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Opinión 13 01 2022

Qué pasa en Kazajstán


Autor: Mariano Caucino









Acaso, sorpresivamente, el nuevo año comenzó con una importante protesta en Kazajstán, provocando violentos desarrollos en una región generalmente considerada estable. Pero, ¿qué sudece en Kazajstán?

Ubicada entre Rusia y China, la más extensa de las ex-repúblicas soviéticas y, tal vez, la más relevante de Asia Central; Kazajstán posee el noveno territorio más grande del mundo aunque escasamente poblado por unos 18 millones de kazajos, mayoritariamente musulmanes con una importante minoría rusa.

Dotado de enormes riquezas naturales, el país está basado en sus gigantescas reservas de petróleo, carbón y metales preciosos. Durante las últimas tres décadas, desde su independencia de la Unión Soviética, Kazajstán mostró un comportamiento económico destacado en su región, atrayendo enormes inversiones extranjeras directas. Consiguiendo convertirse en la primera república ex soviética en alcanzar la calificación de “investment-grade” por parte de una agencia de crédito internacional.

Una manifestación de sus logros económicos pudo verificarse cuando en 2020 Kazjastán ocupó el puesto 25 entre 190 países en el World Bank´s Doing Business Index, incluso por arriba de países como Austria, Japón, Islandia, Israel y España: la Argentina se ubicó en el puesto 126. Se estima que desde 1991 la inversión extranjera directa en el país superó los 200 billones de dólares, incluyendo las multimillonarias inversiones de las petroleras Exxon Mobil y Chevron.

En tanto, durante el largo gobierno de Nursultan Nazarbayev (1990-2019) Kazajstán logró mantener un positivo entendimiento con las principales potencias desplegando una política exterior pragmática en la que el tradicional vínculo con Moscú no impidió tener estrechas relaciones con los Estados Unidos.

La experta en Asia Central de la Manchester University Sofía Tipaldou explicó que la política exterior kazaja “ha sido multidireccional y puede resumirse en el lema: ‘La felicidad es múltiples oleoductos’”, alcanzando la privilegiada posición de mantener un equilibrio entre Rusia, EEUU y China.

En ese marco sorprendieron las violentas protestas que surgieron en el segundo día de enero, en el Oeste del país (Mangyastau, cerca del Mar Caspio) a partir de una gran suba del precio del gas licuado, principal fuente de combustible de los vehículos utilizados en la región. Pronto, las mismas se extendieron a las ciudades principales, incluyendo la más poblada, Almaty.

Los días 4 y 5 de enero la ciudad fue escenario de violentos sucesos insólitos en el país. La sede del gobierno municipal de Almaty y el cuartel general del gobernante partido Nur Otan (“Patria Radiante”) fueron incendiados. Una turba tomó el aeropuerto y varios manifestantes prendieron fuego vehículos policiales.

El viernes 7 la crisis volvió a escalar cuando el presidente Kassym Jomart Tokayev ordenó a la Policía y las Fuerzas Armadas disparar a matar contra los manifestantes, despertando las quejas del secretario de Estado Anthony Blinken, en una expresión poco habitual dado que hasta entonces Washington ha sido menos crítico con el autoritarismo post-soviético en Kazajstán que con los liderazgos de Rusia o Bielorrusia.

Ese mismo día, en un discurso desafiante, Tokayev responsabilizó de la situación a “bandidos y terroristas” entrenados en el exterior, aunque no pudo especificar detalles al respecto, e impuso el estado de emergencia y cerró Internet.

Previsiblemente, los medios occidentales advirtieron que Moscú buscaba “recuperar” una de sus antiguas repúblicas por la fuerza. Una tesis que fue expuesta por el ex embajador John Bolton en el Wall Street Journal al sostener que Occidente “no termina de comprender los riesgos que esta crisis estaría brindando a Vladimir Putin”. Bolton afirmó que los problemas en Kazajstán abrieron la puerta a su vocación estratégica de restablecer la hegemonía rusa en las fronteras de la ex Unión Soviética.

Las autoridades del país reconocieron que 164 personas murieron y que cerca de ocho mil fueron detenidos. El viceministro de Defensa Sultan Gamaletdinov adelantó que las operaciones de contraterrorismo continuarán hasta que los terroristas sean “completamente eliminados”.

De acuerdo con una información publicada por el New York Times el viernes 7, detrás de la crisis en las calles se escondería una lucha entre facciones internas del régimen político kazajo. Esa interpretación afirma que las protestas estallaron en medio de la disputa de poder que habría surgido entre Tokayev y su antecesor y mentor Nazarbayev. Una sensación que se profundizó cuando Tokayev cesó en sus funciones al jefe de Inteligencia Karim Massimov, un ex primer ministro de la más cercana confianza del ex hombre fuerte del país. Pero en medio de una situación confusa, algunas versiones indicaron que éste había cedido su asiento en el Consejo de Seguridad para dotar de todo el poder a su sucesor, mientras que otras versiones señalaron que junto a su familia había abandonado el país.

