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Opinión 11 09 2022

Quién fue Balbín


Autor: David Pandolfi









¿Por qué recordar a Ricardo Balbín a tantos años de su muerte? ¿Cuál es su mérito, la enseñanza que lo hace perdurar?  Nadie lo recordaría por sus escritos, por sus libros (que jamás escribió), no fundó un partido y no pudo ser presidente nunca, pese a intentarlo en cuatro ocasiones. Debemos verlo de otra forma, como quien dedicó su vida a sembrar la democracia, la libertad. Aunque no fuera capaz de convencer lo suficiente para que su sueño fuera real, fue quien sembró una vez más la semilla, la semilla de la libertad cuyos frutos no pudo ver. Pero él entendió, a partir de 1962, la necesidad del diálogo, de los consensos en los argentinos, de los comunes denominadores. Ricardo Balbín fue perseguido duramente por el peronismo, sus militantes fueron presos, torturados o exiliados, él mismo fue desaforado de la Cámara de Diputados por el solo hecho de hablar en un congreso agrario y decir palabras duras, por eso fue  encarcelado. Sin embargo, dedicó años de su vida a reconstruir el diálogo en la sociedad y comprendió que había un país enfermo y que debía encontrar un remedio para hacer posible la normalidad. Frente a la Argentina de la antinomia entre peronistas y antiperonistas, Ricardo Balbín comenzó a construir el diálogo, frente a una sociedad dividida que ya no se hablaba, él tendía puentes, no mediante la negación de lo pasado, pero, si queríamos construir el país, había que hablar. No hablar entre los puros, entre los buenos, entre los santos, entre los que pertenecíamos a un campo. Debíamos buscar entendernos para tener instituciones normales, para recuperar el lugar que debíamos ocupar sin caer en la disgregación. Y Balbín construyó puentes, los llamó Asamblea de la Civilidad en 1962, la Hora del Pueblo diez años después, la Multipartidaria en 1981, estas mesas de diálogo entre partidos políticos, organizadas desde la política y no desde el poder, tienen su sello. El país real no son nunca unos pocos, tampoco puede serlo la fuerza. Balbín no creía en salvadores iluminados, en los locos de la metralleta o del orden. Creía en la democracia, y entendió que para construirla era necesario aceptar que necesitábamos vivir todos juntos. Para lograr política, parlamento, partidos, Balbín hizo lo que sabía hacer como nadie: conversar, es decir, escuchar. Su logro mayor fue que los argentinos volvieran a hablarse. Los enemigos de la democracia tenían razón en ver a Balbín como su enemigo principal, frente a la alianza eterna entre los cínicos y los fanáticos, está siempre la democracia. 
Ricardo Balbín escuchaba a cada vecino que tocaba el timbre en su casona de La Plata y porque los escuchaba sabía transmitir en forma vibrante la voz de su gente, era un orador formidable, que demasiados querían callar. El país, en serio, está formado por todos, y ese mensaje, ese pensamiento es hoy más vigente que nunca.   Y podían silenciarlo una y otra vez, pero, su voz volvía a sonar en los actos radicales. No era invitado a la televisión o a la radio, solo en forma excepcional, y por eso hay pocas grabaciones de sus participaciones (el discurso ante el cuerpo de Perón, el discurso intentando evitar el golpe un día antes), tengo la suerte de que existe una grabación de la entrevista a Balbín por mi padre, Rodolfo Pandolfi. Si solo el chino hubiera construido eso sería suficiente para recordarlo, para rendirle homenaje. Pero, entendía que no se puede construir la democracia sin partidos políticos, que son la herramienta. Él como presidente de los radicales debía comprender a sus afiliados, a sus dirigentes de barrio, a sus punteros, a quienes le transmitieron sus sensaciones poco seducidas por los éxitos inmediatos. Balbín con sus idas y vueltas volvió al viejo discurso radical, sufragio, libertad, democracia y recuperación de la moral pública. Y él vivió para la libertad.  Pero nadie puede intentar entender a Raúl Alfonsín sin entender a Balbín, su maestro, quien mantuvo un radicalismo cuando no se usaba. Alfonsín pudo pujar por el partido mediante el voto, cuando otras internas se resolvían a balazos. Una vez que Raúl Alfonsín fue derrotado en la elección interna del partido radical, pudo trabajar junto con su mentor para sacar el partido adelante. La muerte de Balbín lo sorprendió construyendo la Multipartidaria, lo llenó de ciertos valores frente a las crisis. Su respuesta era la misma siempre: tenía que recuperar el sufragio y la moral. Para esas cosas, para la libertad, vivía. Alfonsín es quien toma la posta,  las viejas banderas de la libertad y la democracia  con nuevos vientos y logra convencer a una sociedad harta de los eficientistas de derecha, de los matones sindicales, los neofascistas montoneros y los alucinados de la izquierda loca, era el tiempo de la cosecha y Alfonsín logró ser ese orador formidable que hacía temblar a los violentos, a los que pensaban que tenían el gobierno seguro, a los que venían de hacer una guerra irresponsable,  con las mismas ideas del partido radical, repitiendo su rezo laico como corolario de un discurso democratizador de la sociedad.
A mi me tocó conocer a Ricardo Balbín, pude verlo, hablar con él. Mi padre me llevaba al Comité Nacional cuando iba a verlo allá por 1973/5, entraba un rato y lo escuchaba, lo veía, y no era casual, Balbín era de aquellos políticos que recibían a la gente, entendía que escuchar, explicar, era parte central de su política. En 1981 la radio de la Universidad de La Plata le dio un programa de reportajes políticos a mi padre, llamado “Interrogatorio”. Eran tiempos violentos, y la cinta del reportaje era emitida los domingos a las ocho de la mañana, no sea cosa que fuera un éxito radial, sin embargo, era uno de los pocos espacios que existían donde hablaban los políticos, y fue uno de los pocos reportajes que tuvo Balbín en esos años. Tras el reportaje fui con mi familia a verlo, nos recibió amablemente en su casona de La Plata, tenía sus viejos muebles, ganados en su casamiento, y había bajado una cama a una especie de patio cerrado donde recibía a la gente. En esos meses construyó la multipartidaria, que se fundó el 14 de julio, casi con su último aliento, con el objeto de avanzar hacia la democracia como un acuerdo entre los partidos políticos, pero, la muerte lo sorprendió y Alfonsín retomó las banderas y persuadió a la sociedad que valía la pena vivir en libertad, eran los tiempos de cosechar.