Recordar la revolución del Parque es recordar la primera epopeya cívica que hubo en la Argentina. Una Revolución que no buscaba eternizarse en el poder (como las que dan nacimiento a regímenes totalitarios), ni siquiera tomar el poder. Una revolución pidiendo votar, dejar atrás años donde pocos decidían por todos.
El radicalismo no nació como un partido del poder, soñado desde un cuartel, un ser de televisión, una estancia, o la casa de gobierno. Se estaba en 1890, mucho más allá de un golpe de Estado, se luchaba contra el golpismo permanente que se manifestaba a través del fraude y la violencia. El radicalismo es una fuerza movilizadora, y de esa capacidad de construir poder desde la gente -y no poder desde el poder- nace su fuerza política. Las gestas de 1890, 1893 y 1905 son gestos movilizadores. Esa movilización que fue capaz de obtener la única concesión que le interesaba al radicalismo sacar y dedicó 26 años de su historia: elecciones libres. Elecciones libres que le dieron el triunfo e inauguraron 14 años de gobiernos radicales, para luego volver al llano y pedir lo mismo. Somos previsibles, siempre pedimos lo mismo. Y en un país que es circular, a la desilusión de un ciclo autoritario, vuelve el radicalismo a reclamar lo mismo: democracia.
La gesta de 1890 era un movimiento profundo de la sociedad, que engloba a inmigrantes que vinieron al país buscando una libertad que era negada en Europa, con las familias tradicionales de la Argentina, con lo que sería la chusma yrigoyenista, con la presencia de los morenos, era una sociedad en toda su pluralidad indicando un camino a recorrer, ese día, se ponen en marcha para recorrerla.
Gabino Ezeiza, uno de los mejores payadores afrodescendientes de la Ciudad, dejaba la guitarra para defender la idea de democracia, en los cantones radicales donde se expresó primero su necesidad. La idea de democracia expresaba un escalón mas de la lucha por la libertad, que significó la Revolución de Mayo y las reformas que implementó.
Otro de los datos esenciales del radicalismo es la ética, la moralidad administrativa de los gobernantes. Alfonsín explicaba que: “El radicalismo es, antes que una ideología, una ética. La lucha contra los corruptos, contra la inmoralidad y la decadencia, es el reaseguro del protagonismo popular. Las dos cosas en realidad van juntas: no se puede luchar contra la corrupción, que está en la entraña del régimen, sino a través del protagonismo popular sin sostener una política de principios, una ética que asegure su perduración. ¿De qué serviría el protagonismo popular, de qué serviría el sufragio, si luego los gobernantes, elegidos a través del voto, se dejaran corromper por los poderosos?” […] “El sufragio tiene diversos sentidos simultáneos. Por una parte, el voto implica la posibilidad de que gobierne el pueblo y el Estado sea independiente. Por otra parte, expresa la existencia de una regla para obtener legitimidad ya que el pueblo no puede expresarse a sí mismo” […] “El radicalismo no luchó en 1890 para ser gobierno, porque eso hubiera implicado establecer como principio que el poder, como decían los guerrilleristas, estaba en la boca de los fusiles. Al gobierno no se lo podía elegir a través de un levantamiento, por popular que fuese. Los radicales lucharon para que hubiera elecciones libres”.
El radicalismo siempre se opuso a que una pequeña minoría combatiente reemplace al pueblo para elegir a los gobernantes. La vía siempre es el sufragio. El radicalismo aspira a la coexistencia de varias clases, sectores sociales, ideologías y concepciones de la vida, entiende una sociedad plural, diversa y compleja, dejándole cierto espacio a la renovación de ideas, partidos y gobiernos. Cree en una sociedad solidaria, pero no cree ni en un Estado apropiado por los dueños del dinero, ni en un Estado que sea el dueño de todo. Construir un partido político significa aceptar tener siempre un rol activo en la política. La historia de los radicales atraviesa épocas en las que fuimos gobierno, y en otras opositores, ha dado presidentes de diversos orígenes económicos, pero, no ha podido dar nunca uno que se volviera rico en el ejercicio del poder. Sí dio – extrañas cosas de la vida- uno que se volviera pobre haciendo política. La ética para administrar los bienes públicos es para nosotros la contracara de la búsqueda del poder, del sufragio, la democracia es el único método para llegar al poder.
De niño vi luchar a los radicales para que la democracia fuera el camino para los cambios en los 70, ante la derrota de la democracia los ví firmar habeas corpus en vez de ejecutar hipotecas o justificar asesinatos.
A mí me tocó luchar por la democracia en el 83, en ser parte de la oposición de aquellos que querían ejercer el poder para enriquecerse como Menem y los Kirchner. Otros habrán dado más batallas; no me enorgullezco de tirar gobiernos electos, ni cruzo el mundo para apoyar una dictadura, ni miro con admiración a quienes tienen entre sus opciones políticas matar, ni miro con comprensión a quienes usan el poder para enriquecerse.
La Revolución del Parque dio lugar al nacimiento de los partidos políticos modernos en la Argentina, de ella nacieron radicales, socialistas, demócratas progresistas. La siembra de esos días fue el inicio de un sistema político plural, la única forma de construir una democracia en serio.
Ayer los radicales eran los solidarios con los republicanos españoles, o los antifascistas europeos, muchas de nuestras familias fueron parte de esa tragedia europea. El peronismo fue solidario con Francisco Franco o los derrotados en la Segunda Guerra. Somos bichos raros, creemos en la democracia, en serio, no vamos a bancar ni a Franco, ni a Maduro, ni a Stalin, ni a Vox, Meloni o Bolsonaro. Nuestros líderes no recorren el mundo elogiando dictaduras, ni concurren a los foros internacionales para evitar que las condenen. No exportamos violencia, sino vientos de libertad, he visto en el Comité Capital exiliados chilenos o paraguayos reunirse en sus comités, hoy veo exiliados venezolanos o cubanos acercarse, otros tiempos, otra gente con la que solidarizarse, otros perseguidos a los que cobijar. Porque no somos los que vamos a exhibirnos siendo solidarios cuando en otros países el Terrorismo de Estado vuelve a reinar, no entendemos que pueda ser bueno.. Tampoco toleramos que nuestros dirigentes vivan del soborno, ni nos sentimos cómodos con los corruptos. Por eso lloramos a Alfonsín en una tumba prestada, (con una cruz y una menorah, símbolo de una sociedad plural), porque para que nuestros dirigentes sean grandes no necesitan grandes monumentos funerarios, solo que nuevos vientos agiten viejas banderas. Nuestro mundo es otro, somos radicales.