Por su parte, la experta Joanna Lillis, autora del libro Dark Shadows: Inside the Secret World of Kazakhstan (2018) advirtió que una élite atrincherada en el poder ha creado en Kazajstán un marco constitucional cuyo único objetivo es la supervivencia de esa clase privilegiada en torno de Nazarbayev. Lillis describió a éste como un “apparatchik soviético” que heredó Kazajstán después de su independencia y que consiguió administrar el país razonablemente durante muchos años a través del desarrollo de la extracción de petróleo y de haber mantenido pasiva a la población.

Pero, esa suerte de pacto en la que la población era invitada a mantenerse alejada de la política a cambio de un relativo bienestar, parece haber quedado en entredicho. Un descontento subterráneo con el Gobierno, ante su incapacidad por mejorar la calidad de vida de la población, derivó en la furia popular contra el sistema autoritario que se vio en estos días. En 2019, el anuncio de la renuncia del todopoderoso Nazarbayev alimentó las esperanzas de cambios. Pero su sucesor Tokayev -antiguo premier, ministro de Relaciones Exteriores y titular del Senado- se mantuvo leal al antiguo jerarca cancelando aquellas expectativas de reformas.

Naturalmente, los incidentes inesperados en Kazajstán despertaron interés sobre las repercusiones que los mismos podrían tener en sus dos principales vecinos: la Federación Rusa y la República Popular China.

La inmediata intervención de Rusia se ha gestado a través de la pertenencia de Kazajstán a la Organización de Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC), una alianza defensiva creada a comienzos de los años 90, liderada por Rusia y que incluye a otras cinco ex-repúblicas soviéticas: Armenia, Bielorrusia, Kazajistán, Kirguistán y Tayikistán.

Un observador indicó que es la primera vez que decide intervenir militarmente en un país miembro, y que si bien en teoría sus estatutos establecen que solo se intervendrá en caso de agresión externa, las protestas en Kazajstán tienen una importancia decisiva para el Kremlin debido a la extensa frontera que comparten.

Por su parte, las autoridades chinas adoptaron un tono cauteloso en el inicio de las protestas en Kazajstán, país con el que comparte una frontera de 1.782 kilómetros. Beijing sostuvo que los hechos debían considerarse como asuntos internos y rogaron su pronta estabilización. De acuerdo con la prensa oficial china, el día 7 el presidente Xi Jinping felicitó a Tokayev por las medidas efectivas adoptadas para restaurar la calma y recordó que China se opone a cualquier fuerza extranjera que conspire para crear una revolución de color en Kazajstán.

Una hipótesis que, sin embargo fue descartada, por las autoridades del país. El influyente Erlan Karin sostuvo que el gobierno kazajo estaba sufriendo un “ataque terrorista híbrido” cuyo objetivo era la “desestabilización y un golpe de Estado”. Aunque negó que se tratara de una “revolución de color”, nombre con el que se conocen las movilizaciones contra líderes políticos autoritarios en las antiguas repúblicas soviéticas como Ucrania (2004), Georgia (2003) y Kirguistán (2005).

Temur Umarov, experto en las relaciones de China en Asia Central del Carnegie Moscow Center especuló que Beijing seguramente insistirá en el camino pragmático de su aproximación a la crisis. Otro observador especuló que el Politburó chino dejará que Rusia ejerza su influencia mayor en el espacio post-soviético, eventualmente pagando el precio por la represión que podría tener lugar. Lo que, en otras palabras, equivaldría a sostener que Rusia haría el trabajo sucio de restaurar el orden mientras China centrará su atención en las multimillonarias inversiones chinas en el sector energético kazajo que son parte sustancial de su iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda.

A la vez, el Global Times, órgano oficial del PCCH, informó que China ofreció ayuda y asistencia económica al gobierno de Kazajstán a través de la Shanghai Cooperation Organization. Al tiempo que advirtió sobre los riesgos de una proliferación de la actividad terrorista en la zona de la frontera, cercana a la provincia de Xinjiang, donde habita una importante población musulmana (uigures).

El domingo 9, Tass informó que el presidente ruso Vladimir Putin participaría en la cumbre virtual del Consejo de Seguridad de la Organización del Tratado de la Seguridad Colectiva CSTO, que sesionará bajo coordinación armenia y que tendrá como meta discutir la situación en Kazajstán y las medidas a adoptar para su normalización.

Buscando poner fin a las protestas que sorprendieron al mundo en estos primeros días de 2022. Capturando nuestra atención en la a veces olvidada pero crucial región de Asia Central, una geografía en la que convergen los intereses de las tres principales potencias del mundo actual.

Publicado en Infobae el 11 de enero de 2022.