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¿Qué significa que Donald Trump es un fascista?

Trump toma las herramientas de los dictadores y las adapta para internet. Deberíamos esperar que intente aferrarse al poder hasta la muerte y cree un culto a los mártires del 6 de enero.

Traducción Alejandro Garvie

Fue un error tratar a Donald Trump como una serie de ausencias. La crítica habitual siempre ha sido que le falta algo que consideramos indispensable para un alto cargo: educación, gramática, diplomacia, perspicacia empresarial o amor a la patria. Y carece de todas esas cualidades, así como de prácticamente cualquier virtud burguesa convencional que se pueda imaginar.

Las habilidades y el talento de Trump pasan desapercibidos cuando lo vemos como un candidato convencional: alguien que busca explicar políticas que podrían mejorar vidas o que se esfuerza por crear una apariencia de empatía. Sin embargo, esta es nuestra deficiencia más que la suya. Trump siempre ha sido una presencia, no una ausencia: la presencia del fascismo. ¿Qué significa esto?

Cuando los soviéticos llamaban “fascistas” a sus enemigos, convertían la palabra en un insulto sin sentido. La Rusia putinista ha conservado la costumbre: un “fascista” es cualquiera que se oponga a los deseos de un dictador ruso. Así pues, los ucranianos que defienden su país de los invasores rusos son “fascistas”. Este es un truco que Trump ha copiado. Él, al igual que Vladimir Putin, se refiere a sus enemigos como “fascistas”, sin ninguna connotación ideológica. Es simplemente un término de oprobio.

Putin y Trump son, de hecho, fascistas. Y su uso de la palabra, aunque con la intención de confundir, nos recuerda una de las características esenciales del fascismo. A un fascista no le preocupa la conexión entre las palabras y los significados. No sirve al lenguaje; el lenguaje le sirve a él. Cuando un fascista llama “fascista” a un liberal, el término empieza a funcionar de otra manera, como sirviente de una persona en particular, en lugar de como portador de significado.

Ese es un logro fascista considerable. Ante la complejidad de la historia, los liberales se enfrentan a la abrumadora cantidad de preguntas y respuestas que se plantean. Al igual que el comunismo, el fascismo es una respuesta a todas las preguntas, pero una respuesta diferente. El comunismo nos asegura que, gracias a la ciencia, podemos encontrar una dirección subyacente en todos los acontecimientos, hacia un futuro mejor. Esto es (o era) seductor. El fascismo reduce el embrollo de la sensación a lo que dice el Líder.

Un liberal tiene que contar cien historias, o mil. Un comunista tiene una sola, que podría no ser cierta. Un fascista simplemente tiene que ser un narrador. Como las palabras no se vinculan a los significados, las historias no necesitan ser consistentes. No necesitan concordar con la realidad externa. Un narrador fascista solo tiene que encontrarle el pulso y mantenerlo. Esto puede hacerse mediante ensayo, como con Hitler, o mediante ensayo y error, como con Trump.

Eso requiere presencia, algo que Trump siempre ha tenido. Su carisma no tiene por qué resonar contigo: probablemente, el de Hitler y Mussolini tampoco te habría llegado. Pero, no obstante, es un talento. Ser fascista y llamar fascista a alguien requiere una astucia natural en Trump. Y en esa designación del enemigo, por absurda que sea, vemos el segundo elemento principal del fascismo.

Un líder (“Duce” y “Führer” significan precisamente eso) inicia la política eligiendo un enemigo. Como sostenía el jurista nazi Carl Schmitt, la elección es arbitraria. Tiene poca o ninguna base en la realidad. Recibe su fuerza de la voluntad decisiva del líder. Quienes vieron los anuncios televisivos de Trump durante eventos deportivos no habían sido perjudicados por una persona transgénero, ni por un inmigrante, ni por una mujer de color. La magia reside en la osadía de declarar a un grupo más débil parte de una conspiración abrumadora.

Lo único que no es arbitrario en la elección de un enemigo es que debe explotar las vulnerabilidades. Los anuncios de Trump proyectaron la fantasía de Kamala Harris permitiendo que millones de extranjeros con sexo alterado les quitaran el trabajo a los estadounidenses. Esto afecta, a la vez, la vulnerabilidad de género, económica y sexual. Estamos desprotegidos y empobrecidos, y seremos reemplazados por algo ajeno. Y todo esto está orquestado por un enemigo oculto en el fondo: en este caso, una mujer de color que sabe reír.

