero.
Uno de los acontecimientos más sorprendentes, incluso mientras las potencias mundiales se han alejado del desarme, es que, en 2017, el Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares (TPNW) fue adoptado por la ONU y entró en vigor en 2021. En total, noventa y tres países son signatarios. Ninguno de ellos es, por supuesto, una potencia nuclear. Pero el tratado ha convertido la abolición nuclear —y no solo la no proliferación— en la política oficial de las Naciones Unidas, equiparando las armas nucleares con las armas químicas y biológicas.
Lynas sostiene que el Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares (TPNW) debería servir de guía para un nuevo movimiento: un marco jurídico ya establecido, listo para ser desarrollado. El siguiente paso gradual, sugiere, sería enmendar el tratado para que las armas nucleares en poder de cualquier Estado sean consideradas ilegales por todos los demás, y que cualquier uso —o incluso la intención de usarlas— se trate como un crimen de guerra antes de su consumación. En el camino, existen hitos alcanzables: poner fin a las posturas de ataque precipitado ante la alerta, asegurar compromisos de no ser el primero en usar armas nucleares y establecer regímenes de verificación que puedan impulsar las acciones de desarme.
El libro se publicó antes de la guerra contra Irán. Pero el conflicto —con su rápida escalada, su roce con una guerra de mayor envergadura y su vinculación con la toma de decisiones basada en inteligencia artificial— ofrece el catalizador perfecto para un resurgimiento del movimiento antinuclear.
Link https://jacobin.com/2026/03/nuclear-weapons-proliferation-green-antiwar-movement








