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Opinión 27 08 2020

Radiografía del Conurbano violento


Autor: Jorge Ossona









Los caminos de la violencia recorren en el Gran Buenos Aires diferentes trayectos y actores diferentes. Entre todos ellos sobresale una modalidad de delincuencia distópica protagonizada por adolescentes carentes de toda contención social 

No son las necesidades básicas las que definen sus acciones sino otras que suelen asociarse al consumo de estupefacientes que constituye solo la punta de iceberg de un orden social desgarrado.

En las villas, la marginalidad traza una línea gruesa que no excluye a vecinos menos carenciados aunque igualmente pobres por razones de infraestructura y de un hábitat contaminado por la descomposición de clanes extensos. 

Una situación que dura hasta la eventual recomposición de autoridades comunitarias disciplinarias salvo cuando están definidas por actividades ilícitas. En ese caso, se instaura una normalidad forzada por los códigos delictivos que redobla la violencia. Uno de los ámbitos de sociabilidad por antonomasia de “los pibes” es la barra de la esquina.

Como en todos esos mundos jerárquicos hay “capitos”, subordinados y asistentes casuales los fines de semana luego del trabajo o del estudio. La cuarentena facilitó la deserción y la disminución de las changas enerando conflictos familiares que son el caldo de cultivo ideal como para que la barra se convierta en un refugio más extendido.

Sus capos –”los vagos”- les exigen compartir sus prácticas entre las que se destacan el consumo de estupefacientes y el robo desde motos y otros vehículos a veces de propiedad colectiva. La merka y el pako son demasiado caros y escasos por lo que combinan marihuana con bebidas alcohólicas o energizantes y medicamentos psicotrópicos obtenidos mediante la compra de recetas a médicos venales o de los “transas”.

La mayoría son devotos de cultos amorales a cuyas santidades se encomiendan. Se destacan San La Muerte, El Gauchito Gil, San Jorge o diferentes modalidades de umbandismo. Son fuentes de legitimación de la vida marginal grabada a fuego en los cuerpos mediante juramentos plasmados en los más diversos tatuajes en los que conviven con figuras amadas a las que sienten traicionar por las tentaciones de la mala vida.

Se destacan sus sacrificadas madres u otras figuras rectoras ausentes. Se trata de místicas que no excluyen finalidades prácticas: más de un “pae datero” constituye el vínculo entre el delito y la policía para fijar las tarifas de trabajos diferencialmente asegurados en zonas más o menos liberadas según el monto del botín.

Pero estas variantes se aplican más a bandas más profesionales que a los “chorrinchos” principiantes. Hay otras identidades de culto igualmente significativas, como la lealtad a un club de fútbol. No por nada, las barras suelen definir también equipos de potrero de un deporte barrial que la cuarentena también obturó. Un “cable a tierra” no solo por la práctica sino también por la paternidad fáctica de entrenadores sustitutos de las familiares.

La falta de toda idea de futuro genera una representación vital de corto plazo que se devora a la mayoría. Salvo a algunos que terminan detenidos y que emprenden en las tumbas penitenciarias carreras especializadas en distintos delitos. O que son rescatados por alguna novia, un hijo, un trabajo informal que les permite “luquear”.

O la dirección de alguna autoridad comunitaria o religiosa –los pastores evangélicos resultan allí cruciales- que compensan la impotencia de sus padres induciéndolos a ingresar en alguna calificación legal.
Las más atractivas son las carreras militares que explican los vasos comunicantes entre “rastreros”, “fisuras” y “gorras”; muchas veces o hermanos o parientes.

El escenario en el que la grieta sociocultural se agudiza son los barrios liminares entre villas y los de clase media más consolidados con custodias privadas. Es precisamente allí en donde los jóvenes marginales suelen desplegar su violencia. Sobre todo la nocturna, cuando empiezan a escasear los recursos para la compra de estupefacientes en las más insólitas bocas de expendio. Son chicos conocidos para esos vecinos: se los cruzan en supermercados, ollas comunitarias, o realizan changas en sus hogares.

De ahí, esos sentimientos encontrados de piedad, traición y culpa. Pero el hartazgo y la desconfianza hacia las autoridades policiales o municipales los han determinado a organizarse y a ejercer la custodia del barrio por sus propios medios. Interconectados por whatsapp y eventualmente asistidos por cámaras, montan guardia las veinticuatro horas divididas en turnos. La menor sospecha los pone en estado de alerta y la confirmación de un acto delictivo motiva represalias sin miramientos: como sus agresores, tiran a matar.

A veces, la acción queda a cargo de aquellos con trayectorias en instituciones policiales o militares o simplemente por el deseo de venganza exacerbado por el asesinato de seres queridos o la humillación de asaltos acompañados por golpes y torturas. Tampoco faltan casos de ex delincuentes que predicen con precisión los comportamientos de sus víctimas-victimarios.

Son lo más parecido a sheriffs de funciones de patrullaje, delegados por sus vecinos aterrados que los ponen al tanto del ingreso y egreso de sus hogares para prevenir entraderas. No hay dinero para pagar una seguridad privada; entonces asumen los servicios que el Estado ausente o venal les deniega.

Publicado en Clarín el 25 de agosto de 2020.

Link https://www.clarin.com/opinion/radiografia-conurbano-violento_0_SIcd74swa.html