La teoría del “gran reemplazo” es un ejemplo de una mentira fascista poco original: los conspiradores te harán impotente y obligarán a otros a ocupar tu lugar en el mundo. La aparente complejidad del mundo se resuelve como una conspiración, al igual que la ansiedad que conlleva se resuelve con odio. Esto funciona con casi cualquier combinación de enemigos. Puede ser una conspiración de políticos del estado profundo para secuestrar bebés, o una conspiración de judíos para corromper mujeres. El fascismo triunfa cuando la enemistad convocada empieza a contar la historia por sí misma.

Un fascista combina conspiración y necesidad. No todos pueden decir una Gran Mentira espontánea, como lo hizo Trump cuando perdió las elecciones de 2020. Y los republicanos que lo rodeaban no lo cuestionaron. La Gran Mentira se materializó cuando sus seguidores irrumpieron en el Capitolio el 6 de enero de 2021. Fundamentalmente, no pagó ningún precio por ello. Eso hizo que la Gran Mentira fuera cierta, en un sentido fascista. Su impunidad de facto y luego su inmunidad de iure también generaron una sensación de intocable, de heroicidad.

La presencia de Trump siempre ha sido una co-creación: la suya y la nuestra. Desde el momento en que bajó por primera vez de la escalera mecánica de la Torre Trump en 2015, fue tratado como una fuente de espectáculo. Debido a que era bueno para la televisión, fue aceptado como un candidato legítimo. En los medios impresos, creció a través de la doctrina del “ambos lados-ismo”: sin importar cuán horribles fueran sus acciones, su oponente tenía que ser presentado como igualmente malo. Esto lo empoderó para ser a la vez malvado y normal. Durante los últimos meses de cada campaña, las encuestas tuvieron un efecto similar. Al desplazar las diferencias políticas y reducir la política a dos caras o dos colores, las encuestas refuerzan la noción de que Trump pertenecía donde estaba, y que la política era solo una cuestión de nosotros o ellos.

Lo que amplifica la presencia de Trump más que cualquier otro medio es internet. Tiene un don natural para ello, con sus ritmos peculiares. Y sus algoritmos nos abren al resto de nosotros a su tipo de fascismo hablador. En las redes sociales nos alejamos de las personas complejas y nos acercamos a estereotipos contundentes. Nosotros mismos somos categorizados y luego recibimos contenido que revela, en términos de Václav Havel, nuestros “estados más probables”. Internet no solo difunde teorías conspirativas específicas; nos prepara la mente para ellas. Esto ya era cierto antes de que Elon Musk rediseñara Twitter a imagen de Trump.

Nuestro compromiso con la máquina ilumina una diferencia entre los fascistas de los años veinte de este siglo y los de los años veinte del siglopasado. En aquel entonces, la máquina se consideraba audaz y hermosa, un instrumento brutal que nos devolvería a nuestra naturaleza arrancándonos del yugo de la civilización blanda. El poeta italiano Filippo Tommaso Marinetti tuvo una epifanía tras un accidente automovilístico en 1908, que lo condujo al futurismo y luego al fascismo. Para Hitler, el motor de combustión interna aceleró un “Blitzsieg”, una victoria relámpago. La raza superior con la tecnología superior extermina a otras razas, se apropia de las tierras de otros pueblos y prospera.

Seguimos conduciendo con motores de combustión interna, como hace un siglo; lo que ha cambiado más que nuestros medios de locomoción es nuestra forma de permanecer en un sitio. Cuando los nazis soñaban con una radio en cada hogar o un noticiero antes de cada película, no imaginaban a los alemanes mirando inmóviles las pantallas la mayor parte del día, como hacemos todos ahora. A los fascistas de hace cien años les gustaba el cuerpo masculino, la buena forma física y marchar al aire libre. El fascismo actual implica una masculinidad suavizada por el tiempo frente a la pantalla. En ambas épocas del fascismo, las mujeres eran consideradas explícitamente inferiores. Si el fascismo antiguo dependía de una fantasía de destreza masculina acelerada, el de hoy se basa en la ansiedad de la incapacidad mecánica.

La fantasía fascista tradicionalmente implicaba un retorno a la naturaleza. La voz del Líder nos guio hacia una competencia con otras razas por el hábitat. Hitler estaba obsesionado con la inminente catástrofe ecológica y argumentó, en “Mi Lucha”, que los alemanes debían apoderarse de la tierra o morir de hambre. Eso era incorrecto. Pero, cien años después, esos motores de combustión interna y otras tecnologías arcaicas han cambiado el clima hasta el punto de causar sequías y tormentas, como vimos durante esta temporada electoral. Cuando ocurren tales desastres, los fascistas de hoy reaccionan como lo hicieron Trump y J. D. Vance: culpan a las víctimas y a los inmigrantes, e inventan teorías conspirativas. Si el viejo fascismo mataba por el sueño de unirse con la naturaleza, el nuevo fascismo matará mediante una política de catástrofe, una aceleración deliberada del calentamiento global y su explotación al servicio de la política de nosotros y ellos.

Hace un siglo, los socialistas querían creer que el fascismo era solo una señal más de la decadencia del capitalismo. Y tenían razón, al menos en la medida en que los empresarios de entonces no comprendían que el fascismo transformaría toda la política y la sociedad, y no solo suprimiría los sindicatos y socavaría la democracia. Hoy, sin embargo, la cuestión sería mucho más clara. Trump en realidad no tiene mucho dinero, pero finge tenerlo; salirse con la suya con esa mentira forma parte de su presencia. Y sus aliados fascistas más cercanos, Musk y Putin, son probablemente las dos personas más ricas del mundo. El fascismo actual se encuentra entre la oligarquía digital (Musk) y la oligarquía de los hidrocarburos (Putin). Trump se ha comprometido con los propios oligarcas de los hidrocarburos de Estados Unidos, asegurando así el desastre climático, el sufrimiento, la inmigración y aún más ocasiones para la división.

Los oligarcas introducen en nuestro fascismo su punto de partida libertario: predican que el gobierno es la fuente de todo mal. A medida que cedemos a esa lógica, los oligarcas de los hidrocarburos perforan la tierra y los oligarcas digitales, nuestras mentes. Un gobierno debilitado no puede controlar ni prometer infraestructuras sólidas ni el estado del bienestar. En estas condiciones, la libertad se concibe no solo como una lucha contra el gobierno, sino también como una lucha contra el prójimo. Quienes afirman querer la libertad individual son los mismos que claman por deportaciones masivas. Los oligarcas de los hidrocarburos y digitales de Estados Unidos apoyan este tipo de libertarismo; son las redes sociales las que alejan a los hombres (y generalmente son hombres) de la idea de que son héroes solitarios y los llevan a la convicción de que otros grupos deben ser castigados.

El fascismo está ahora en los algoritmos, las vías neuronales, las interacciones sociales. ¿Cómo no vimos todo esto? En parte fue nuestra creencia de que la historia había terminado, que los grandes rivales del liberalismo estaban muertos o agotados. En parte fue el excepcionalismo estadounidense: “Aquí no puede pasar”, etc. Pero sobre todo fue simple egocentrismo: queríamos ver a Trump en términos de sus ausencias, para que nuestra forma de ver el mundo no fuera cuestionada. Así que no vimos su presencia fascista. Y, al ignorar el fascismo, no pudimos hacer predicciones fáciles sobre lo que haría a continuación. O, peor aún, aprendimos a emocionarnos con nuestros propios errores, porque siempre hacía algo más escandaloso de lo que esperábamos.

Era previsible que Trump negara los resultados de las elecciones de 2020. Era previsible que su Gran Mentira cambiara la política estadounidense. Es previsible, hoy, que dé rienda suelta a los oligarcas, quienes, él sabe, seguirán generando las bases sociales y digitales de una política de nosotros y ellos. Es previsible que, al regresar al poder, busque cambiar el sistema para poder permanecer en el poder hasta la muerte. Es previsible que utilice las deportaciones para dividirnos, acostumbrarnos a la violencia y convertirnos en cómplices. Es previsible que cree un culto a los mártires del 6 de enero. Es previsible que coopere con gobernantes extranjeros con ideas afines.

Cuando le preguntaron al historiador Robert Paxton sobre Trump y el fascismo hace unas semanas, planteó una cuestión importante. “Claro que Trump es fascista”, concluyó Paxton. Estaba bien compararlo con Mussolini y Hitler, pero había una cuestión más importante: se necesitó algo de suerte para que ambos llegaran al poder. “El fenómeno Trump parece tener una base social mucho más sólida”, dijo Paxton, “que ni Hitler ni Mussolini habrían tenido”.

El fascismo es un fenómeno, no una persona. Así como Trump siempre estuvo presente, también lo está el movimiento que ha creado. No se trata solo de los fascistas de su movimiento, que apenas se esconden, ni de sus propias referencias amistosas a Hitler ni de su uso del lenguaje hitleriano (“alimañas”, “enemigo interno”). Él es responsable de lo que venga después, al igual que sus aliados y simpatizantes.

Sin embargo, parte de la culpa, y probablemente mayor, recae en nuestras acciones y análisis. Una y otra vez, nuestras principales instituciones, desde los medios de comunicación hasta el poder judicial, han amplificado la presencia de Trump; una y otra vez, hemos ignorado las consecuencias. El fascismo puede ser derrotado, pero no cuando estamos de su lado.

Link https://www.newyorker.com/magazine/dispatches/what-does-it-mean-that-donald-trump-is-a-fascist

 

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